Secularizados, mística y obispos

Que muero porque no muero

17.07.16 | 11:27. Archivado en Enfermos y debilidad

Sentí como un sobresalto la primera vez que leía en la Biblia: "Es mejor la muerte que una vida amarga" (Ecco. 30,17). Era yo niño y siempre había estudiado en el catecismo que era pecado desearse a sí mismo la muerte. Si yo hoy tuviera diez años, todavía me parecería más chocante el texto; porque para la opinión laica el valor supremo de este mundo es la vida. Esta vida, sí, tiene un valor enorme; pero no absoluto. Y soy del todo contrario a la pena de muerte, aborto y eutanasia.

Teniendo todo en cuenta, podemos llegar a comprender a algunos santos, como Teresa de Jesús, que exclamaba: "Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero". Si profundizamos en los escritores místicos, llegamos a entender su manera de pensar; incluso podemos envidiar tanta fe y tan fuerte esperanza.

Esta temporada me he dedicado a repasar, como lectura espiritual, la biografía de Don Manuel González; vivió en la primera mitad del siglo XX. Siendo él ya un hombre maduro, de cincuenta y tantos años, visitaba un convento de Palencia. La madre superiora, cuando se acercaba al locutorio, oyó que el Obispo del Sagrario abandonado estaba hablando en voz suave, pero inteligible. Se quedó a escuchar junto a la puerta y percibió estas palabras: "Virgen María, quiero morirme; ya no puedo vivir en este mundo tan malo; me da asco... no resisto más sin ir al Cielo con Jesús". ¡El Cielo, el Cielo! ¿Cuándo entraremos en él? A veces esa nostalgia de Dios le hacía exclamar: "Ver a Jesús, verlo, verlo!"
Cada vez le atraía más a don Manuel el Sagrario y cuanto más se acercaba a Jesús, más ansia tenía de contemplarlo cara a cara. Cada día que pasaba era para él un escalón que le aproximaba al Cielo. Pero no por eso dejaba de luchar. Deseaba también esta vida y nunca tiró la toalla.
La verdad, yo no he llegado a estos anhelos, pero me gustaría experimentar esta gran experiencia de fe y esperanza que, lejos de derrotarnos, nos estimula a vivir con fervor cristiano y con dinamismo y sana alegría.
Un amigo me decía: "Las veces que he deseado morir, nunca ha sido en momentos de tristeza, sino en días de gran alegría y fervor, en plenitud de vida, cuando más de cerca he vivido mi compromiso cristiano".
¿Fenómeno extraño? No lo sé. Cada uno piense lo que quiera, pero, ¡a mí me da un poco envidia de la buena!

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