A sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos de ambos sexos
¡Cuántas veces hablamos de fidelidad! De verdad me gustan las personas que hablan de ello y procuran vivir en consecuencia. Pero hemos de tener en cuenta que no la fijaremos en la mera defensa de la ortodoxia en el sentido abstracto. Hemos de advertir: el Dios que ama la verdad, ama también la misericordia y sufre con el Pueblo. Por eso nuestra fidelidad ha de vivir en unión íntima con la bondad de corazón, con el amor a la paz y a la concordia.

Los profetas de Dios, verdaderamente fieles, no pecaban ni de
verticalismo ni de horizontalismo.
A mí me hubiese gustado ser tan fiel como muchos hombres santos; tal vez al no haberlo conseguido, se ha acentuado en mi manera de ser, más que antes, la comprensión y simpatía por los más débiles no sólo en lo físico, sino también en lo moral. Me parece fundamental es ser hombre o mujer de fe humilde. Y tratar de corresponder lo más fielmente posible a la gracia del Señor.
Hace una temporada escribía en mi página web este breve artículo para recreo y estímulo de los obispos. Ahí va el original, luego diré algo más ¡y enjundioso!
“A nuestros queridos obispos de habla hispana: Una vez visitó el obispo una de mis parroquias para contemplar las piedras viejas de la iglesia; yo estaba en casa, pero no se dignó llamarme. Lo sentí, pero no bajó mi autoestima por ello. Simplemente me pareció un desdoro para él. Y es que para el obispo los sacerdote habrían de ser la niña de sus ojos. Vivir de cara a ellos con amor; visitarlos en sus casas. Durante mis trece años de ministerio no tuve la suerte de que me saludara el obispo en mi hogar. Eran los años del Concilio y una vez me visitó el Vicario General en su gira pastoral. Nada más.
¡Así nos ha ido! Estábamos acostumbrados a ver al obispo distante, el hombre de la autoridad, el ser especial. Y eso no puede ser. Me dicen que en tierras de misión los obispos son cercanos y muy solícitos con sus sacerdotes. A ver si les exhortan a sus compañeros del viejo mundo. Aunque esperemos que ahora, con un clero diezmado y encanecido, se acerquen más lo señores prelados a sus sacerdotes en Europa, sin esperar siquiera a que ellos vayan a Palacio. Y dentro de pocos años, aún les va a ser más fácil, porque les quedarán muchísimos menos curas”.
1.- Todo lo que hagáis o digáis hacedlo siempre en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él. ( 1ª Col. 3,17).
2.- Que en lo más profundo de mi ser sea transformado por la vida de Dios. Pedirle ahora este don con fe y confianza. Cada día mayor mi transformación con el alimento de la Eucaristía.
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3.- Jesús hace pasar a nosotros la experiencia que tenía de su Padre. Me uno a Jesús para establecer en mí esa experiencia divina. Confío y amo, me dejo amar de Él.
4.- Tú, Padre, eres la fuente escondida en mi alma que algún día brotará llena de vigor. Agua del costado de Cristo, lávame. Dame de esa agua viva, que no ansíe después beber de charcas mundanas.
5.- Mi vida entera está en Cristo, está en el Espíritu Santo, está en el Padre, en la Santísima Trinidad, en la Eucaristía. Vivir siempre así.
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Jueves, 20 de junio
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