Hoy nos da por decir que Hitler fue un paranoico, y tal vez sea verdad: un loco de atar a quien tan solo se le podía amarrar pegándole cuatro tiros, y ninguno fue capaz de ello, y ha sido tal vez el mayor criminal de todos los tiempos.
Pienso que muchos de los dictadores adolecen de la misma enfermedad, la paranoia. Porque el paranoico es un enfermo especial: muchas veces nadie se da cuenta de su locura; aparece siempre muy cuerdo, pero en su mente hay una idea fija, alucinante, pero sin estridencias bobaliconas, que le anima e impulsa a los mayores sacrificios con tal de que su ego permanezca siempre en el candelero, en primera fila. No se resigna a ser el segundo. Cuanto más fuerza adquiere este pensamiento y mejores sean los medios de que dispone, más alto subirá.
1.- Sentirme dentro de la gran circulación de amor trinitaria. Jesús me lo afirma: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

2.- Mi fuerza y mi júbilo es el Señor; Él es mi salvación. Sacaremos agua con gozo de la fuente de la salvación.
3.- Que sepa acoger; que sepa desenvolverme en la vida divina y que inunde toda mi persona.
4.- Voy hacia Ti, Padre, permaneced Vos en mí y yo en Vos.
5.- Que mi corazón no descanse sin Ti, Señor, concédeme ver tu gloria ahora y por siempre dentro de tu paz.
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Miércoles, 19 de junio
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