
A nuestros queridos obispos: Y es preciso meditar en esto que Don Enrique Delgado, mi antiguo obispo q.e.d., nos decía en cierta ocasión en confidencia de intimidad:
"Tengo sobre mí una serie de dignidades: soy sucesor de los Apóstoles, líder eclesial, no carezco de títulos académicos, la gente me honra y a veces me hacen homenajes. Y tengo el peligro de "creérmelo". Como aquel borriquillo que, cargado de reliquias de santos, se admiraba y enorgullecía de que todos le hicieran a él la venia. Se creyó el pobre que todos los homenajes eran para él, y eran para lo que llevaba encima. Pero yo no quiero ser como el borrico".
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El diibujo es muy ilustrativo. Parece que dice muy devoto el clérigo: "Yo no soy nadie, pero qué tesoros llevo conmigo". ¡Y los que no veis! ¡Y pensar que esos tesoros, esas poderes del clérigo mayor y menor están puestos por Dios para solo el servicio, solo el amor! El Reino de Dios no se impone por el poder ni por la fuerza, nos viene por el amor.
Cuántos borricos hay en el mundo y no se dan cuenta.
No conviene hincharse con ni por el cargo que uno desempeña; la modestia, sencillez, humildad han de ser carisma de los eclesiásticos. El ansia de poder, lo más deplorable. Y se les ve el plumero a quienes viven esa su dignidad en lo humano. No nos engañamos.
Hace falta decir esto sobre todo en la intimidad; cuando nadie escuche; con plena convicción; no para hacerse el humilde. Obrar así con plena convicción. Eso es humildad y REALIDAD, porque el obispo es una persona normal, como tú; como yo.
Bajo palio solo El
Muy inteligente el monseñor.
Viernes, 1 de junio
Josemari Lorenzo Amelibia
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