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He conocido a algunos. Siempre eran curas buenos, de ascendiente, y se redoblaba su prestigio cuando todo el mundo sabía que el obispo les consultaba. Pero a uno sólo de ellos lo he visto crítico con su prelado y le decía a las claras cuanto observaba en el prelado y no le parecía bien.
La mayoría, serviles; de los que procurarán jamás disgustar a su señor con sus observaciones y críticas, y le dicen tan solo cuanto en ellos aparece digno de loa. Así que estos monseñores viven engañados.
Un obispo si es de verdad maduro, debería prescindir del conejo de estas personas arribistas y servirles que a todo dicen amén. El jefe ha de consultar sobre todo a la oposición, que siempre la hay dentro de su presbiterio y de los seglares cualificados. Eso no quiere decir que se va a dejar llevar necesariamente de las opiniones de ellos, pero conviene saberlas, escucharlas, tenerlas muy en cuenta y respetarlas, aunque no las ponga en práctica.
1.- Virgen María, he pensado hoy en la santa indiferencia ignaciana.

2.- Me he dado cuenta cómo la practicaste sobre todo en los momentos del nacimiento de Jesús.
3.- Obedeciste el mandato del Emperador, obedeciste el mandadlos de el Angel para huir a Egipto.
4.- Ayúdame a practicar esta santa indiferencia; ayúdame a desearla; ayúdame a gozar con ella.
Viernes, 1 de junio
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal
Urbano Sánchez García
Jose Gallardo Alberni