Secularizados, mística y obispos

Dedicación constante a la “atención de MI SEÑOR”,

19.07.11 | 16:24. Archivado en Desde mi celda

Soy una monja de vida contemplativa

De nuevo, aprovechando la oportunidad que me brinda mi buen amigo, quiero escribir unas ideas sobre lo que es nuestra vida de monja contemplativa.

Lo primero e indispensable, está claro, es una dedicación constante a la “atención de MI SEÑOR”, lo cual no es incompatible con todos los trabajos y ocupaciones de la comunidad.

Es mantener el corazón en calma y, sin dejarse impresionar ni distraer por todo lo pasajero que sólo conduce a vaciar el corazón de la PRESENCIA DE DIOS-TRINIDAD y que a cambio llenamos de “baratijas”, que diría Sta. Teresa de Jesús, por mil distracciones que vengan, no pueden ser nunca superiores ni suficientes para apartar nuestra corazón de AQUEL al que nos hemos consagrado.

Es una INCLINACIÓN CONNATURAL A INTERIORIZARSE CON “MI SEÑOR”.

Entre todos los quehaceres comunitarios, tenemos unas horas especiales dedicadas exclusivamente a la oración litúrgica y privada. Es de estas horas de especial dedicación, “a solas con nuestro ÚNICO SEÑOR” de dónde salimos fortalecidas, ambientadas, abastecidas, -diría yo- para el resto del día en la ocupación que sea.

Es en este dejarse tomar por “nuestro ÚNICO SEÑOR” en donde radica la frescura y limpieza de una vida que se regala silenciosamente a los demás, sin ser vistas, sin que, normalmente, nadie se entere, como la sangre que riega nuestro organismo, sin avisar, pero es la que está revitalizando en cada momento nuestro ser. Dejarse tomar activa y pasivamente por el AMOR, sin más preocupación que dejarte llenar por el AMOR silencioso del Esposo, que es Jesús, y luego, casi sin pensarlo, compartir este AMOR, esta VIDA con todos los hermanos, los de cerca y los de lejos.

A medida que vamos dejando un poco de lado el “yo” mezquino que siempre trata de hacerse presente, va ocupando el lugar el TÚ que es Dios-Trinidad que vive dentro de nosotros esperando que le prestemos atención.
La cruz existe, sí, por supuesto, y es un don de Dios… pero si seguimos la palabra de Jesús “niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme…” la cruz se lleva con mucha paz, mucha serenidad, sin amargor…, porque lo que causa amargura, turbación, desequilibrio interior es, precisamente, el “yo” al que, antes de tomar la cruz, tenemos que renunciar. “niégate a ti mismo… toma tu cruz y sígueme”.

Siguiendo el “orden” evangélico que Jesús nos dejó bien claro, la cosa no resulta complicada, sino “su yugo suave y carga ligera”. Es cuestión de PROBAR………………………………….

Hasta otro día, a los que me leéis. Oro con vosotros y me uno a vosotros.
Vuestra Hermana
María


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Comentarios
  • Comentario por Otro 05.08.11 | 17:26

    Alguien dice: "Hasta las monjas de clausura, si llegan a la vía iluminativa, rompen por donde sea, sin faltar a las reglas, y su influjo se nota en el ambiente y en otros ambientes adonde pueden llega"r.



Miércoles, 14 de noviembre

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