
Hay una frase en el Evangelio que siempre me llama la atención. Muchos teólogos la explotan en un sentido o en otro. Es ésta: "Jesús, habiendo subido a la montaña, llamó a los que quiso". (Mc. 3, 13-14). Siempre se ha aplicado este episodio a la vocación sacerdotal. Y así es. Pero la profundidad es mucho mayor que lo que a primera vista parece.
Nosotros, los sacerdotes secularizados, que abandonamos el ministerio por imposición de la jerarquía - nuestra voluntad de muchísimos no era ésa sino contraer matrimonio - seguimos siendo sacerdotes, y la voluntad del Señor sobre nosotros en nada ha variado, una vez que nos eligió. Nos quiso a nosotros y nos sigue queriendo.
De un modo muy simple nos han atacado de "infidelidad". ¿Infidelidad a qué? De ninguna manera al sacerdocio, ni a la llamada de Jesús. Podría ser, sí, a un voto que se impuso como obligatorio para poder acceder al Sacerdocio. De una manera poco equitativa nos han dicho que "no somos dignos de seguir a Cristo porque hemos puesto la mano en el arado y vuelto la vista atrás". Y no hemos vuelto atrás la mirada: hemos contraído un sacramento de la Iglesia, el matrimonio. ¿Es eso echar la atrás la mirada? Yo no lo veo así.
Jesús no llamó a los dignos de su llamada. ¿Quién puede ser digno de su llamada? Llamó a los que quiso. Y nos quiso también a nosotros, lo mismo que a los compañeros que ejercen el ministerio en las parroquias o en el episcopado. El rechazo que de nosotros ha hecho la jerarquía lo aprecio como una falta de coherencia teológica. Es verdad que se nos exigía renunciar al ejercicio sacerdotal, pero esa renuncia no fue libre, es como si a una persona le dicen: “Te voy a cortar algo: la mano o la cabeza, ¿qué prefieres? Y, por supuesto, todos dirían: la mano. ¿Cómo se le puede después echar en cara de que él mismo eligió que le cortaran la mano?
Todo esto me parece evidente. Ahí queda para que cada uno lo considere. Y que el Señor nos juzgue a todos con misericordia. A nadie odiamos, pero nos sentimos marginados. Y que conste que quien esto escribe lo hace sin ningún espíritu de revancha. Mi edad y circunstancias me impedirían reintegrarme en el ministerio parroquial. Con más juventud, lo hubiera hecho. ¡Pero cuántas vocaciones al sacerdocio se han perdido y se siguen perdiendo por la poco feliz ley del celibato!
Ver página web http://personales.jet.es/mistica
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Soy médico. Desde el punto de vista de la medicina nada tengo contra el celibato, siempre y cuano sea asumido libremente y pueda el intersado en momentos críticos poder optar por el matrimonio. Creo en el Evangelio, y Jesús lo aconsejó a quienes fueran capaces. No precisamente un un colectivo sacerdotal. Por eso pienso que la ley debe ser reformada, y de ninguna manera marginar a los sacerdotes que cambiaron de estado civil.
Sslí del seminari cuando me quedaban tres años para terminar la carrera. Luego me casé y tuve cuatro hijos. Uno de ellos también entró en el seminario y se salió a los seis años. Pienso que tanto mi hijo como yo, sin el celibato, hubiéramos continuado.
Tambien pido a Dios que pronto se quite esa ley del celibato que tanto daño nos ha hecho a los sacerdotes, esa ley que nadie cumplimos y que nadie sabe como quitarla, ni por donde empezar a enfrentar esa terrible forma de pensar.
sacerdote méxico
COMPARTO CADA UNA DE LAS PALABRAS, ¿PUEDE ESTAR UNA LEY ECLESIÀSTICA POR SOBRE EL EVANGELIO?.
Sí, bellisimo texto, realista, lleno de mística, verdadera joya. Y sobre todo aplaudo lo que dice con tanta moderación, unción y convicción. Espero que no pasasará esta generación sin que se solucione sastistactoriamente tanto el problema real y duro de la obligatoiedad del celibato para los sacerdotes, como el de pedir perdón a tantos sacerdotes maltratados por nososotros que de alguna manera pertenecemos a la llamada jerarquía. ¡Ánimo!
Bello y acertadísimo comentario, si señor.
Domingo, 19 de febrero
Peio Sánchez Rodríguez
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
Francisco Baena Calvo
Alejandro Córdoba
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos