Secularizados, mística y obispos

Enamorados de Dios

23.11.09 | 11:24. Archivado en Espiritualidad - Mística
  • enviar a un amigo
  • Imprimir contenido

Tenemos que tener una "obstinada" voluntad de consagrar todo nuestro propio ser y todo el mundo al Creador, que nos posee desde hace ya muchos años. ¿Cómo expresar de otra manera nuestro sacerdocio? ¡Enamorarnos de Dios!

Vamos a recordar la ardiente oración de nuestros años mejores. Cómo a la vez fueron los mejores tiempos para nuestro apostolado. En alguna ocasión me parece que te lo he dicho: todavía quedan por escribir las mejores páginas de nuestra vida. El nos va a ayudar si perseveramos en la oración. Hace algunos días he leído algo como esto: en aquél a quien Dios predestina para sí, hará algo de la nada. Hemos de confiar en el Señor que nos ayudará dentro de nuestra miseria a hacer algo de nuestra nada. Así brillará más su misericordia.

Y no preocuparnos por el porvenir
Casi sin darnos cuenta nos estamos haciendo mayores. Y todo aquello que nos decían nuestros superiores antiguos tiene ahora gran fuerza: confianza, abandono en los brazos de Dios. Hemos de estar convencidos plenamente: El lo va haciendo todo en nosotros. Pero es necesario cooperar a esa acción de Dios. De lo contrario, se retira. A poco que correspondamos a su acción, El se derrama del todo en nuestros corazones. Hemos de estar convencidos. Qué importante es el sacrificio; qué importante estar a la escucha de la voz del Espíritu en nuestro Corazón. Dios no va a ser algo para rellenar nuestros huecos de tiempo libre, ni para los agujeros de nuestra carencia sicológica. Eso no puede agradar al Padre. El Señor va a ser todo para nosotros: para ti y para mí. A él vamos a dedicar lo mejor de nuestro tiempo y también los ratos cortos de nuestro recreo. ¡Cada vez más! Convencidos con Santa Teresa: "Sólo Dios basta."

Y confiar siempre
Un día me dio a entender el Señor en la oración dentro de una aridez total sin precedentes que sin El no puedo ni principiar ni continuar ni concluir cosa conducente para la vida eterna. Esto lo sabía de memoria desde que estudiábamos de pequeños el catecismo de Astete. Pero viene bien experimentarlo alguna vez en la oración para que se afiance en nosotros la humildad. En nuestro camino hacia Dios hemos de contar con la aridez, la desolación, el desaliento. Y desde lo más profundo de la propia miseria decirle al Señor: En ti, Señor, he esperado, jamás quedaré confundido.

Cuando vamos profundizando en la vida interior, conseguimos la indiferencia ignaciana, el abandono en la Providencia de Dios.
Ante Dios todo tiene el mismo valor. Lo mismo uno desea vivir con El en Egipto que en Nazaret, en el humilde taller que en el Templo, acompañarle en la vida pública que sentarse a sus pies en unión de José y de María. El alma no vive ya la propia vida, sino la vida de Jesús.

Entonces siente uno en gran paz, incluso feliz, porque siempre está de la mano con Jesús no dando ni un paso fuera de El. Con El va la oración. Nos unimos a Cristo inmolado en el Altar. Con Cristo pedimos perdón por los pecadores y ofrecemos nuestras obras por su conversión. Con El rogamos por las almas del Purgatorio, por nuestros familiares difuntos.
En este sentido, si por circunstancias especiales de enfermedad o lo que sea, no podemos dedicarnos al apostolado externo, tampoco nos acongojamos, intensificamos nuestra oración, nuestro sacrificio y somos verdaderos motores de la Iglesia.


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios

Aún no hay Comentarios para este post...

    Sábado, 18 de febrero

    BUSCAR

    Editado por

    • facebook
    • twitter
    • Youtube
    • RSS

    Hemeroteca

    Febrero 2012
    LMXJVSD
    <<  <   >  >>
      12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    272829    

    Sindicación