Orlando zapata Tamayo, cubano, murió en un hospital de la isla, por los efectos de la huelga de hambre que decidió seguir por causa de su lucha por los verdaderos derechos humanos. Tenía 42 años, y fue encarcelado por el tirano en 2003 a causa de no someterse al dictat del oprobioso dictador de Cuba, Fidel Castro Ruiz. Las izquierdas europeas, con la española a la cabeza, no moverán ni un solo músculo de protesta ante el flagrante delito de sangre del más antiguo totalitarismo de estirpe hispana que conocemos. Nadie le alzará monumento, nadie le escribirá un poema para que aprendan los escolares cubanos, tan adoctrinados a ensalzar al dios secular en que han convertido al citado Castro Ruiz.
No cabe en 400 palabras ponderar el sacrificio por la causa más digna que hay: protestar contra el tirano, y habré de conformarme con glosar la injusticia de su muerte. Toda la nunca bastante ensalada medicina social de Cuba ha sido capaz de conservar la vida al contestatario del régimen cubano. Acaso cuando moría una planchadora –negra, por favor- acababa de dar el último repaso a la camisa verde olivo de Raúl, el Delfín ahora en la cúpula del Estado. Toda tiranía acaba en dinastía. Únicamente la democracia cambia a sus dirigente, y aún así, siempre acecha el nepotismo o el “esposismo” (véase Argentina en dos ocasiones). Para el Castrismo todos los Orlandos son perros, enemigos del pueblo. O sea, enemigos de que la saga familiar ostente el poder y la gloria, a modo de Felipes IV rezagados en la Historia. Porque ya han confundido intereses familiares y patria. Patria o muerte, dicen los detentadores del poder en Cuba. Y quieren decir: Patria o Castrismo. Los fantoches comandanteros y populachistas, que administran a un pueblo narcotizado discursos de ocho horas, no pueden permitir que el ejemplo de Orlando disuelva la ahormación a fortiori que han efectuado en la isla durante el medio siglo largo en que han reinado, como monarcas absolutos en la Perla del Caribe.
Pero la culpa de la sangre derramada (qué más da que haya muerto por extinción, sin gota de sangre al suelo: tenemos derecho a la metáfora que estigmatiza al verdugo) no alcanza sólo a los raúles y a los fideles, llega también a todos los que, a esta parte del Atlántico, jalean y sostienen a los asesinos de su pueblo. Vale.
Viernes, 1 de junio
Manuel Molares do Val
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Raúl González Zorrilla
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Juan Fernandez Krohn
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Rufino Soriano Tena