Lo primero que tienen que hacer los primeros firmantes del manifiesto para la defensa del castellano es llamar a este idioma por su nombre, que no es otro que español. Las mentes, pobres mentes, de quienes han perdido la batalla de la Historia –o, mejor dicho, creen haber perdido la batalla de la Historia– sostienen que el antiguo nombre de este idioma que ahora hemos de defender, debe seguir siendo castellano, que es nombre que les pone en igualdad de condiciones, sobre el papel, con el idioma de todos.
Pero este idioma no se llama ya castellano; se llama español. Ah, pero ese nombre les molesta. Nada que lleve la raíz de España es admisible para ellos. Les agrede como la cruz a los vampiros.
Así pues, el primer acto en defensa del castellano es llamarlo español. Los extranjeros vienen a España a cursos de español, y quieren hablar en español, no en castellano. En castellano hablaba el Cid, y pocos más unos años después. Enseguida fue español; mientras que el catalán y el gallego se quedaban en eso: catalán y gallego. En su rabia de perdedores de la Historia pretenden que todos neguemos la evolución del castellano a español, evolución que ellos no tuvieron; es decir, su idioma.
Yo firmaré el manifiesto de defensa del idioma español con mucho gusto. Incluso propongo que la asignatura de la materia que se enseña en las aulas españolas vuelva a llamarse Lengua Española, y Literatura Española. Y no Lengua castellana y Literatura, que es nombre impuesto por los lingüistas de la cosa logrera catalanes, para amenguar el español. Y el PSOE y el PP tragaron con que lo que se estudiaba era castellano y Literatura castellana.
Un manifiesto que llama castellano al español comienza cojo. Rectifiquen. Vale.
Viernes, 17 de febrero
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente A. C. M.
Raúl González Zorrilla