Recientemente, hemos escuchado la voz, antaño tonante, de Fraga/Júpiter. Le ha pedido a Esperanza Aguirre que sea disciplinada y se calle. Como el Rey a Chaves, el sátrapa venezolano, que por cierto, resulta que es un dictador de lo más tópico: está colocando a toda la familia en el más puro estilo español de la Restauración; él que tan indigenista se muestra. Bien, seguimos con Fraga. Un octogenario, que debería ser muy respetado… en su casa, junto a la mesa de camilla, con sus lecturas y eso.
Y es que la derecha española, refugio único posible del liberalismo moderado al que yo aspiro, ha heredado del franquismo ulterior, esa indefectible manía de que nunca, bajo ningún concepto, la masa elija al sucesor. El heredero, acaso como remedo de la maquina dinástica, nunca ha de ser un electo, sino un elegido. Esto es un vicio insostenible.
¿Recuerdan a Borrell, a Almunia? Ambos supieron irse, uno sin llegar a luchar por la candidatura, el otro dimitió la misma noche de la derrota. A mí me daba vergüenza ajena ver a los militantes peperos en Génova, la noche de la segunda victoria de Zapatero, jaleando a los de la terraza. ¡Cómo si hubieran ganado!
Con la designación de sucesor, los partidos políticos huyen de la innovación, también de la verdadera renovación. Aznar designó a Rajoy porque estaba seguro de que no le iba a sobrepasar en logros ante la Historia, cosa que sí podía pasar con Rodrigo Rato. Y así sucesivamente.
Fraga, tras aconsejar a Rajoy que diera oportunidades a otros en la asamblea de Valencia, debería irse, antes de que alguien empiece a decírselo con mala educación: Fraga, lárgate ya, tío. Vale.
Viernes, 17 de febrero
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente A. C. M.
Raúl González Zorrilla