Adoptar las maneras del extraviado sólo puede entenderse como una táctica, nunca permanente, para atraerse al buen camino a los hallados en el tal extravío. Quedarse en sus maneras es olvidar el principio estratégico que animara nuestra táctica. Es un error. Es haber sido convertido por ellos. Si todos los católicos comulgan con las formas de toda la vida, no sé por qué en Vallecas pueden hacerlo con rosquicos de vino. Y por qué el cura puede oficiar en vaqueros. Lo siguiente es sustituir la iglesia por el bar, la sagrada forma por unos canapés y el vino consagrado por una caña. Con perdón del símil. Es la pedagogía de la maldad de la excelencia. Todo lo bien hecho es malo. Únicamente lo sin fundamento vale. Es la perversión: el misionero, desenvagelizado. No tiene nada que ver la pobreza con el mal gusto. Una de las más claras misiones de cualquier tipo de redención es alzar a los redimidos a los niveles óptimos. Lo más errado es adjudicar a las maneras del error, la categoría de excelentes. Oficiar el sagrado rito, en el catolicismo y en cualquier religión, supone aceptar estar haciendo algo extraordinario. El rito objetiva al mundo de su creador. Y una muestra mínima de respeto impone ataviarse de manera especial. Lo que hay que respetar más que a nada y que a nadie es al propio rito. El rito es más importante que el hecho de que los conversos puedan sentirse a gusto. No conviene a la verdad disfrazarse de error para convencer a los incrédulos. Estaríamos engañando a los tales incrédulos.
Por todo esto aplaudo la decisión del Arzobispado de Madrid de intentar acabar con la experiencia de la Iglesia Vallecana de los Coleguís, regida por quienes han caído en todos los errores antedichos. La Religión Católica ha de ser, en lo posible, igual para todos. La verdad no es ni troceable, ni adaptable. Quien quiera diversificar, apostasíe y deje las propiedades de la Iglesia, marchando a otros lugares donde experimentar su fraternidad coleguera, liberacionadora y postmoderna. La predicación de Jesucristo no contó con que el hijo de María se hiciera pescador. Ni se hizo publicano para que Mateo lo siguiera. La predicación, siempre debe ser con el ejemplo, no con la imitación. Imitar al que se quiere redimir es reírse, ontológicamente, de él. La primera premisa para salvar a alguien es respetarlo. No se respeta a aquel que se deja seguir andando por el camino errado. A quien le falta la dimensión del rito en su vida, hay que integrárselo en esa misma vida. Y el rito o es cosa extraordinaria o no es nada. Es una farsa. Decir la misa en vaqueros y comulgar con roscos es despreciar a los que asisten a la misa, engañándolos. Es como si un actor saliera al escenario con el papel en la mano, leyéndolo, en lugar de decirlo; sólo porque así es más fácil y cómodo. Vale.
Viernes, 17 de febrero
Cesar Sinde
Toni García Arias
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
José Pómez
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Antonio Javier Vicente Gil
Carlos Ruiz Miguel