Siempre vi en Coll un compañero de letras. Su humor vivía en el lenguaje. Analogías, homologaciones ingeniosísimas, trabalenguas, adivinanzas de nuevo cuño, sus inolvidables traducciones al alimón con Tip… Yo, formado universitariamente en la filología, no dejaba de alegrarme de ver para qué cosa servía tener respeto a las palabras. Y eso, que más se parecía, en apariencia, lo que él hacía, a la falta de respeto a las palabras. Coll inventó la falta de respeto como homenaje, en el caso de las palabras. Hoy, sus acepciones patafísicas sirven y sirven de mucho, en las aulas de Primaria más avanzadas, para vehicular el ingenio y el lenguaje como juego. Sólo aquello que sirve de juego es respetado por los infantes. La noción de juego, como introducción en las mentes, no con intención de permanencia, sino como de simple primer acceso, es fundamental en la pedagogía más elemental.
Y es que Coll, con sus diccionarios, agregó a la Literatura española algo de lo que tenía un déficit histórico: el buen humor. Al mismo tiempo, con su atrezzo serio de chaqué y de bombín, ponía una nota de contradicción, conjuntamente con Tip, de gran calado visual. Él explotó la definición como instrumento humorístico. Lo suyo, dicho queda, era el humorismo, para Tip quedaba la comicidad. Habían dejado obsoleta la visión tradicional de payaso tonto y payaso listo. Coll era el genio lingüístico, Tip era el intérprete de esa genialidad. Algo así como Lennon y Mc Cartney en la España de la Transición. Pero distinto. Su hermandad tenía ese añadido de que la risa es algo serio. Y no porque hiciera pensar, que a veces lo hacía, sino porque, efectivamente, la risa cumple unas funciones enigmáticas, que, de faltar, pueden echar abajo a toda una generación. Fueron la risa de fondo del compromiso entre Ruptura y Reforma de los 70. Una risa, convengamos, imprescindible.
Dicho de otra manera, hermanaron la carcajada y la sonrisa, esas hermanas que tan reacias son a llevarse bien. Se reían nuestras mandíbulas, y se sonreían nuestras meninges. Y allí estaba Quevedo, sí; pero también estaba Julio Camba y Edgar Neville. Coll se sabía heredero de la Generación de La Codorniz, la revista más audaz para el lector más inteligente. Y actuaba como tal. Supo que el medio había que cambiarlo, y saltó de la radio y la prensa a la televisión.
Sus opiniones eran de derechas. Que se sepa y se proclame. Ello no le resta un ápice de mérito. Y demostró, acaso ya demasiado tarde, que el humor está por encima de la ideología, al revés de lo que piensan humoristas como Forges, Cándido y Romeu.
Yo creo que, por alguna parte, el propio Coll debió de dejar su epitafio. Alguien debería buscarlo, no para ponerlo en su inexistente tumba -acabo de oír que será incinerado- sino para degustarlo todo el tiempo que nos dure en la memoria. Con Coll se ha ido un clásico español. Vale.
Viernes, 17 de febrero
Vicente A. C. M.
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
José Pómez
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
Carlos Ruiz Miguel
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga