Lo que hay al fondo del nuevo miedo milenario difundido entusiastamente por la inexplícita, pero muy actuante, Internacional Izquierdista, respecto al calentamiento global y nuevo fin del mundo, no es otra cosa que la lucha por el poder. Por el poder de las conciencias, o verdadero poder; no por el poder material, o falso poder. El tal calentamiento está escrito en la Historia Geológica de la Tierra, lo hacen los volcanes, los terremotos, la deriva de los continentes, y naturalmente, también el hombre. Si no estuviera el hombre la cosa iría, por supuesto, más lenta. Pero iría. Todo eso, sin contar con el aerolito que vaga por el espacio, y que, tarde o temprano, de no remediarlo, impactará con el planeta. Nuestra existencia, precisamente, se la debemos a uno de ellos, el que extinguió a los dinosaurios. Nuestros ancestros prehumanos, ratas arborescentes, pudieron campar a sus anchas y evolucionar merced a sus genes privilegiados, no como creía Darwin a la lucha de las especies, sin ser molestados, mediante ingestión, por los macropredadores.
Bien, retomemos el razonamiento. Por supuesto que hay que ahorrar energía, consumir menos agua, y reducir la emisión de gases contaminantes y de efecto invernadero, así como de tantas y tantas cosas más. Pero no por las causas que nos dicen, materiales, económicas, egoístas. Sino por causas morales. Sobre todo por la suprema ley que rige la naturaleza que no es otra que gastar un punto menos de lo que es necesario. Por ley moral del uso correcto. Todo despilfarro es antinatural. Ningún animal come más de lo que precisa, ningún animal convierte capricho en necesidad. Todo eso no es sino desorden moral.
Así las cosas, lo que importa a esta Difusa Internacional izquierdista es que el freno al consumo se haga por necesidad material, no por exigencia moral. Lo que está en juego es el cambio de causa para lograr el mismo efecto. Si la suprema causa es material, materialista, el resto de causas que nos impelen a actuar en cualquier campo, se orientará por el mismo criterio. Y quedará así el criterio moral desechado. Es la proscripción de cualquier ley no regida por el egoísmo individualista de los hombres. Lo que está en juego, pues, no es el evitar el fin del mundo por el calentamiento global, sino la lucha por el poder de las conciencias de los seres humanos. Es la negación de los criterios morales superiores. Su abolición definitiva. No importa conseguir el objetivo. Importa el motivo por el que las masas creen que hay que actuar. Esa es la verdadera batalla. Los que llevan la estrategia de esta guerra profunda saben bien que va a pasar lo va a pasar, al margen de los kiotos y demás milenarismos. Si no pasa nada, habrá sido por su alerta materialista. Si pasa, la culpa la tendrá el insaciable capitalismo globalizador. Juegan con ventaja. Vale
Sábado, 18 de febrero
Raúl González Zorrilla
Vicente A. C. M.
Antonio Javier Vicente Gil
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Cesar Sinde
Toni García Arias
Juan Fernandez Krohn
José Pómez
Francisco Rubiales
Carlos Ruiz Miguel