Más allá de la ecuación delincuencia-inmigración, y de sus inequívocas relaciones, sean cuales fueren, creo que hay que hablar de delincuencia importada. Y esta delincuencia importada acude, ahora sin ninguna duda, por el efecto llamada de nuestras leyes penales, que, miradas desde el Este de Europa, con gente acostumbrada a vivir sin derechos humanos, despreciados por el Comunismo, son una invitación a la delincuencia, sin ninguna duda. En el peor de los casos, se ven en una prisión, donde pueden estudiar, si quieren, reducir penas ganando dinero, y despreocuparse por necesidad alguna, incluido el sexo. ¿Está claro?
Los delincuentes importados de que hablo no pueden ser tratados de inmigrantes. Éstos, los inmigrantes, tienen también su cuota de delincuencia, que debe ser mayor que la española en la misma medida que son más pobres; pero ese dato de la delincuencia inmigrante es casi nada. No nos alarmaría. Lo que nos alarma es, ya digo, la delincuencia importada. Y aún diría más, la delincuencia incentivada desde nuestras leyes penales, verdaderamente febles. Ese es el verdadero efecto llamada. Aquí, la policía ni te toca, leyeron en un correo electrónico a uno de estos que digo. Chalets desguarnecidos, a punta de pala. Cajeros desprotegidos, a barullo. Gentes con dinero por la calle a la que acogotar, a montones. El paraíso del delincuente. Y cuando no, cajas fuertes en los polígonos, repletas de billetes, y ridículamente amparadas tan sólo por una pared de ladrillos.
Hay, pues, que atajar ese efecto llamada permanente. Cómo sea, díganlo juristas. Pero juristas que tengan en su horizonte, siquiera parcialmente, la defensa de la sociedad a la que sirven y que les paga. Hay que poner en el horizonte penal español, y occidental, límites a la reinserción. Está claro que un violador, un pederasta y un terrorista que mata inocentes por la patria no son reinsertables. No lo son. La defensa de la sociedad es una finalidad absolutamente digna, tanto como la que más. No hay que avergonzarse de ella, ni ponerla a cola de las prioridades de la Justicia.
A este efecto llamada acuden unos pocos forajidos, que no merecen el nombre de inmigrantes. Pero el daño que causan es terrible. Primero a los afectados directamente, incluso con el daño físico, o hasta la muerte: sin decir nada de la pérdida patrimonial. Después a los nacionales, que sienten miedo para empezar y xenofobia después. Y, por último, a la gran masa honrada que viene a trabajar, y a hacer más rico y más grande el país.
Estos delincuentes importados llegan a todo confort, en coches o aviones. Vienen sin necesidades personales y perentorias que cubrir. Y sospecho que pasan sin visado de ningún tipo, atravesando en coche la frontera. Faltan inspecciones policiales. Las hay en Austria y en Gran Bretaña. Aquí, nadie les molesta. Y si caen, se pagan abogados buenos. Vale.
Viernes, 17 de febrero
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente A. C. M.
Raúl González Zorrilla