(José Francisco Serrano Oceja, en Alfa y Omega). La proliferación de libros-entrevista con personalidades relevantes sintetiza muchas de las características de nuestro tiempo, de nuestra cultura, de nuestra forma postmoderna de construir sobre fragmentos el mosaico de la existencia. La entrevista es un género de diálogo que facilita la pintura del cuadro de la personalidad, de la relación entre las ideas y la vida, que permite que se escapen por entre las respuestas los sentimientos, las emociones, los embajadores del carácter. La entrevista permite, además, los saltos en el tiempo y el espacio de los temas, hace posible que el entrevistado se haga transparente, y también que, con la sinceridad de esta nueva forma, mitad divulgación de pensamiento, mitad autobiografía, las confesiones íntimas transiten por la plaza de lo público.
Cuando me llegó el libro-entrevista del cardenal Amigo, arzobispo emérito de Sevilla, pensé que era una oportunidad para saber de una personalidad para mí desconocida. Pensé que este libro, que estaba en los estantes de todas las librerías de España, tendría su secreto, y del secreto habría que escribir. Y cavilando sobre el secreto del cardenal Amigo, leí las casi trescientas páginas conducidas por el también franciscano y periodista Luis Esteban Larra. Escribir sobre Un fraile vestido de cardenal exigía, además, centrarnos en el libro, y no en lo que antes y después se podría relacionar con el libro. Algo así como sus presentaciones, el pórtico escrito por el que fuera embajador de España ante la Santa Sede, don Francisco Vázquez, y el epílogo, del cardenal Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa. Ocurrió, además, que mientras estaba en estos menesteres, concluía la lectura de un pequeño, y grande, tratado de amor a la Iglesia, escrito por el jesuita Medard Kehl, con el ignaciano título de Sentir con la Iglesia. El espíritu franciscano y el ignaciano unidos en la búsqueda del secreto de los hombres que han puesto su nombre al servicio de la Iglesia. Y en el libro del jesuita alemán encontré una idea a la que me parecía daba respuesta el cardenal Amigo con su testimonio, siempre espontáneo. «A medida que -escribe el teólogo fundamental M. Kehl-, en el proceso de pluralización y diferenciación de nuestras sociedades occidentales, se disolvían los ambientes católicos, hasta entonces relativamente homogéneos y cerrados, la Iglesia iba siendo percibida cada vez menos como hogar, como madre Iglesia».
Se podría decir que el cardenal Amigo no se entiende sin las personas que lo han amado y a las que ama. Entre las muchas páginas dedicadas a las cuestiones candentes del presente, a vivencias, anécdotas, unas veces elevadas a categorías, otras, ejemplos que pretenden confirmar una tesis, lo que también queda de este libro es un himno a quienes hicieron de Amigo un franciscano, un sacerdote, un obispo y un cardenal de altura. Los recuerdos de sus padres, de sus hermanos, el ambiente familiar en años difíciles de nuestra historia, la Castilla eterna, Galicia, Roma, Tánger, Sevilla, lugares para entender, de corazón, al cardenal Amigo.
José Francisco Serrano Oceja
Alfa y Omega 743 (23 de julio de 2011).
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