(J. Antolín, en Estudios Agustinianos). El libro Ciudadanía, migraciones y religión pone en relación tres temas de gran actualidad; pero el autor, Julio L. Martínez, además de hacer una descripción de los problemas, afronta las cuestiones dialogando éticamente desde la fe cristiana. La primera parte identifica el modelo social que nos toca vivir. Se detiene en ver la ciudadanía y las migraciones en relación con el proceso de globalización. Es necesario crear nuevas formas de organizar las relaciones entre los seres humanos, tanto individual como colectivamente, en clave más universalista. La segunda parte propone un recorrido por los modelos de ciudadanía de la filosofía política actual: el liberal, el comunitarista, el republicano, el comunicativo y el propuesto por la DSI. La tercera parte contiene varios bloques temáticos que se organizan bajo la rúbrica de la interculturalidad y la ética. La escuela si no quiere quedarse de espaldas a la realidad social, tendrá que abrirse con coraje al hecho intercultural. La cuarta parte afronta la cuestión de las religiones en la vida pública, así como dentro de las distintas sociedades pluralistas que se van haciendo más multiculturales. La importancia de la religión para muchos millones de migrantes actuales pone en jaque al laicismo y en general, a las pretensiones de desalojar a la religión de la vida pública. La quinta parte analiza el deber y posibilidad por parte de la Iglesia de participar en los debates morales de una sociedad de la era de la globalización marcada por el pluralismo (moral, cultural y religioso), donde la Iglesia siga siendo un actor de cierta importancia, pero que ya no marca la pauta moral ni puede razonablemente aspirar a marcarla.
No podemos olvidar que lo religioso es un acontecimiento de primera magnitud en el fenómeno migratorio. La religión está profundamente arraigada en la vida de las personas, y para muchas es el último recurso al que sujetarse en los momentos de crisis que produce la precariedad del salto migratorio. La religión debe contribuir a la búsqueda del consenso, convivencia de la diversidad, el diálogo interconfesional e interreligioso; al mismo tiempo que promoviendo la resistencia a dos enemigos: el racismo y el fundamentalismo. La Iglesia cristiana debe promover una cultura de la solidaridad y la acogida, favorecer foros de encuentro y diálogo intercultural. Debemos también insistir en la correcta relación de dos principios complementarios: respeto al valor y dignidad de toda persona y respeto a las diferencias culturales. El fenómeno migratorio es uno de los signos de los tiempos actuales, y nos convoca a todos a abrirnos al diálogo intercultural y diálogo interreligioso.
J. Antolín
Estudios Agustinianos 45/2 (2010) 345-346.
Sábado, 2 de junio
Editorial San Pablo
Orlando Carmona
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató| Junio 2012 | ||||||
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