Editorial San Pablo

La sabiduría reposada de quien ha hecho del amor de Dios al ser humano el centro de su predicación

18.03.10 | 08:46. Archivado en Libros
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(Santiago M. Insunza, en Revista Agustiniana). Estamos todos en la misma barca. Se trata de un breviario de diálogos cruzados entre dos personalidades del mundo religioso y cultural. En una orilla, el respetado cardenal Carlo María Martini, arzobispo emérito de Milán que, movido por su vocación biblista, vive actualmente en Jerusalén; en la otra el P. Luigi Maria Verzé, sacerdote, académico italiano y fundador de varios hospitales, entre ellos el Hospital San Rafael de Milán.
El cardenal Martini desvela al P. Verzé sus preocupaciones y manifiesta su disgusto porque ve que la evolución de la cultura tiene un ritmo más vivo, frente al paso prudente de la Iglesia oficial, ya sea en el ámbito de la filosofía o en el de la bioética y de la teología. «Causa sufrimiento que la Iglesia dé la impresión de permanecer en cierto modo al margen, mientras que la humanidad parece avanzar sin Cristo» (p. 12). El P. Verzé se suma al lamento del cardenal y subraya la carencia de verdaderos maestros: «No esos maestros que derraman desde lo alto sus enseñanzas, sino los que caminan con los discípulos como hacían los filósofos peripatéticos, como hizo Jesús con los discípulos de Emaús. Y, por volver al tema de la investigación, y la investigación biológica, lo que pretendo decir es que, en lugar de asediar el trabajo de los investigadores desde el temor, con una ajena frialdad, con sospechas, juicios, mejor sería inyectarle competencia, sagacidad, hacerse con las cuestiones por medio de hombres de Iglesia sabios, capaces, auténticos científicos, dotados de sentido de lo sagrado, de respeto, de generosidad. Una vez más, me veo obligado a repetir la palabra clave, dotados de "amor"» (pp. 16-17).
La conversación toca las cuestiones hoy más candentes, como pueden ser los embriones destinados a morir un día congelados, las células madre embrionarias... «Acabemos, pues, con los temores y con esa ajena frialdad con que puede verse el trabajo del científico. La desconfianza es mala consejera», advierte el cardenal jesuita.
El P. Verzé es quien va planteando asuntos y argumentos de calado y tirando de la conversación que motiva la intervención del cardenal. «Creo que se puede y se debe dar más espacio libre a la opinión pública, también en la Iglesia. Hace falta un debate mayor, un debate libre sin pensar que este debate sea una crítica u oposición. Y también puede ser cierto que el error, pasado cierto tiempo, "se desinfla él solo". Puede haber un momento en que la moneda buena eche fuera la falsa» (p. 31)... «No obstante, podría añadir –continúa diciendo Martini–, que me parece natural estar en el mundo y vivir en el mundo y, por tanto, caminar con el mundo, ya que la Verdad también es una búsqueda sin fin y no algo estático que tengamos que ocultar y cultivar como si de un misterio esotérico se tratara» (p. 35).
Algunas preguntas del P. Verzé recogen el rumor de la calle: «¿No cree usted que un Gandhi desnudo es más elocuente que un Papa con su mitra?» (p. 59). «Para tratar de definir ahora el concepto de Papa, yo diría que es siervo de los siervos de Dios, jefe de la comunión católica. Y, por tanto, su misión consiste en ser Obispo de Roma, en apoyar a los obispos en su ministerio, sin centralizarlo todo en Roma, como tiende a hacerse en los organismos romanos. Y, naturalmente, es verdad que debe ser, hoy más que nunca, un profeta del Verbo divino» (p. 60). Y, unas páginas más adelante: «¿Qué opina de la negación de los sacramentos a los divorciados devotos?»... «¿Y no sería mejor que la consagración de los obispos se produjera por aclamación del pueblo de Dios, tan apartado hoy de los acontecimientos de la Iglesia?» (p. 69). El cardenal no rehúsa ninguna cuestión por espinosa que sea y responde: «Pienso, con muchos otros, que hay muchísimas personas en la Iglesia que sufren porque se sienten marginadas y que también habría que tenerlas en cuenta. Y me estoy refiriendo, en particular, a los divorciados vueltos a casar. No a todos, porque no hemos de favorecer la ligereza y la superficialidad, sino favorecer la fidelidad y la perseverancia. Pero hay algunos que, hoy en día, se encuentran en un estado irreversible y sin culpa... Considero que la Iglesia tiene que encontrar una solución para estas personas. A menudo he dicho, y repito a los sacerdotes, que han sido formados para construir el nuevo hombre según el Evangelio. Pero luego, en realidad, tienen que ocuparse de arreglar los huesos rotos y salvar a los náufragos» (pp. 70-71). Sobre el nombramiento de los obispos, apunta: «La elección de los obispos siempre ha sido un problema difícil en la Iglesia. En las situaciones antiguas, en las que el pueblo tenía mayor participación, se producían muchas divisiones y enfrentamientos. Tal vez, hoy la elección se ha situado demasiado arriba» (p. 73).
Otros temas se van enhebrando en la conversación del P. Verzé con el cardenal Martini. El libro concluye con una invitación al realismo, la confianza y la esperanza.
Quienes tengan dificultades para ajustar la libertad de expresión del cardenal Martini con la hondura y el misticismo de su pensamiento, les convendría leer la homilía de Benedicto XVI a la Comisión Teológica Internacional, pronunciada en la Capilla Paulina del Vaticano, el martes 1 de diciembre de 2009. Suyas son estas palabras: «Hay grandes eruditos, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros de la fe, que nos han enseñado muchas cosas. Han penetrado en los detalles de la Sagrada Escritura, de la historia de la salvación, pero no han podido ver el misterio mismo, el verdadero meollo: que Jesús era realmente Hijo de Dios, que el Dios trinitario entra en nuestra historia, en un determinado momento histórico, en un hombre como nosotros. ¡Lo esencial ha quedado oculto! Se podrían citar con facilidad grandes nombres de la historia de la teología de estos doscientos años, de los cuales hemos aprendido mucho, pero no han abierto los ojos de su corazón al misterio».
Desde su retiro de Jerusalén, el que fue arzobispo de Milán y premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2000, nos ofrece la sabiduría reposada de quien ha hecho del amor de Dios al ser humano tal como se expresa en la Encarnación del Verbo el centro de su predicación, sin dejar de lado los puntos de debate y de fricción entre la Iglesia y la cultura contemporánea.

Santiago M. Insunza
Revista Agustiniana 50 (2009) 774-775.


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