Editorial San Pablo

Damián de Molokai, un personaje humilde repleto de vida y energía para Dios y para los demás

07.02.10 | 10:16. Archivado en Libros
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(Jorge Burgueño López, en Sal Terrae). Si nunca es mal momento para recordar a personajes como el Padre Damián de Molokai, su reciente canonización (11 de octubre de 2009) es sin duda una ocasión especial para conmemorar a este misionero de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
Con el fin de dar a conocer la actividad de Joseph de Veuster (Damián), su compañero de congregación Bernard Couronne recoge en esta Vida del Padre Damián tanto los testimonios de las personas más cercanas al Padre Damián como las cartas que enviaba desde su misión en las islas Hawaii.
Damián, con «el Apóstol de las Indias» (san Francisco de Javier) como referente en su vida espiritual, es descrito como un «guerrero de Dios» que vive y muere por Cristo y por su congregación: «El descubrimiento del amor de Dios encarnado en los corazones de Jesús y de María es una experiencia demasiado ardiente para que no culmine para él en la decisión radical de vivir y morir al servicio de este amor con riesgo de la cruz, como Jesús» (p. 31). Es una de esas personas que «irradian amor», todos sus actos están marcados por el amor al Padre y a los demás.
Aunque la biografía está escrita de forma sencilla y clara, probablemente sería aún de más fácil lectura y podría ganar en difusión si el autor hubiera optado por la fórmula de la novela biográfica. En todo caso, son de gran ayuda los recuadros que se incluyen a lo largo del texto para ahondar en diversos términos, como la historia de la lepra o de la congregación religiosa de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, o los orígenes de los Misioneros en las islas Hawaii.
El recientemente santificado era considerado como «el instrumento de la compasión del Señor por los leprosos entre los que vive. No quiere alejarse de sus moribundos de Kalawao. Ello indica hasta qué punto ha identificado con el nombre de Cristo la causa de los leprosos» (p. 89). De hecho, el padre Damián murió por el amor que sentía hacia la comunidad de enfermos. Siempre dispuesto a compartir su espacio y su tiempo con las personas que lo necesitaban, su única preocupación consistía en hacer la vida de los leprosos lo más fácil posible, sin tener en cuenta la posibilidad de contagiarse. Hasta que, al final, falleció infectado por la lepra: «Para Damián la adoración es vital; es la prueba inequívoca de su identificación con Cristo y con los leprosos de Molokai. Con Cristo y con sus hermanos de Kalawao, puede clamar ahora al Padre: “Nosotros, los leprosos”» (p. 121).
Uno de los rasgos más característicos del Padre Damián fue su pasión por cumplir la voluntad de Dios y la fidelidad al espíritu de su congregación. Siempre rogaba a sus superiores por un compañero para poder confesarse: «Una de las primeras preocupaciones de Damián fue, ciertamente, no permanecer solitario. [...] El ministerio pastoral de toda la isla de Molokai le obliga a desplazamientos de varios días, cuando él no quiere imponer una ausencia demasiado larga a sus moribundos de Kalawao. Detrás de esta razón pastoral se adivina otra, más personal, que somete a su superior general algunas semanas más tarde: “Le ruego, pues, que tome en consideración la difícil posición en que me encuentro en esta isla. Para confesarme he de ir a Honolulu” (agosto de 1873)» (p. 111).
Es una lectura agradable y amena, donde el autor consigue transmitir al lector su entusiasmo por un personaje humilde, a la vez que apasionante y repleto de vida y energía para Dios y para los demás.

Jorge Burgueño López
Sal Terrae 98/2, n. 1.142 (febrero de 2010) 195-196.


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