(Pedro Langa Aguilar, en Vida Nueva) Gran acierto el que ha tenido la editorial San Pablo de publicar Al corazón de la fe, esta obra literariamente a medio camino entre memorias, biografía e historia teñida de Teología, «reina de las ciencias», fruto de conversaciones entre el cardenal alemán Walter Kasper y el joven periodista Daniel Deckers, también doctor en Teología y redactor político del diario germano Frankfurter Allgemeine Zeitung. Preguntas y respuestas dan lugar en sus 376 páginas a planteamientos contextuales y rigurosos juicios de valor que permiten apreciar la sagacidad del periodista y la clarividencia del teólogo.
Deckers ha sabido engastar múltiples asuntos (Al corazón de la fe) dentro del ceñido seguimiento a una biografía (Las etapas de una vida), la de Walter Kasper, que arranca en Heidenheim an der Brenz hace ya 76 años, discurre discente y docente por Tubinga, dicta lecciones de catedrático en Münster, se decanta luego hacia la pastoral episcopal de la verdad en el amor (su escudo) en Rottenburgo-Stuttgart, hasta recalar en la Roma cardenalicia de la Ecumene, para seguir viajando desde entonces por los continentes todos como infatigable adalid de la unidad.
Atenta lectura
El libro que ahora nos ocupa exige atenta lectura, pues apenas en media página pueden ir resumidos muchos de los célebres títulos kasperianos, manuales clásicos hoy en día de la Dogmática. Nunca la Teología científica fue para Kasper un fin en sí misma ni un juego académico. Incluso como profesor siguió siendo lo que quiso llegar a ser: sacerdote, párroco, pastor de almas. Y aunque el Catecismo alemán no sea su Catecismo personal, sino el de la Iglesia, él lo considera de algún modo, sin embargo, como su exposición total de la dogmática católica.
Hay a lo largo de esta obra perlas de su oficio curial como las que siguen: «Los documentos ecuménicos son, desde luego, importantes, pero son papel. En Pentecostés llegó el Espíritu Santo no en forma de papeles, sino en forma de fuego. Lo decisivo en la Ecumene son, junto al fuego del Espíritu Santo, las relaciones personales, la confianza personal y la amistad personal». En la Ecumene no se trata de reducirse a un mínimo denominador común. Eso sería para todos los participantes un proceso de empobrecimiento. Dicho con imagen de la música: «El resultado no sería una sinfonía, un sonido armonioso en conjunto, sino una aburrida música ratonera».
Trata Kasper, además, con no menos discreción que agudeza, temas de suyo delicados: «caso Hans Küng», por ejemplo, sus diferencias eclesiológicas con Joseph Ratzinger, las de su Conferencia Episcopal Alemana con la Santa Sede, su recuerdo –tan distinto al del citado Küng– de la presencia como conferenciante en Tubinga del cardenal Bea, el Concilio Panortodoxo, los encuentros de la Comisión Mixta Internacional Católica-Ortodoxa, de la que, junto al metropolita Zizioulas por parte ortodoxa, él es el co-presidente católico.
Agradece el cardenal germano sus viajes a las jóvenes Iglesias, experiencia imborrable, «por haber experimentado dónde y cómo late el corazón de la fe». Mientras redacta en Tubinga su tesis doctoral –Lo Absoluto en la historia–, bajo la dirección de Josef Rupert Geiselmann, que le familiariza con el pensamiento de Johann Adam Möhler, y en Münster va preparando paso a paso su ciclo de lecciones como sucesor de Hermann Volk, se produce en Roma el Concilio Vaticano II. Heinrich Fries y –durante el semestre libre en Múnich– Gottlieb Söhngen llevan a Walter Kasper hasta otro maestro insigne para el siglo XX: el cardenal John Henry Newman.
Obra importante, asimismo, por los juicios que en ella vierte el presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, posiblemente contrastables sólo aquí. Del frenazo que la citada Comisión Mixta sufrió el año 2006 en Baltimore-Emmitsburg, declara el purpurado: «Llegó a ser la peor experiencia ecuménica que yo había tenido jamás. No se podía hablar de diálogo». Y de la reanudación en Belgrado, sostiene más adelante esto: «¡En comparación con Baltimore, un nuevo espíritu que llenaba de regocijo!». Nuestro autor culmina con el encuentro de Ravena: no toca, pues, Pafos.
Don del Espíritu
Hay frases aquí donde cabe Kasper todo entero, como ésta: «Hoy no nos encontramos ya donde habíamos comenzado hace cuarenta años (...). Muchos se han acomodado demasiado bien en las antiguas trincheras. Pero la Ecumene significa estar comenzando incesantemente de nuevo». Tal vez por eso se le nota cada vez más proclive al ecumenismo espiritual del Abbé Couturier: «La unidad es posible sólo como don del Espíritu de Dios y mediante un renovado Pentecostés». Con Newman, influido también él por Möhler, recuerda la imposibilidad en Ecumenismo de la vía media, y sobre el proceso de los diálogos teológicos, no puede ser más elocuente: «A mi sucesor le aguarda todavía mucha tarea en casa».
Entre los pocos lunares (cosecha del entrevistador), cabría señalar que el papa Pío XII no fallece el día 3, sino el 9 de octubre de 1958 (pp. 34 y 48). En español se dice Secretariado, no Secretaría, para la Unidad (pp. 50 y 209). Gramaticalmente, debe decir sentido, y no sentirlo (p. 52, penúltima línea). Y ortográficamente, Kazan [o Kazán], pero en ningún caso Kaza (p. 248).
Magnífica edición, pese a todo, fundamental para menesteres ecuménicos. Por sus páginas desfilan de la mano del cardenal Kasper nombres de la más alta escuela en las ciencias eclesiásticas de hoy. A poco ya de la jubilación, el libro quedará como un hito entre profesores, estudiosos, doctorandos y doctores en Teología y Ecumenismo. Coincide, además, con los acontecimientos más decisivos de la Europa del siglo XX. Edición, en fin, a señalar con piedra blanca.
Vida Nueva 2.692 (22 de enero de 2010).
Sábado, 18 de febrero
Editorial San Pablo
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