Editorial San Pablo

Silvia Corella: Un grano de arena, una montaña

16.01.10 | 10:08. Archivado en Sobre el autor, Libros, Autores
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ENTREVISTA A SILVIA CORELLA, AUTORA DE EL CHICO DE LA VENTANA
(Laura Bolea Fernández, en Revista Cultural 2227). Sevilla 1960. Madre de dos hijos y licenciada en Filología inglesa, actualmente se encuentra en una etapa de cambio, se dedica a la docencia y a la actividad empresarial. Después de hacernos reír con su cuento ganador sobre el nihilismo pubicad en el número cero de nuestra revista, hacemos una entrevista a fondo a esta amante de Navacerrada, ganadora del I Premio La Brújula de Narrativa Infantil-Juvenil de Valores por su libro El chico de la ventana, otorgado por la editorial San Pablo.
En 2006 decide escribir su primera novela. Todo surge espontáneo, por el gusto de enseñar y sobre todo por la necesidad de educar a nuestros jóvenes. Porque todos sabemos de la importancia de la educación, teniendo en cuenta los tiempos que corren. Como dijo el maestro de la filosofía, Kant, en una ocasión: «Tan sólo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él».
Nuestra escritora decide adentrarse en el mundo literario no por obligación sino por gusto, quizá sea esto lo que da mayor frescura a sus relatos: «No pienso en la posibilidad de vivir de la literatura, pues eso lleva consigo muchas servidumbres. Eso es lo bueno, no tener la necesidad de escribir pensando siempre en lo que se vende o en lo que les gusta publicar a los editores». Es muy probable que Silvia consiga vivir algún día de ello, calidad no le falta, pero afirma: «Si vives de otra cosa, tienes más libertad para escribir lo que realmente deseas».
La improvisación, el desorden... son conceptos que no entran en la mente de la autora a la hora de plantear un relato: «Cuando inicio una novela tengo muy claro cuál será el tema, el argumento y los personajes. Nunca empiezo a escribir sin haber hecho un esquema previo. En cuanto a los personajes, ya desde el principio conozco el destino que van a correr. Otra cosa es que en un momento determinado decida dar un giro a la historia y alguno de ellos se libre de su destino». Aunque a todo sistema bien engranado es posible que a mitad de camino sea necesario incorporarle una pieza más para que todo funcione a la perfección. Por lo que puede ocurrir que a mitad de novela necesite incorporar un personaje nuevo. Personajes con los que en muchos casos la autora se siente identificada: «A veces tengo que hacer un esfuerzo para conseguir que, ante un acontecimiento determinado, reaccionen de una manera distinta a como yo lo haría».
Son muchas las reflexiones que me surgen al charlar con Silvia, por ejemplo, sé de muchos que les gusta escribir y lo hacen además con bastante criterio, pero guardan sus relatos e historias en cajones olvidados. Si escribes, no tengas miedo a que te lean porque siempre habrá alguien en quien influyas o alguien a quien le guste tu obra. Silvia escribe para los demás: «No entra en mi cabeza escribir una novela, un relato, para guardarlo en un cajón. Silo hiciera exclusivamente para mí, sólo escribiría diarios».
Siempre me he preguntado qué tendrán los libros que a veces han llegado a cambiar el curso de la historia y de los acontecimientos: el Corán, la Biblia, el Manifiesto Comunista... le hice llegar mi interés, y creo que acierta en decir que «son las personas las que cambian el mundo. Son los lectores los que evalúan las obras y las aceptan o las rechazan. En cualquier caso lo que sí es seguro es que un libro puede cambiar a una persona». Por eso decide escribir novelas para jóvenes, en su opinión más complicado que para adultos: «Creo que es la época más importante de la vida, en la que se deja atrás la seguridad de la niñez y se empieza a tener conciencia de uno mismo y a tomar las primeras decisiones personales. En términos literarios, yo compararía esta edad con el momento en el que se produce el primer giro importante en la trama de una novela. Según se tire hacia un sitio u otro, el desenlace será distinto».
Siempre que nos preguntamos qué libro no se puede dejar de leer, nunca podemos quedamos con uno, siempre nombramos muy seguros de nosotros mismos uno, y seguidamente te viene otro que te resulta imprescindible y después... otro. Por eso la novelista atina en afirmar: «No somos los lectores los que buscamos los libros, sino los libros los que nos buscan a nosotros».
Se proclama amante de Navacerrada y tiene intenciones en un futuro de fijar su residencia aquí: «Soy una enamorada de Navacerrada, me gusta hasta el último adoquín. Además, se está convirtiendo en un referente en cuanto a oferta cultural. La labor que están desarrollando Beatriz Valverde y Rocío Castro desde la Biblioteca y la Casa de la Cultura respectivamente, el Ayuntamiento y la Asociación Cultural La Maliciosa es extraordinaria. La revista 2227 es un ejemplo palpable».
Hablemos del libro ganador. Manejaba tres títulos pero fue gracias a su hijo la elección final, El chico de la ventana. Habla del amor y de la justicia pero, sobre todo, habla de la amistad: «Fueran quienes fueran, reales o imaginarios, de esta época o de otra pasada, dejaron en mí una profunda huella y a menudo me pregunto si, al igual que existe la amistad en la distancia, puede existir la amistad en el tiempo».
Es una de las frases de nuestro protagonista, Roberto, un joven adolescente que acaba de perder a su madre y accede a pasar con su padre unos días de verano en un apartado pueblo de Burgos. Allí no hay mucho adolescente con el que jugar y pasar el rato, hasta que Roberto, apareciendo de improviso en los lugares más insospechados y asomado a una ventana, conoce a un misterioso chico llamado Mingo y a su hermana. Una novela en la que se entremezcla el pasado y el presente, la historia y la leyenda, el misterio y la fantasía.
En esta novela equiparas el siglo actual con el XIV, ¿por qué?: «No lo equiparo exactamente, sino que hago que la trama se desarrolle en ambos momentos históricos a un tiempo. Roberto y sus amigos comparten escenario y aventuras en el mismo lugar, un pueblo en la región de las Merindades, sin embargo viven en diferentes épocas. Se trata de una especie de pliegue en el tiempo, que les permite compartir acontecimientos por unos días. Esta circunstancia me permite mostrar, a través de la mirada de los protagonistas, la diferencia entre ambos períodos históricos».
¿Cómo crees que consideraría la gente a Roberto, el protagonista de tu novela, en el mundo actual, ¿como un perturbado mental o tal vez un mago que es capaz de viajar en el tiempo? «Desde luego, nunca un perturbado mental. ¿Son perturbados mentales Peter Pan o Alicia en el País de las Maravillas? No, Roberto es un adolescente imaginativo que atraviesa por un mal momento –la pérdida de su madre– y se encuentra en la edad en la que tiene que dejar atrás el mundo seguro y mágico de la infancia con sus fantasías y ensoñaciones, para adentrarse en el de los adultos, más pragmático y racional. La escena final –que no voy a desvelar– es muy esclarecedora».
¿Crees que en los tiempos que corren, un chico de la edad de Roberto en un pueblo con jóvenes de su edad, hubiera reparado en esos chicos, a simple vista pobres y «marginados» socialmente? «Bueno, es verdad que en la adolescencia la influencia del grupo es muy grande, sin embargo no estoy segura del todo, porque Roberto es un chico inteligente, sensible, muy perceptivo y tremendamente testarudo. Todo dependería del grado de satisfacción que le produjeran los otros amigos. Pero sé por dónde vas. Seguro que a este par de hermanos, pobres y abandonados, se les daría de lado en un pueblo del siglo XXI, de igual manera que lo hacían en el siglo XIV. En eso, tristemente, hemos avanzado muy poco».
Entiendo por el argumento que las personas podemos y debemos entendernos aunque uno venga del siglo XIV o uno tenga el mejor coche del mercado. A mí el libro me ha transmitido eso: entender que a veces debemos ser como niños que no tienen prejuicios y para los que el estatus social, el color de la piel o el país del que procedas no tengan importancia. ¿Es esto lo que querías transmitir, o cada uno puede hacer una interpretación libre de la historia?: «Uno de los valores fundamentales que se recogen en esta obra es, precisamente, la amistad entre jóvenes que no tienen casi nada en común, como son Roberto y sus nuevos amigos. Porque, ¿qué puede hacer más diferentes a las personas que el paso del tiempo, con sus cambios de mentalidad y de costumbres? ¿Cómo pueden llegar a entenderse dos muchachos con siete siglos de distancia entre ellos? Sin embargo se buscan y llegan a aceptarse tal como son. Pero en la historia salen a relucir otros valores como el amor entre padres e hijos, la justicia, etc. En mi opinión es una novela con muchas lecturas, aunque para mí lo más importante en esta obra de contrastes es, precisamente, la oposición entre el Bien y el Mal. Ahí está la tesis de la novela. Mi intención fue demostrar que las tragedias que trae consigo la vida se pueden llegar a superar. Lo que no se supera y puede llegar a ser demoledor es el daño que una persona puede provocar a otras».
Sabemos que antiguamente, por la falta de cultura, la gente era llevada a errores tan garrafales como creer que un sordomudo era el mismo diablo. ¿Crees que actualmente, aun habiendo cultura, esta sociedad comete fallos del mismo estilo?: «Si comparamos los logros sociales y de integración actuales con los de siglos pasados, no hay duda de que se ha avanzado mucho. No obstante, yo diría que sí, que seguimos “demonizando” al que tiene una ideología distinta a la nuestra, al que practica otra religión, al que vive en un barrio de chabolas...».

Laura Bolea Fernández, en Revista Cultural 2227 1 (enero de 2010) 16-18.


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