(M. Rincón Álvarez, en La Ciudad de Dios). No tendría sentido que la dilatada y enriquecedora enseñanza pastoral del cardenal Carlo Maria Martini no hubiera sido recogida y estructurada como guía y síntesis de un período tan fructífero de su vida, el que transcurre desde 1980, año en el que fue nombrado arzobispo de Milán, hasta el 2002, tiempo en el que renunció al cargo para trasladarse a Jerusalén y reiniciar una nueva actividad.
Damiano Modena comienza por describir el marco biográfico y teológico que rodea al cardenal Carlo Maria Martini de los primeros tiempos, destacando de él su espiritualidad ignaciana propia de un buen jesuita, para ir adentrándose en su personalidad, a través de las que han sido las cuatro fuentes principales en el magisterio episcopal, a saber, bíblicas, patrísticas, espirituales y teológicas. Continúa investigando sus documentos, discursos y predicaciones, agrupados en torno a otros cuatro asuntos centrales: Dios Trinidad, la Iglesia, la antropología y la doctrina escatológica. Y mediante una serie de reflexiones que se van desgranando de los textos de Martini, se nos va descubriendo su visión coherente y profunda de los problemas del mudo actual.
Nos ha llamado la atención su peculiar concepto de la pedagogía, aquella con la que el cardenal quiere comprometerse. «Personalmente –afirma– soy más de la idea agustiniana: los maestros no son tan necesarios. Incluso una óptima enseñanza teológica produce escaso fruto si no se cuenta con sujetos que pongan en funcionamiento a tope el dinamismo de la inteligencia y no escatimen energías y una dedicación ímproba al estudio». Y es muy crítico con la enseñanza impartida, por lo general, en los seminarios, por su falta de amenidad y rigor, reseñando que a él, personalmente, los maestros que mayor y mejor huella le dejaron fueron, precisamente, aquellos que le ayudaron a elaborar un juicio crítico de las cosas.
Para Martini, los estudios bíblicos y patrísticos, estrechamente interrelacionados entre sí, son y serán en el futuro el mejor asidero donde acudir para superar los desafíos que nos presenta la sociedad actual. Asegura que Ambrosio y Agustín proporcionan argumentos suficientes para lo que él llama conversión intelectual, proceso por el que, inevitablemente, han pasado aquellos que han aprendido a razonar con la propia cabeza, a captar la racionalidad de la fe, a juzgar por sí mismos lo que está bien y lo que está mal.
En otro contexto, el teólogo Karl Rahner abrió a Martini la puerta del gran interrogante de Dios como misterio. Dice, «Dios es el misterio puro y simple». El autor desvela una frase muy sugerente recogida en una conversación familiar entre ambos: «Nosotros, teólogos, hablamos mucho de Dios, pero cada vez que lo hagamos, habremos de admitir que no lo conocemos en su infinita trascendencia. Solamente después de haberlo admitido podremos intentar decir algo de su misterio». Nos parece toda una declaración de profundo calado y de desbordante humildad.
Esa misma humildad es la que el cardenal antepone como requisito de una vida santa, cuando comenta el episodio del lavatorio de los pies (Jn 13,2-9): «Dios sirve al hombre que le es adverso, al hombre que se le opone, y asume para con él una actitud indefensa, humilde, disponible... El servicio es divino; no lo son, en cambio, ni el impartir órdenes ni el ejercicio del poder».
En el apostolado milanés de Martini sobresalió una iniciativa que es mencionada en varios pasajes de este libro; se trata de la llamada Cátedra de los no creyentes. Para él no existe la división entre creyentes y no creyentes, sólo hay seres pensantes o personas que no piensan. Siempre habrá que dialogar con unos y con otros para alcanzar mayor profundidad y conciencia de la propia fe y para considerar siempre abierto y en ebullición el problema de Dios y de la fe cristiana. Sólo se requiere voluntad sincera de confrontación y una actitud de acogida humilde y benévola hacia lo «distinto». «Somos Iglesia para el mundo, estamos llamados a cultivar una mirada amplia, de vastos horizontes, un talante fraterno que nos conduzca a interesarnos por la convivencia y por la sociedad».
Una muestra más de la amplitud de horizontes de Martini es cuando trata el asunto de otras religiones tradicionales, algunas de ellas anteriores incluso a Cristo; antes de la Encarnación, el Verbo ya se ofrecía a la humanidad como luz y sentido de la vida, afirma el prelado, y para ello busca su cita bíblica correspondiente, en Hechos 10,34-35, donde se dice: «Pedro tomó la palabra y dijo: Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación, el que le teme y practica la justicia le es grato». Una vez más, el cardenal encuentra el apoyo del oportuno texto bíblico que soporta su argumentación.
El magisterio teológico, espiritual y pastoral de Martini ha constituido uno de los pilares sólidos en los que se sustenta la Iglesia contemporánea y, aunque sólo fuera por ello, ya resulta interesante este trabajo, excelente síntesis de un pastor que ha sabido poner en concordancia las fuentes bíblicas y patrísticas con los problemas que aquejan al hombre de nuestros días.
M. Rincón Álvarez
La Ciudad de Dios 222 (09/2) 625-626.
Lunes, 13 de febrero
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