(Julián Ruiz Díaz, en El ciervo). Carlo Maria Martini posiblemente sea el cardenal más conspicuo de la Iglesia católica actual, biblista de primerísima fila y papable en el último cónclave. Con franqueza y clarividencia, se somete aquí (Coloquios nocturnos en Jerusalén) a una exhaustiva batería de preguntas de parte de otro jesuita, el austríaco Georg Sporschill, que viene de la pastoral de vanguardia con niños y jóvenes desarraigados. Las preguntas se refieren a asuntos candentes en los que la Iglesia mantiene posturas supuestamente tradicionales que chocan con conductas más o menos en boga en la sociedad moderna. Se trata de doctrinas que representan un cristianismo cada día más desprestigiado, menos atractivo, incluso extravagante para una inmensa mayoría de la población. Según el cardenal, en dichas doctrinas caben matices y, en algunos casos, son doctrinas teóricamente revisables. El libro recupera un viejo modo (Platón, Galileo, Hume) de enseñar y transmitir el propio pensamiento dialogando.
Si el jesuita que pregunta no se muerde la lengua, el que responde tampoco, ni recurre a los consabidos tópicos. Es evidente que el cardenal, que a sus 80 años vive retirado en el Instituto Bíblico de Jerusalén, se encuentra a gusto en el coloquio montado ad hoc, haciéndonos recordar el que ya mantuvo con Umberto Eco y del que salió el bello librito ¿En qué creen los que no creen? (1999). Una vez más practica la convicción de que es bueno dejarse cuestionar y también dejarse enseñar por lo que piensan y viven los no creyentes, sobre todo cuando éstos son bautizados que han dejado la fe cristiana.
No se trata de un acicalamiento meramente acomodaticio y frívolo de una Iglesia rancia, aparatosa, quejumbrosa y malcarada con la modernidad, sino de una transformación en profundidad. Desde la referencia originaria de Jerusalén, manantial y faro de donde nos llega el mensaje inmarcesible de Jesús, hay que salir al encuentro con los hombres y mujeres que viven en las metrópolis agitadas y populosas actuales, por ejemplo, Nueva York, París, Milán, Barcelona, Madrid y en otras no tan gigantescas, pero con similares características socioculturales.
He aquí el problema: por un lado, la condición trascendente del hombre es indestructible y, por otro, el mensaje de Jesús sigue vivo y significativo. Pero he aquí que la aparatosidad, el envoltorio, los acentos y las preferencias que priman en la Iglesia oficial importan cada vez menos al hombre común de nuestro tiempo. El que esta Iglesia eche la culpa de la falta de sintonía y de interés por lo cristiano a la frivolidad, enajenación y neopaganismo de la humanidad es empecinarse en el enrocamiento reaccionario e impertinente que hace más flagrante su impotencia para aportar alguna salida del estado pecaminoso supuestamente insólito en el que se encuentra el mundo. Un mundo en el que también hay fuerzas de amor, de libertad, de justicia.
Con tanta sencillez de discurso como profundidad en la comprensión del mensaje cristiano original, el que fuera obispo de la diócesis más grande del mundo –Milán– y profesor de exégesis en la Universidad Gregoriana de Roma sabe mirar de cara, por ejemplo, la realidad política, el deterioro climático, la sexualidad, la condición femenina, la laicidad, el espíritu científico. Una cosa queda clara: una mejor información bíblica, histórica, psicológica y antropológica permiten intentar planteamientos y análisis más esperanzadores, al tiempo que más realistas.
Julián Ruiz Díaz
Revista El Ciervo 695 (febrero de 2009)
Sábado, 2 de junio
Editorial San Pablo
Orlando Carmona
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
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Francisco Margallo
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