Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Resurrección: Jesús, el Señor

03.04.10 | 20:25. Archivado en Tiempos Fuertes, Semana Santa


El centurión romano reconoció a Jesús como Hijo de Dios cuando murió en la Cruz y las tinieblas envolvieron la tierra. Precisó de signos claros para reconocerle. Le había visto, seguramente hasta el momento, sufrir el juicio, la flagelación, las vejaciones, la crucifixión... pero no había bastado.

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¿Se condenó Judas? (II)

30.03.10 | 21:01. Archivado en Tiempos Fuertes, Semana Santa

Por otro lado, los evangelios, sobre todo Juan, nos presentan a Judas como alguien que ya mantiene una actitud, digámoslo así, de pecado. En el Evangelio de ayer podíamos leer que se quedaba con lo recogido en la bolsa (Jn 12). Y, más tarde, leíamos hoy en Misa, entrega a Jesús cuando Éste le da de comulgar (Jn 13): el diablo entró en él, y "era de noche". Es decir, Judas personifica y condensa la actitud opuesta del mundo a Dios. En él se canaliza "la hora de las tinieblas", alcanzando su esplendor en el apresamiento, torturas, condena y Crucifixión del Hijo de Dios.

Y es precisamente la Crucifixión la que nos da respuesta a la pregunta planteada. Nos recuerda Francisco que somos nosotros los que crucificamos y seguimos crucificando a Jesús con nuestros "vicios y pecados". Por tanto, no somos distintos ni mejores que los fariseos, los sumos sacerdotes, Pilato, los soldados del templo, o Judas. Estamos todos "metidos en el ajo". Jesús murió por los pecados de todos, por los que ya hemos cometido y por los que seguimos cometiendo. Si tuviéramos presente que cada pecado nuestro mete los clavos un poco más en la carne de Jesús, nos lo pensaríamos dos veces. Y la carga que soportó es infinitamente pesada. Sólo un Amor Total y Eterno como el suyo podía soportarlo y, lo que es más, querer soportarlo, tomando la iniciativa, saliéndonos al encuentro.

En definitiva, que cada cual piense lo que quiera. Porque si la salvación o no de Judas no es en sí mismo un tema acuciante, sí lo es la verdad que ilustra. Yo no sé si se condenó o no. Tiendo a pensar que pudo salvarse, sólo Dios lo sabe, y por ahí me inclino más. Una persona que se desespera es porque se ha arrepentido. Ahora bien, lo que no le cambiaría a Judas es el encontrarse solo, sin perdón, sin saber qué hacer ni a quién acudir, abocado sólo a su propia muerte, humillante y terrible por demás. No somos nadie para decir que se condenó, puesto que todos pecamos, y, como recuerda San Pedro "cargado con NUESTROS pecados, subió al leño". Decir que Judas era pecador, es olvidar que nosotros lo somos también, y que le seguimos entregando con nuestras infidelidades. No podemos juzgar. Como mucho, dejarlo en manos de Dios y tomar buena nota, ahora que vamos a entrar de lleno en la Celebración de la Pasión del Señor.

Pace Bene.


¿Se condenó Judas? (I)

29.03.10 | 20:31. Archivado en Tiempos Fuertes, Semana Santa

Es una de las preguntas que, sobre todo en la piedad popular, adquiere una más pronta respuesta. La mayoría apuesta por el "sí", juzgando así a una persona que, por extraño que pueda parecer, cumplió con su papel.

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Kyrios vs. Ecce Homo

28.03.10 | 19:54. Archivado en Tiempos Fuertes, Semana Santa

El Evangelio que hemos leído hoy en Misa de Ramos, el que precede a la Procesión, nos recuerda cómo Jesús fue aclamado por los discípulos (en general, no sólo los Apóstoles). Fue entronizado, se le proclamó Rey, en la línea davídica.

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Que sean uno

09.04.09 | 22:21. Archivado en Tiempos Fuertes, Semana Santa

En la Celebración del Oficio de Jueves Santo, después de comulgar, he podido meditar lo que significa la Eucaristía para nosotros, y cómo da cumplimiento a los deseos y Palabras de Jesús.

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Pasión-Eucaristía

07.04.09 | 15:31. Archivado en Tiempos Fuertes, Semana Santa


...aquella misma mañana vio bajar del cielo un serafín con seis alas de fuego resplandecientes. El serafín se acercó a San Francisco en raudo vuelo tan próximo, que él podía observarlo bien: vio claramente que presentaba la imagen de un hombre crucificado y que las alas estaban dispuestas de tal manera, que dos de ellas se extendían sobre la cabeza, dos se desplegaban para volar y las otras dos cubrían todo el cuerpo.

Ante tal visión, San Francisco quedó fuertemente turbado, al mismo tiempo que lleno de alegría, mezclada de dolor y de admiración. Sentía grandísima alegría ante el gracioso aspecto de Cristo, que se le aparecía con tanta familiaridad y que le miraba tan amorosamente; pero, por otro lado, al verlo clavado en la cruz, experimentaba desmedido dolor de compasión. Luego, no cabía de admiración ante una visión tan estupenda e insólita, pues sabía muy bien que la debilidad de la pasión no dice bien con la inmortalidad de un espíritu seráfico. Absorto en esta admiración, le reveló el que se le aparecía que, por disposición divina, le era mostrada la visión en aquella forma para que entendiese que no por martirio corporal, sino por incendio espiritual, había de quedar él totalmente transformado en expresa semejanza de Cristo crucificado (4).

Durante esta admirable aparición parecía que todo el monte Alverna estuviera ardiendo entre llamas resplandecientes, que iluminaban todos los montes y los valles del contorno como si el sol brillara sobre la tierra. Así, los pastores que velaban en aquella comarca, al ver el monte en llamas y semejante resplandor en torno, tuvieron muchísimo miedo, como ellos lo refirieron después a los hermanos, y afirmaban que aquella llama había permanecido sobre el monte Alverna una hora o más. Asimismo, al resplandor de esa luz, que penetraba por las ventanas de las casas de la comarca, algunos arrieros que iban a la Romaña se levantaron, creyendo que ya había salido el sol, ensillaron y cargaron sus bestias, y, cuando ya iban de camino, vieron que desaparecía dicha luz y nacía el sol natural.

En esa aparición seráfica, Cristo, que era quien se aparecía, habló a San Francisco de ciertas cosas secretas y sublimes, que San Francisco jamás quiso manifestar a nadie en vida, pero después de su muerte las reveló, como se verá más adelante. Y las palabras fueron éstas:

-- ¿Sabes tú -dijo Cristo- lo que yo he hecho? Te he hecho el don de las llagas, que son las señales de mi pasión, para que tú seas mi portaestandarte (5). Y así como yo el día de mi muerte bajé al limbo y saqué de él a todas las almas que encontré allí en virtud de estas mis llagas, de la misma manera te concedo que cada año, el día de tu muerte, vayas al purgatorio y saques de él, por la virtud de tus llagas, a todas las almas que encuentres allí de tus tres Ordenes, o sea, de los menores, de las monjas y de los continentes (6), y también las de otros que hayan sido muy devotos tuyos, y las lleves a la gloria del paraíso, a fin de que seas conforme a mí en la muerte como lo has sido en la vida.

Cuando desapareció esta visión admirable, después de largo espacio de tiempo y de secreto coloquio, dejó en el corazón de San Francisco un ardor desbordante y una llama de amor divino, y en su carne, la maravillosa imagen y huella de la pasión de Cristo. Porque al punto comenzaron a aparecer en las manos y en los pies de San Francisco las señales de los clavos, de la misma manera que él las había visto en el cuerpo de Jesús crucificado, que se le apareció bajo la figura de un serafín. Sus manos y sus pies aparecían, en efecto, clavados en la mitad con clavos, cuyas cabezas, sobresaliendo de la piel, se hallaban en las palmas de las manos y en los empeines de los pies, y cuyas puntas asomaban en el dorso de las manos y en las plantas de los pies, retorcidas y remachadas de tal forma, que por debajo del remache, que sobresalía todo de la carne, se hubiera podido introducir fácilmente el dedo de la mano, como en un anillo. Las cabezas de los clavos eran redondas y negras.

Asimismo, en el costado derecho aparecía una herida de lanza, sin cicatrizar, roja y ensangrentada, que más tarde echaba con frecuencia sangre del santo pecho de San Francisco, ensangrentándole la túnica y los calzones. Lo advirtieron los compañeros antes de saberlo de él mismo, observando cómo no descubría las manos ni los pies y que no podía asentar en tierra las plantas de los pies, y cuando, al lavarle la túnica y los calzones, los hallaban ensangrentados; llegaron, pues, a convencerse de que en las manos, en los pies y en el costado llevaba claramente impresa la imagen y la semejanza de Cristo crucificado.

Es un buen texto para meditar esta Semana Santa, en que recordamos cómo nuestro Amado Jesucristo sufrió por nosotros. ¿Qué mayor deseo podemos tener que no sea ser como Él? Francisco fue otro Cristo, el mismo Cristo, han señalado ya algunos. Fue un Don, pero todos estamos llamados a ser como Nuestro Señor Jesucristo, "el cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: "Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros". Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo: "Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía".


Viernes, 28 de julio

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