Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Gracias a Dios por San Francisco de Asís

04.10.10 | 15:49. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías

francesco

Bendice la ciudad de Asís mientras es llevado a la Porciúncula

El bienaventurado Francisco permanecía todavía en el mismo palacio; pero, viendo que su mal empeoraba de día en día, hizo que le llevasen en camilla a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, pues no podía ir a caballo, ya que se había agravado su enfermedad.

Al pasar junto al hospital, pidió a los que lo llevaban que dejaran la camilla en el suelo; y como, a consecuencia de la gravísima y larga enfermedad de los ojos, apenas podía ver, pidió que le giraran la camilla de suerte que quedara con el rostro vuelto a la ciudad de Asís. Enderezándose un poco, bendijo la ciudad, diciendo: «Señor, creo que esta ciudad fue en tiempos antiguos morada y refugio de hombres malos e injustos, mal vistos en todas estas provincias; pero veo que, por tu misericordia sobreabundante, cuando tú has querido, le has manifestado las riquezas de tu amor, para que ella sea estancia y habitación de quienes te conozcan, den gloria a tu nombre y difundan en todo el pueblo cristiano el perfume de una vida pura, de una doctrina ortodoxa y de una buena reputación. Te pido, por tanto, Señor Jesucristo, Padre de las misericordias, que no tengas en cuenta nuestra ingratitud, sino que recuerdes siempre la abundante misericordia que has mostrado en esta ciudad, para que ella sea siempre morada y estancia de quienes te conozcan y glorifiquen tu nombre bendito y glorioso en los siglos de los siglos. Amén». Acabada esta plegaria, le llevaron a Santa María de la Porciúncula.

(LP 5).

Y allí, en el mismo lugar donde había comenzado, Francisco volvió al Padre. Ya compartimos ayer el Tránsito, la escena de su paso al Cielo. Hoy, no nos queda sino celebrar, con gozo, que el Señor nos concediera el Don de Francisco, su Presencia, su Testimonio, su Amor incondicional a Jesús Crucificado, su entrega fraternal a sus hermanos y a la Creación, que consideraba, simple y llanamente, hermana.

Dar Gracias a Dios por el Don de un hombre que iluminó el mundo dándonos a conocer lo profundo de la vida divina, conocimiento adquirido no en la Teología sino en la experiencia, en el Encuentro con quien se da a quienes lo buscan.

Me uno a la Acción de Gracias de un hermano:

Gracias, Padre, por el Don de Francisco.

Pace Bene.


Francisco de Asís: su Muerte, Liturgia Celeste.

03.10.10 | 20:15. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías

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Había descansado ya unos pocos días en aquel lugar, para él tan querido; conociendo que la muerte estaba muy cercana, llamó a dos hermanos e hijos suyos preferidos y les mandó que, espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la vida que era tan inminente. Y él entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: Con mi voz clamé al Señor, con mi voz imploré piedad del Señor (Sal 141). Entre los presentes había un hermano a quien el Santo amaba con un afecto muy distinguido; era él muy solícito de todos los hermanos; viendo este hecho y sabedor del próximo desenlace de la vida del Santo, le dijo: «¡Padre bondadoso, mira que los hijos quedan ya sin padre y se ven privados de la verdadera luz de sus ojos! Acuérdate de los huérfanos que abandonas y, perdonadas todas sus culpas, alegra con tu santa bendición tanto a los presentes cuanto a los ausentes».

«Hijo mío -respondió el Santo-, Dios me llama. A mis hermanos, tanto a los ausentes como a los presentes, les perdono todas las ofensas y culpas y, en cuanto yo puedo, los absuelvo; cuando les comuniques estas cosas, bendícelos a todos en mi nombre».

Mandó luego que le trajesen el códice de los evangelios y pidió que se le leyera el evangelio de San Juan desde aquellas palabras: Seis días antes de la Pascua, sabiendo Jesús que le era llegada la hora de pasar de este mundo al Padre... (Jn 12,1 y 13,1). Era el mismo texto evangélico que el ministro había preparado para leérselo antes de haber recibido mandato alguno; fue también el que salió al abrir por primera vez el libro, siendo así que dicho volumen, del que tenía que leer el evangelio, contenía la Biblia íntegra. Ordenó luego que le pusieran un cilicio y que esparcieran ceniza sobre él, ya que dentro de poco sería tierra y ceniza.

Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del Santo, se desprendió de la carne aquella alma santísima, y, sumergida en un abismo de luz, el cuerpo se durmió en el Señor. Uno de sus hermanos y discípulos -bien conocido por su fama y cuyo nombre opino se ha de callar, pues, viviendo aún entre nosotros, no quiere gloriarse de tan singular gracia- vio cómo el alma del santísimo Padre subía entre muchas aguas derecha al cielo. Era como una estrella, parecida en tamaño a la luna, fúlgida como el sol, llevada en una blanca nubecilla.

(1 Cel 109-110).

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Noche oscura de San Francisco. "Salmo", de Ángelo Branduardi.

10.06.10 | 15:32. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías


Giorno e notte ho gridato,
Giorno e notte ti ho cercato,
ora guardami, soccorrimi,
che nessuno più mi aiuta.
Nella mia umiliazione,
la mia immensa confusione,
chi con me si rattristasse
invano io cercai,
senza trovare
Io, straniero ai miei fratelli,
pellegrino per mia madre,
ho guardato
ma non cera chi potesse
consolarmi
tu conosci i miei sentieri,
ora veglia in mia difesa,
sono stato calpestato,
che il tuo aiuto
non mi manchi
La mia voce ha gridato,
la mia voce ha supplicato,
nella polvere giacevo
ma tu hai preso la mia mano,
mio Signore!


Un año más. Jesús sigue trabajando

31.12.09 | 18:58. Archivado en San Francisco de Asís

"Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo". [...] Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios. Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis.

Así, en el capítulo 5 de Juan, y en medio de una polémica con los judíos, se nos muestra una declaración de Jesús que no puede pasarnos desapercibida, ahora que acabamos un año, un periodo más de nuestras vidas.

Jesús sigue trabajando, y el Padre también. Ambos siguen, por el Espíritu, la tarea que iniciaron con la Creación, cuando dieron a luz el tiempo y el mundo. El Engendrar y Ser Engendrado, Misiones propias del Padre y del Hijo por el Espíritu, continuan, y lo harán por toda la eternidad. Sólo nos queda a nosotros, pobres criaturas, tratar de incorporarnos a esta realidad divina de la que, por otra parte, Jesús quiso hacernos partícipes cuando, en Jn 17, dice: "porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado". Que este año que empieza sepamos, como Francisco, discernir lo que es de Dios e, imitando sus actitudes, viviendo como Él - como pide también Juan en su Primera Carta -, sepamos dar testimonio de que el mundo pasa, pero Él ES ETERNO. ¡FELIZ AÑO 2.010!

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén.

(Cta O, 50-52).


Cristo en el Corazón (I).

30.12.09 | 15:45. Archivado en San Francisco de Asís

A los pocos días, cuando se paseaba junto a la iglesia de San Damián, percibió en espíritu que le decían que entrara a orar en ella. Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así: «Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala». Y él, con gran temblor y estupor, contestó: «De muy buena gana lo haré, Señor». Entendió que se le hablaba de aquella iglesia de San Damián, que, por su vetusta antigüedad, amenazaba inminente ruina. Con estas palabras fue lleno de tan gran gozo e iluminado de tanta claridad, que sintió realmente en su alma que había sido Cristo crucificado el que le había hablado. Saliendo de la iglesia, encontró a un sacerdote sentado junto a ella, y, metiendo la mano en su bolsa, le ofreció cierta cantidad de dinero, diciéndole: «Te ruego, señor, que compres aceite y cuides de que luzca continuamente una lámpara ante este crucifijo. Y, cuando se acabe este dinero, yo te daré de nuevo lo que fuere necesario para lo mismo». Desde aquel momento quedó su corazón llagado y derretido de amor ante el recuerdo de la Pasión del Señor Jesús, de modo que mientras vivió llevó en su corazón las llagas del Señor Jesús, como después apareció con toda claridad en la renovación de las mismas llagas admirablemente impresas en su cuerpo y comprobadas con absoluta certeza.

(TC 13-14).

Ya cambiado perfectamente en su corazón, a punto de cambiar también en su cuerpo, anda un día cerca de la iglesia de San Damián, que estaba casi derruida y abandonada de todos. Entra en ella, guiándole el Espíritu, a orar, se postra suplicante y devoto ante el crucifijo, y, visitado con toques no acostumbrados en el alma, se reconoce luego distinto de cuando había entrado. Y en este trance, la imagen de Cristo crucificado -cosa nunca oída-, desplegando los labios, habla desde el cuadro a Francisco. Llamándolo por su nombre: «Francisco -le dice-, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo». Presa de temblor, Francisco se pasma y como que pierde el sentido por lo que ha oído. Se apronta a obedecer, se reconcentra todo él en la orden recibida. Pero... nos es mejor callar, pues experimentó tan inefable cambio, que ni él mismo ha acertado a describirlo. Desde entonces se le clava en el alma santa la compasión por el Crucificado, y, como puede creerse piadosamente, se le imprimen profundamente en el corazón, bien que no todavía en la carne, las venerandas llagas de la Pasión.

(2 Cel 10).

No es de extrañar, pues, la Noche de Greccio, en que Francisco sentía derretírsele el corazón, y en la que el Niño Jesús se hizo visiblemente presente. Desde la alocución de San Damián, casi veinte años antes, Francisco tenía el corazón llagado, y el alma traspasada de Amor Compasivo por Jesús Crucificado.

El encuentro en aquella iglesita derruida tuvo que ser, pues, tan profundo e íntimo, que la figura del Crucificado no se borró jamás de los afectos y del recuerdo del Poverello. Podríamos decir que el Espíritu abrasó y traspasó el corazón de Francisco. Todo lo demás, y lo sucedido en Greccio después, sería consecuencia de este Amor del santo de Asís para con Jesús, que tanto se da y tanto se nos ha dado.


La Oración de Francisco, según Celano.

04.11.09 | 15:35. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías

Os dejo hoy este texto de 2Cel 94-95, para reflexión y enriquecimiento espiritual sobre la oración de Francisco. Mañana lo comentamos. Pace Bene.

El tiempo, el lugar y el fervor de su oración.

94. El varón de Dios Francisco, ausente del Señor en el cuerpo, se esforzaba por estar presente en el espíritu en el cielo; y al que se había hecho ya conciudadano de los ángeles, le separaba sólo el muro de la carne. Con toda el alma anhelaba con ansia a su Cristo; a éste se consagraba todo él, no sólo en el corazón, sino en el cuerpo.

Como testigos presenciales y en cuanto es posible comunicar esto a los humanos, relatamos las maravillas de su oración, para que las imiten los que han de venir.

Convertía todo su tiempo en ocio santo, para que la sabiduría le fuera penetrando en el alma, pareciéndole retroceder si no veía que adelantaba a cada paso. Si sobrevenían visitas de seglares u otros quehaceres, corría de nuevo al recogimiento, interrumpiéndolos sin esperar a que terminasen. El mundo ya no tenía goces para él, sustentado con las dulzuras del cielo; y los placeres de Dios lo habían hecho demasiado delicado para gozar con los groseros placeres de los hombres.

Buscaba siempre lugares escondidos, donde no sólo en el espíritu, sino en cada uno de los miembros, pudiera adherirse por entero a Dios. Cuando, estando en público, se sentía de pronto afectado por visitas del Señor, para no estar ni entonces fuera de la celda hacía de su manto una celdilla; a veces -cuando no llevaba el manto- cubría la cara con la manga para no poner de manifiesto el maná escondido. Siempre encontraba manera de ocultarse a la mirada de los presentes, para que no se dieran cuenta de los toques del Esposo, hasta el punto de orar entre muchos sin que lo advirtieran en la estrechez de la nave. En fin, cuando no podía hacer nada de esto, hacía de su corazón un templo. Enajenado, desaparecía todo carraspeo, todo gemido; absorto en Dios, toda señal de disnea, todo visaje.

95. Esto en casa. Pero, cuando oraba en selvas y soledades, llenaba de gemidos los bosques, bañaba el suelo en lágrimas, se golpeaba el pecho con la mano, y allí -como quien ha encontrado un santuario más recóndito (cf. 2 Cel 52)- hablaba muchas veces con su Señor. Allí respondía al Juez, oraba al Padre, conversaba con el Amigo, se deleitaba con el Esposo. Y, en efecto, para convertir en formas múltiples de holocausto las intimidades todas más ricas de su corazón, reducía a suma simplicidad lo que a los ojos se presentaba múltiple. Rumiaba muchas veces en su interior sin mover los labios, e, interiorizando todo lo externo, elevaba su espíritu a los cielos. Así, hecho todo él no ya sólo orante, sino oración, enderezaba todo en él -mirada interior y afectos- hacia lo único que buscaba en el Señor.

Y ¿acertarías tú a imaginar de cuánta dulzura estaba transido quien así estaba habituado? Él sí lo supo; yo no sé otra cosa si no es admirar. Lo sabrá el que lo experimenta; no se les da el saber a los inexpertos. Inflamado así el espíritu que bullía de fervor, bien sea en su aspecto exterior, bien en su alma toda entera derretida, moraba ya en la suprema asamblea del reino celeste.

El bienaventurado Padre no desatendía por negligencia ninguna visita del Espíritu; si se le ofrecía, respondía al regalo y saboreaba la dulzura así puesta delante por todo el tiempo que permitía el Señor. Aun cuando le apremiase algún asunto o se encontrase de viaje, al notar en lo profundo de grado en grado ciertos toques de la gracia, gustaba aquel maná dulcísimo reiterada y frecuentemente. Y en efecto: hasta de camino, dejando que se adelantasen los compañeros, se detenía él, y, quedándose a saborear la nueva iluminación, no recibía en vano la gracia.


Triduo a San Francisco (III): Hombre del Paraíso, el Tránsito.

04.10.09 | 17:48. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías

Ayer, por motivos técnicos, no pude postear sobre el Tránsito de Francisco, que es lo que me hubiera gustado. Pero hoy no perderé la ocasión, en el día en que estamos de fiesta los hijos de Francisco.

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Triduo a San Francisco (II): Padre y Madre de Tres Órdenes.

02.10.09 | 19:47. Archivado en San Francisco de Asís, Actualidad, Biografías

Cuando el bienaventurado Francisco acabó la obra de la iglesia de San Damián, vestía hábito de ermitaño, llevaba bastón y calzado y se ceñía con una correa. Habiendo escuchado un día en la celebración de la misa lo que dice Cristo a sus discípulos cuando los envía a predicar, es a saber, que no lleven para el camino ni oro ni plata, ni alforja o zurrón, ni pan ni bastón, y que no usen calzado ni dos túnicas; y como comprendiera esto más claro por la explicación del sacerdote, dijo transportado de indecible júbilo: «Esto es lo que ansío cumplir con todas mis fuerzas».
Y, grabadas en la memoria cuantas cosas había escuchado, se esforzó en cumplirlas con alegría: se despojó al momento de los objetos duplicados y no usó en adelante de bastón, calzado, zurrón o alforja; y, haciéndose él una túnica muy basta y rústica, abandonó la correa y se ciñó con una cuerda. Adhiriéndose de todo corazón a las palabras de nueva gracia y pensando en cómo llevarlas a la practica, empezó, por impulso divino, a anunciar la perfección del Evangelio y a predicar en público con sencillez la penitencia. Sus palabras no eran vanas ni de risa, sino llenas de la virtud del Espíritu Santo, que penetraban hasta lo más hondo del corazón y con vehemencia sumían a los oyentes en estupor.

(TC 25).

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Triduo a San Francisco (I): Conversión.

01.10.09 | 15:57. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías

El Domingo celebramos la Fiesta de San Francisco, y no quería desaprovechar la ocasión de recordar, a modo de Triduo, tres etapas distintas de su vida, que conforman, al final, la figura espiritualmente gigante pero humilde que veneramos y queremos: su conversión, la fundación de las Tres Órdenes y su vida después de la estigmatización en la Verna.

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14 de Septiembre: Consagración

14.09.09 | 19:49. Archivado en San Francisco de Asís

Hoy, la familia franciscana está de fiesta. Recordamos que tal día como hoy de 1.224, Francisco recibió los estigmas en la Verna, un monte ubicado en la diócesis de Arezzo, en la Toscana. Dicho monte lo recibió como regalo del Conde Orlando de Chiusi, una vez que éste lo hubo oido predicar y, quedándole agradecido por las palabras de salvación que le había transmitido, a la vez que admirándole a él y a la Orden, decidió hacerle tal presente.

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Y Francisco bendijo Assisi

27.07.09 | 15:37. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías

Cómo bendijo a la ciudad de Asís cuando era llevado a morir a Santa María.

Certificado el Padre santísimo, tanto por el Espíritu Santo como por dictamen de los médicos, de la inminencia de la muerte, estando todavía en dicho palacio y sintiéndose cada vez más abrumado y falto de fuerzas, dispuso que lo trasladaran en una camilla a Santa María de la Porciúncula, porque anhelaba acabar su vida allí donde había empezado a experimentar la luz y la vida del alma.

Cuando llegaron al hospital, situado a la mitad del camino entre Asís y Santa María, dijo a los que lo llevaban que dejaran las parihuelas en el suelo. Como, debido a su prolongada y grave enfermedad de los ojos, apenas veía nada, hizo que le volvieran de forma que tuviera el rostro mirando hacia la ciudad de Asís.

Entonces, incorporándose un poco, dio la bendición a la ciudad, diciendo: «Señor, como, según creo, esta ciudad fue en la antigüedad lugar y refugio de hombres malvados, así veo que, cuando has querido, por tu mucha misericordia has manifestado en ella de forma singular la abundancia de tus bondades y que por tu sola bondad la has elegido para que sea lugar y morada de los que te conozcan de verdad y den gloria a tu santo nombre y ofrezcan a todo el pueblo cristiano olor de buena fama, de vida santa, de la doctrina verdadera y de la perfección evangélica. Te ruego, pues, Señor mío Jesucristo, Padre de toda misericordia (cf. LP 5 n. 3), que no te acuerdes de nuestras ingratitudes, sino ten presente la inagotable clemencia que has manifestado en ella, para que sea siempre lugar y morada de los que de veras te conozcan y glorifiquen tu nombre, bendito y gloriosísimo, por los siglos de los siglos. Amén».

Dichas estas palabras, lo llevaron a Santa María. Cumplidos los cuarenta años de edad y los veinte de su admirable penitencia, el día 4 de octubre del año del Señor 1226 (9) voló al encuentro de nuestro Señor Jesucristo, a quien amó de todo corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con vivísimo anhelo y afecto; a Él siguió perfectísimamente, tras Él corrió velozmente y, por fin, gloriosísimamente llegó a Él, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

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Amar la Cruz.

28.04.09 | 15:53. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías

En Florecillas 24 leemos cómo Francisco fue a predicar la Fe Cristiana al Sultán de Babilonia. Es de admirar no sólo su celo apostólico y sus ansias de martirio.

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