El bienaventurado Padre, en cierto modo identificado con los santos hermanos por el amor ardiente y el celo fervoroso con que buscaba la perfección de los mismos, pensaba muchas veces para sus adentros en las condiciones y virtudes que debería reunir un buen hermano menor. Y decía que sería buen hermano menor aquel que conjuntara la vida y cualidades de estos santos hermanos, a saber:
- la fe del hermano Bernardo, que con el amor a la pobreza la poseyó en grado perfecto.
- la sencillez y pureza del hermano León, que fue varón de altísima pureza.
- la cortesía del hermano Ángel, que fue el primer caballero que vino a la Orden y estuvo adornado de toda cortesía y benignidad.
- la presencia agradable y el porte natural, junto con la conversación elegante y devota, del hermano Maseo.
- la elevación de alma por la contemplación, que el hermano Gil tuvo en sumo grado.
- la virtuosa y continua oración del hermano Rufino, que oraba siempre sin interrupción, pues, aun durmiendo o haciendo algo, estaba siempre con su mente fija en el Señor.
- la paciencia del hermano Junípero, que llegó al grado perfecto de paciencia por el perfecto conocimiento de su propia vileza, que tenía siempre ante sus ojos, y por el supremo deseo de imitar a Cristo en el camino de la Cruz.
- la fortaleza corporal y espiritual del hermano Juan de Lodi, que en su tiempo fue el más fuerte de todos los hombres.
- la caridad del hermano Rogerio, cuya vida toda y comportamiento estaban saturados en fervor de caridad.
- la solicitud del hermano Lúcido, que fue en ella incansable; no quería estar ni por un mes en el mismo lugar, pues, cuando le iba gustando estar en él, luego salía, diciendo: «No tenemos aquí la morada, sino en el cielo».
Oración, Caridad, Paciencia, Fortaleza, Solicitud, Presencia agradable, Cortesía, Sencillez, Pureza, Fe... Cada una de estas virtudes, poseída de forma destacada por cada uno de los hermanos, contituyen para Francisco un cuerpo, un todo.
Ya en el Saludo a las Virtudes las va desgranando, y dice expresamente que "quien posee una, las posee todas". Es decir, que cada virtud hermana con Cristo y, por tanto, si una te hermana, las posees todas. Otra cosa es que las virtudes las tengamos en un plano meramente humano, psicológico. Entonces aparecen como urgidas a desarrollarse espiritualmente. Dicho de otra manera, Dios quiere que lo que tengamos de bueno lo orientemos a su Amor, a su Servicio y al de los hermanos. De lo contrario, podrían ser causa de vanidad. Quedarían por tanto a nuestro servicio propio, por mucho que quizás otros se beneficiarían, pero no las pondríamos de veras a su servicio.
Así, Francisco no desgrana personalidades. Sólo medita y piensa cómo podemos nosotros, los consagrados, hacernos de veras de Dios, potenciando lo que, por naturaleza y Don de Dios, nos hace mejores, nos impulsa por si mismo al bien.
...les hablaba no como juez, sino como padre misericordioso con sus hijos, como buen médico con los enfermos, enfermando con los enfermos y afligido con los atribulados. Sin embargo, corregía en la debida forma a los delincuentes y reprimía con el merecido castigo a los contumaces y rebeldes.
Acabado el capítulo, daba la bendición a los hermanos y destinaba a cada uno a su provincia. A los que tenían espíritu de Dios y la conveniente elocuencia, fueran clérigos o laicos, les daba licencia para predicar. Una vez recibida su bendición, marchaban con gran alegría por el mundo como peregrinos y forasteros, sin llevar otra cosa para el camino que los libros para rezar las horas. Dondequiera que encontraran algún sacerdote, rico o pobre, bueno o malo, le hacían humilde reverencia con inclinación de cabeza. Y, cuando llegaba la hora de hospedarse, de mejor gana se quedaban en casa de sacerdotes que de seglares.
Es muy fácil coger la Historia y tratar de desmontarla, o cambiarle la cara en favor de los propios sentimientos o intereses. Lo que ocurre es que con frecuencia con tales maniobras sus autores enseñan los pies, como decimos vulgarmente.
Este título tan asombroso me encontré ayer, mientras navegaba por los mares de la Red de Redes, encabezando un pintoresco a la vez que feminista artículo.
A todos los "podestà" y cónsules, jueces y gobernantes de toda la tierra y a todos los demás a quienes lleguen estas letras, el hermano Francisco, vuestro pequeñuelo y despreciable siervo en el Señor Dios, os desea a todos vosotros salud y paz.
Considerad y ved que el día de la muerte se aproxima. Os ruego, por tanto, con la reverencia que puedo, que no echéis en olvido al Señor ni os apartéis de sus mandamientos a causa de los cuidados y preocupaciones de este siglo que tenéis, porque todos aquellos que lo echan al olvido y se apartan de sus mandamientos, son malditos, y serán echados por él al olvido. Y cuando llegue el día de la muerte, todo lo que creían tener, se les quitará. Y cuanto más sabios y poderosos hayan sido en este siglo, tanto mayores tormentos sufrirán en el infierno. Por lo que os aconsejo firmemente, como a señores míos, que, habiendo pospuesto todo cuidado y preocupación, recibáis benignamente el santísimo cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo en santa memoria suya. Y tributad al Señor tanto honor en medio del pueblo que os ha sido encomendado, que cada tarde se anuncie por medio de pregonero o por medio de otra señal, que se rindan alabanzas y gracias por el pueblo entero al Señor Dios omnipotente. Y si no hacéis esto, sabed que tendréis que dar cuenta ante el Señor Dios vuestro, Jesucristo, en el día del juicio.
Los que guarden consigo este escrito y lo observen, sepan que son benditos del Señor Dios.
Después del post de "protesta" de ayer, os dejo el final de la película "Francesco", mucho más edificante y consolador. Francisco vivió el verdadero Amor Trinitario, que se marcó en sus carnes. Ah! no me he olvidado de la Eucaristía. Pace Bene!!
Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.
Después de haber compuesto el bienaventurado Francisco las predichas alabanzas de las creaturas que llamó Cántico del hermano sol, aconteció que se originó grave discordia entre el obispo y el podestà de la ciudad de Asís. El obispo excomulgó al podestà, y éste mandó pregonar que ninguno presumiera vender ni comprar nada al obispo, ni celebrar ningún contrato con él.
El bienaventurado Francisco que oyó esto estando muy enfermo, tuvo gran compasión de ellos, y más todavía porque nadie trataba de restablecer la paz. Y dijo a sus compañeros: «Es para nosotros, siervos de Dios, profunda vergüenza que el obispo y el podestà se odien mutuamente y que ninguno intente crear la paz entre ellos». Y al instante, y con esta ocasión, compuso y añadió estos versos a las alabanzas sobredichas:
«Loado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,
pues por ti, Altísimo, coronados serán».
Llamó luego a uno de sus compañeros y le dijo: «Vete al podestà y dile de mi parte que tenga a bien presentarse en el obispado con los magnates de la ciudad y con cuantos ciudadanos pueda llevar».
Cuando salió el hermano con el recado, dijo a otros dos compañeros: «Id y cantad ante el obispo, el podestà y cuantos estén con ellos el Cántico del hermano sol. Confío en que el Señor humillará los corazones de los desavenidos, y volverán a amarse y a tener amistad como antes».
Reunidos todos en la plaza del claustro episcopal, se adelantaron los dos hermanos, y uno de ellos dijo: «El bienaventurado Francisco ha compuesto durante su enfermedad unas alabanzas del Señor por sus creaturas en loor del mismo Señor y para edificación del prójimo. Él mismo os pide que os dignéis escucharlas con devoción». Y se pusieron a cantarlas.
Inmediatamente, el podestà se levantó y, con las manos y los brazos cruzados, las escuchó con la mayor devoción, como si fueran palabras del Evangelio, y las siguió atentamente, derramando muchas lágrimas. Tenía mucha fe y devoción en el bienaventurado Francisco.
Acabado el cántico de las alabanzas, dijo el podestà en presencia de todos: «Os digo de veras que no sólo perdono al obispo, a quien quiero y debo tener como mi señor; pero, aunque alguno hubiera matado a un hermano o hijo mío, lo perdonaría igualmente». Y, diciendo esto, se arrojó a los pies del obispo y dijo: «Señor, os digo que estoy dispuesto a daros completa satisfacción, como mejor os agradare, por amor a nuestro Señor Jesucristo y a su siervo el bienaventurado Francisco».
El obispo, a su vez, levantando con sus manos al podestà, le dijo: «Por mi cargo debo ser humilde, pero mi natural es propenso y pronto a la ira; perdóname». Y, con sorprendente afabilidad y amor, se abrazaron y se besaron mutuamente.
Los hermanos quedaron estupefactos y radiantes de alegría al comprobar que se había cumplido puntualmente lo que había predicho el bienaventurado Francisco acerca de esta concordia. Y todos los presentes lo juzgaron por gran milagro; atribuyeron a los méritos del bienaventurado Francisco que tan de inmediato los visitara el Señor, haciendo que volvieran los dos de tanto escándalo y discordia a tan perfecta concordia sin el menor recuerdo de pasadas injurias.
Nosotros que vivimos con el bienaventurado Francisco, damos testimonio de que, cuando decía de alguno: «Es o será así», siempre se cumplía a la letra. Y nosotros hemos visto tantas cosas, que sería prolijo escribirlas o contarlas.
Acercándose, por fin, el momento de su tránsito, hizo llamar a su presencia a todos los hermanos que estaban en el lugar y, tratando de suavizar con palabras de consuelo el dolor que pudieran sentir ante su muerte, los exhortó con paterno afecto al amor de Dios. Después se prolongó, hablándoles acerca de la guarda de la paciencia, de la pobreza y de la fidelidad a la santa Iglesia romana, insistiéndoles en anteponer la observancia del santo Evangelio a todas las otras normas.
Sentados a su alrededor todos los hermanos, extendió sobre ellos las manos, poniendo los brazos en forma de Cruz por el amor que siempre profesó a esta señal, y, en virtud y en nombre del Crucificado, bendijo a todos los hermanos tanto presentes como ausentes. Añadió después: «Estad firmes, hijos todos, en el temor de Dios y permaneced siempre en Él. Y como ha de sobrevenir la prueba y se acerca ya la tribulación, felices aquellos que perseveraren en la obra comenzada. En cuanto a mí, yo me voy a mi Dios, a cuya gracia os dejo encomendados a todos».
Concluida esta suave exhortación, mandó el varón muy querido de Dios se le trajera el libro de los evangelios y suplicó le fuera leído aquel pasaje del evangelio de San Juan que comienza así: Antes de la fiesta de Pascua (Jn 13,1). Después de esto entonó él, como pudo, este salmo: A voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al Señor, y lo recitó hasta el fin, diciendo: Los justos me están aguardando hasta que me des la recompensa(Sal 141).
6. Cumplidos, por fin, en Francisco todos los misterios, liberada su alma santísima de las ataduras de la carne y sumergida en el abismo de la divina claridad, se durmió en el Señor este varón bienaventurado.
Creo que es, con diferencia, la figura que ha pasado por la historia del franciscanismo con total pena, y ninguna gloria. El padre del Santo de Asís es recordado por ser, por así decirlo, su máximo opositor, y el que más procuró impedir el camino que su hijo había emprendido.
San Francisco ayunaba, por consiguiente: del 7 de enero al 15 de febrero; desde el miércoles de Ceniza a Pascua; del 20 de mayo al 29 de junio; del 29 de junio al 15 de agosto; del 15 de agosto al 25 de septiembre; desde Todos los Santos a Navidad. En total, 231 días al año; más de las dos terceras partes del año. La lección que se desprende es, quizás, menos la mortificación que la incorporación a los misterios, para cuya celebración nunca se sentía suficientemente preparado.