Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

“eros – ágape”

04.09.11 | 11:23. Archivado en Teología

Quería empezar este artículo significando lo que verdaderamente no son ni representan los términos “eros y ágape” y, de forma especial, resaltar la utilización manida que se ha hecho de ambos términos; si bien, después de reflexionarlo, creo que, hasta este ejercicio de denuncia, se puede considerar vacuo e inútil pues; lo esencial, es penetrar no en la etimología de los términos, ya que nos quedaríamos con la llaneza de su significado, sino en profundizar y recoger toda la carga semántica, histórica, cultural y, de manera especial, acudir a la Palabra enverbada en las Escrituras y a nuestra tradición cristiana.

Para profundizar sobre el eros podemos acudir a unas catequesis que el Papa Juan Pablo II impartió a lo largo de una serie de años, entre 1979 y 1984, cuyo título era “Fundamentos para la Teología del Cuerpo “. En dichas reflexiones teológicas el Papa nos invita a profundizar el término “eros”, partiendo de su origen griego, que pasó de la mitología a la filosofía, de ésta al lenguaje más literario, para terminar por ser una palabra habitual en el lenguaje vulgar. Hay que denotar que, en el Antiguo testamento, dicho término, tan sólo se encuentra dos veces y que, en el Nuevo Testamento, no se emplea en ninguna ocasión. Por el contrario, en los escritos neotestamentarios, sí hallamos los términos “philia y ágape” para designar el amor si bien, es en el Evangelio de Juan, donde hallamos el verdadero e intrínseco significado de cada uno. El “Discípulo Amado” es el verdadero “martyría-testigo” para enseñarnos las entrañas y el corazón de ambos términos.

En estas catequesis, Juan pablo II, nos introduce, lenta y reflexivamente, en la etimología conceptual del“eros” para Platón, con su contenido filosófico, especialmente desde la enorme carga “somática y sexual”. Para éste el “eros” representa la fuerza interior que tiende y lleva al hombre a todo lo bueno, lo que es “verdadero” y es bello e incluso “puro”. Es decir, vendría a representar esta fuente intrínseca, subjetiva e intensa que nace en el espíritu de todo ser humano y que tiende y le impele a su consecución. Si bien, este impulso comúnmente, ya sea en la literatura y también en la Escritura, tiene un sentido de naturaleza más sexual. En la narración del pasaje del Génesis 2, 23-25, tiene una connotación de atracción sexual y de llamada a la unión de ambos cuerpos – del hombre y la mujer -.

El Papa en dichas reflexiones sobre el “eros” introduce el término “ethos”, que significa punto de partida, inclinación, hábito, carácter o modo de ser, estado emocional, etc. Lo hace para explicarnos que, desde el punto de vista cristiano, si el “eros” significa la fuerza interior que empuja al hombre hacia la verdad, el bien y la belleza, deberíamos, en el ámbito de este término, colacionarlo con lo que Cristo, dentro del Sermón de la Montaña, Mt 5, 27-28, nos enseña sobre la actuación del corazón y, para ello, debemos incorporar el “ethos”, lo que es ético, para que se encuentren ambos en el corazón y, purificados, se transforme la carga concupiscente de la carne, en su sentido más puramente erótico, en unos sentimientos fructificados en y desde el corazón.

Para poder encontrar el significado trascendente del término amor, deberíamos fijarnos en la palabra “ágape”. Para ello, acudiremos al “maestro del amor”, para que nos enseñe y explique el auténtico sentido del término, a través de las perícopas extraídas de su Evangelio. En el capítulo 21, auténtica joya que deberíamos leerlo, releerlo y meditarlo continuamente, tal como nos aconseja R. Brown; el Apóstol lo escribe para recapitular todo su Evangelio concluyendo no sólo el capítulo y el libro sino todos los pasajes que de alguna manera permanecían abiertos. La intención es poder concluir el libro una vez Cristo ya ha resucitado y, para ello, se sirve de los recursos que a menudo se utilizan en su Evangelio: la “inclusión” y el “tartey misma”. Éstas le dan un sentido global, profundo, penetrante y trascendente a todo el Cuarto Evangelio.

En Jn 21, 15-18 el “Discípulo Amado” nos enseña el verdadero sentido de la palabra amor y, es más, nos muestra el “vértigo” existente entre el sentimiento-amor que tiene el hombre y el que palpita en el corazón de Cristo. Para ello nos imbuye de lleno en el Cristo triunfante y glorioso después de habernos reconciliado con el Padre. Este capítulo lo comienza con la palabra “meta tauta” que, en griego, se puede traducir por “algún tiempo después”, a diferencia de la que utiliza en otros pasajes que es “meta tauto”, que significa tiempo inmediato. San Juan nos presenta a Jesús resucitado y, para ello, quiere dejar claro la diferencia con todo lo precedente. Antes de adentrarnos en el estudio de la palabra amor, según Juan, quiero resaltar la anticipación proléptica que hace antes de su verdadera catequesis sobre el “Reino del amor”. En Jn 21, 9 nos dice: “Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan”. No deja de impresionarme el carácter sacramental de todo el pasaje 21. La brasa, que desprende calor, es el amor; el pez, es la comida eterna, según los antiguos; y el pan representa la Eucaristía. Con una sutileza espiritual inigualable, se nos introduce en el corazón del Cuarto Evangelio a través del tamiz del amor-caridad, que perdura en la eternidad, de la comida eterna, según los antiguos, y de la Eucaristía que es el Pan de Vida y el verdadero alimento del cristiano.

Volviendo al pasaje seleccionado, Juan nos relata la conversación entre Jesús, resucitado, y Pedro. En la traducción al castellano puede pasar desapercibido el término utilizado por uno y por otro pero, en la versión en griego, se puede apreciar la exactitud, la profundidad y la carga emotiva y trascendente de cada palabra. Jesús comienza diciéndole a Pedro: “me amas”; el término griego que emplea es “agapas”. Palabra que recoge, no sólo el amor redentor, sino el amor encarnatorio; el amor de la “comunidad de mesa”, es decir, el Jesús escatológico que recorre los caminos, que se detiene a predicar y que entra en las casas particulares para comer con las gentes y transmitirles su amor. En cambio, Pedro que lleva el peso de la negación del Mesías, le contestará con el término “filo”, es decir, un amor fraternal que, siendo una forma digna de amor del hombre, para nada, se aproxima a la de Jesús. Pero Su insistencia es inagotable y Jesús le vuelve a decir: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". Aquí vuelve a emplear la palabra“agapas”, pero el hombre-Pedro, que sabe sus limitaciones en el amor, le vuelve a contestar con la palabra “filo”. Y Jesús que escudriña el corazón del hombre sabe que al corazón de Pedro todavía le hace falta experimentar Su amor, como se lo dirá después, y todavía le hace falta la capacidad de donarse, de derramarse, de entregarse de forma absoluta, incondicional y sin reservas. Esta tercera vez le dirá: "¿Me quieres?". En esta ocasión Jesús sí emplea el término “filei”. Sabe que Pedro todavía no está preparado para responder con un amor sin límites y, de hecho, Pedro a sabiendas que Jesús le ha preguntado me Amas-ágape, él le contestara con un “te amo-filia”.

Este amor-ágape, como ya hemos apuntado anteriormente, no aparece sólo porque Cristo haya “muerto como propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2)", es decir, el amor-redentor, sino que todo empieza con lo que muchos han llamado un verdadero credo de la comunidad joánica. El pasaje de Jn 3, 16, que se cumplimenta en el pasaje del ciego de nacimiento, en el que, el ex ciego, le contestará a Jesús: “Creo señor, y se postró ante él”. Según muchos autores, estos pasajes, podrían constituir el credo de fe que profesaban los que se iniciaban y entraban formar parte de la nueva comunidad de Juan. Pues, en Jn 3, 16, se nos afirma categóricamente: “Porque tanto amó - "egapesen" Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito”. Aquí, primero, se encuentra la prueba más grande del amor de Dios al hombre. Dios ha entregado a su propio hijo a la muerte. El término para designar al amor es “ágape”. La encarnación no se produjo sólo para poder redimirnos del pecado pues, hoy en día, muchos autores como R. Brown, Tilborg, León Dufour, sostienen, como ya lo hizo san Francisco de Asís y postuló su hijo espiritual, Duns Escoto, que el Cielo no pudo contener la explosión de Amor de Dios-Hijo por la creatura , parafraseando palabras de santa Clara. Y es más, según nos dirá Clara: “El alma...viene a ser su morada, y se hace tan sólo en virtud del amor”.

El Amor que se ha dado en llamar “jesujuánico”, es un amor para contemplarlo, para encarnarlo y para dejarnos embriagar y empapar totalmente por él. Es inabarcable, inconmensurable, inefable y no se puede contener ni encerrar bajo el léxico, por muy rico que sea éste, ni en conceptos filosóficos ni literarios humanos. Como decía Santo Tomás, la gracia es encarnatoria y dinámica y esto quiere decir que Jesucristo-Amor se encuentra con la criatura cada vez que ésta permite que la gracia penetre y acampe – eskenosen - en su corazón. La gracia, como decía K. Rahner, se encarna cada vez que se produce un encuentro entre la Eternidad y el humus existencial. Este Amor se nos sigue derramando y donando, sobre todo, cuando se produce la “perijóreis” en la comunión, en la que; como decía san Francisco de Asís, “llevamos a Jesús dentro de nosotros como lo llevaba la Santísima Virgen cuando lo llevaba en su seno”.

Por tanto el amor “eros” es un amor más apasionado que impele a uno hacia el otro, que quiere ser uno con el otro, que hace que este enamoramiento que siente, aparentemente indisoluble y que no permite estar separado ni distanciado, ha llegado a un estado en el que ya no necesita ni crecer ni madurar más, porque da la sensación de haber culminado la experiencia amorosa. Se cree que se ha encontrado la felicidad verdadera y, por tanto, no necesita seguir buscándola y desea permanecer inamovible allí, ya que la euforia y la exaltación de los sentidos se encuentran en su grado más álgido. Pero, este amor, a la vez puede ser obsesivo, dominante, frágil, temporal, seductor y puramente sexual. Si a este amor se le une el amor “ágape” este amor “eros” evitará además su temporalidad el que, con el transcurso del tiempo, se pueda convertir en un amor indiferente, insulso, soso; acaparador, posesivo e, incluso, violento. El amor ágape respeta al otro, evita las tensiones y es paciente, entregado, sacrificado; no es egocéntrico, interesado, presuntuoso, petulante, egoísta, narcisista, endiosado, ni creído. El amor ágape se olvida de sí mismo y tiende a la unión con verdaderos deseos de crecer juntos, de salir del yo y de centrarse en el tú. El amor ágape busca siempre y sobre todo el gozo recíproco. Así como el eros, en su acepción sexual, podría unir por un tiempo a dos enamorados, el amor ágape le proporciona el verdadero sentido de unión intemporal, definitiva que nos presenta como modelo la Escritura. Esta unión es una verdadera fusión, es la “perijóresis”, que experimentamos cada vez que recibimos el Amor infinito, trascendente y transformante en la Eucaristía; es el encuentro transformador con Cristo en la Eucaristía.

Por último, si permanecemos fieles al amor “jesujuánico”, según algunos teólogos que identifican el “misterion” con el Reino, participamos asiduamente en los sacramentos, que obran “ex opere operato” y permanecemos abiertos a la Gracia – charis- , encarnándola en nuestro corazón, nos transformaremos nosotros y, como verdaderos signos, transformaremos no sólo el entorno, el pueblo, el país sino al mundo global.

“El verdadero amor de Cristo había transformado al amante en fiel imagen de él” (Vida de san Francisco de Asís).

FERNANDO VIDAL DE VILLALONGA ROCA. O.F.S.


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