
(1 Cel 109-110).Había descansado ya unos pocos días en aquel lugar, para él tan querido; conociendo que la muerte estaba muy cercana, llamó a dos hermanos e hijos suyos preferidos y les mandó que, espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la vida que era tan inminente. Y él entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: Con mi voz clamé al Señor, con mi voz imploré piedad del Señor (Sal 141). Entre los presentes había un hermano a quien el Santo amaba con un afecto muy distinguido; era él muy solícito de todos los hermanos; viendo este hecho y sabedor del próximo desenlace de la vida del Santo, le dijo: «¡Padre bondadoso, mira que los hijos quedan ya sin padre y se ven privados de la verdadera luz de sus ojos! Acuérdate de los huérfanos que abandonas y, perdonadas todas sus culpas, alegra con tu santa bendición tanto a los presentes cuanto a los ausentes».
«Hijo mío -respondió el Santo-, Dios me llama. A mis hermanos, tanto a los ausentes como a los presentes, les perdono todas las ofensas y culpas y, en cuanto yo puedo, los absuelvo; cuando les comuniques estas cosas, bendícelos a todos en mi nombre».
Mandó luego que le trajesen el códice de los evangelios y pidió que se le leyera el evangelio de San Juan desde aquellas palabras: Seis días antes de la Pascua, sabiendo Jesús que le era llegada la hora de pasar de este mundo al Padre... (Jn 12,1 y 13,1). Era el mismo texto evangélico que el ministro había preparado para leérselo antes de haber recibido mandato alguno; fue también el que salió al abrir por primera vez el libro, siendo así que dicho volumen, del que tenía que leer el evangelio, contenía la Biblia íntegra. Ordenó luego que le pusieran un cilicio y que esparcieran ceniza sobre él, ya que dentro de poco sería tierra y ceniza.
Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del Santo, se desprendió de la carne aquella alma santísima, y, sumergida en un abismo de luz, el cuerpo se durmió en el Señor. Uno de sus hermanos y discípulos -bien conocido por su fama y cuyo nombre opino se ha de callar, pues, viviendo aún entre nosotros, no quiere gloriarse de tan singular gracia- vio cómo el alma del santísimo Padre subía entre muchas aguas derecha al cielo. Era como una estrella, parecida en tamaño a la luna, fúlgida como el sol, llevada en una blanca nubecilla.
La Vida de Francisco fue una Encarnación del Evangelio. Si miras a Francisco, lees el Evangelio. si lees el Evangelio, éste te lleva a Francisco. La Vida del Poverello fue un continuo imitar, pero un imitar enamorado, los pasos de Jesús, sus gestos, sus Palabras, su Oración, su Amor al Padre y a los demás, "hasta el extremo" (Jn 13, 1).
Su muerte fue, como su Vida, Liturgia, acto de Adoración a Dios y a su Amor. Francisco quiso morir desnudo, sobre la tierra, cantando a Dios por su Creación, mientras bendecía a todos y le leían el Evangelio de San Juan. Con el vientre hinchado, con los agujeros de las Llagas, muriéndose... Francisco cantaba y hacía cantar; bendecía y hacía bendecir. Salió a recibir a la Hermana Muerte, y no quería a nadie triste, porque iba a entrar en la Gloria, y ahí no cabe la pena.
Pero Francisco no se fue del todo. Su muerte no fue una más. Fue, como decimos los franciscanos, un "Tránsito", un paso, como es el de todos. Pero la diferencia es cómo lo celebró. Celebró una Liturgia para celebrar el Misterio y alabar a Dios por el mismo Misterio. Despojado del todo, el menor entre los menores, Francisco pasó al Cielo bendiciendo y dando Gracias. Es consolador ver que la Muerte no debe asustarnos, al contrario. El "Poverello" nos enseña que es EL PASO, el abrazo con Dios, el Encuentro definitivo.
Mientras sus hermanso se despedían, Francisco tenía - como Jesús - el rostro vuelto al cielo. Dejaba la Creación que tanto había amado. Su mirada sólo se dirigía a Dios. Seguramente nunca se ha visto nada igual: un coro de hermanos cantando, mientras el Hijo de Asís agonizaba. En el bosque de la Porciúncula resonaban las voces de agradecimiento al Cielo por el Don de Francisco. La despedida, dolorosa, era sin embargo consoladora. Francisco no se iba del todo. Basta pasear por Asís. Sobre todo de noche, cuando la tranquilidad reina, descubres que casi cualquier rincón es bueno para rezar, porque por todo paseó Francisco, y todo lo llena ahora su presencia.
Se fue, pero no nos ha dejado. Los franciscanos, impulsados por su espíritu, vivimos gozosos nuestra vocación, y mientras hablamos de Dios a toda criatura, hablamos de Francisco quien, en su vida y en su Muerte, alabó a Jesús por su Amor llevado, en el Calvario, hasta lo más lejos.
Pace Bene.
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Pues si.la forma de recibir a la muerte me ha impresionado
Hola Marina. ¿Desconcertada por qué? ¿Te ha impresionado, acaso, la forma de recibir Francisco a la Hermana Muerte? La verdad es que no es para menos. Creo que es una de las escenas más bellas de la historia no ya religiosa, sino universal.
Bueno me ha encantado .No conocía esta versión de los días finales de San Francisco.Me hubiera gustado estar al lado de él y oir estas palabras tan bonitas y animadoras en vivo y directo .No sé, pero me he quedado desconcertada,
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
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