Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Eduardo Verástegui: Testimonio de Conversión

11.10.10 | 15:38. Archivado en Actualidad


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¿Por qué a ti? La Humildad de Francisco (y II)

10.10.10 | 19:24. Archivado en Franciscanismo

francesco

No pude seguir con el tema el día que hubiera querido, pero aquí estamos de nuevo. Maseo pregunta a Francisco, intrigado, o como para ponerle a prueba. No estoy seguro del verdadero motivo. Lo que sí es cierto es que es un pasaje muy bonito, y muy profundo, que nos puede hacer reflexionar en algunos sentidos.

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¿Por qué a ti? La Humildad de Francisco

07.10.10 | 20:23. Archivado en Franciscanismo

Quisiera comentar mañana con vosotros este texto, uno de los más bonitos que se pueden encontrar en las Florecillas de Francisco.

Cómo el hermano Maseo quiso poner a prueba la humildad de San Francisco.

Se hallaba San Francisco en el lugar de la Porciúncula con el hermano Maseo de Marignano, hombre de gran santidad y discreción y dotado de gracia para hablar de Dios; por ello lo amaba mucho San Francisco. Un día, al volver San Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche:

- ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?

- ¿Qué quieres decir con eso? - repuso San Francisco.

Y el hermano Maseo:

- Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?

Al oír esto, San Francisco sintió una grande alegría de espíritu, y estuvo por largo espacio vuelto el rostro al cielo y elevada la mente en Dios; después, con gran fervor de espíritu, se dirigió al hermano Maseo y le dijo:

-¿ Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo. Y como no ha hallado sobre la tierra otra criatura más vil para realizar la obra maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí para confundir la nobleza, la grandeza, y la fortaleza, y la belleza, y la sabiduría del mundo, a fin de que quede patente que de Él, y no de creatura alguna, proviene toda virtud y todo bien, y nadie puede gloriarse en presencia de Él, sino que quien se gloría, ha de gloriarse en el Señor (1 Cor 27-31), a quien pertenece todo Honor y toda Gloria por siempre.

El hermano Maseo, ante una respuesta tan humilde y dicha con tanto fervor, quedó lleno de asombro y comprobó con certeza que San Francisco estaba bien cimentado en la verdadera humildad.

En alabanza de Cristo. Amén.

(Flor 10).


Francisco de Asís, o como reformar la Iglesia desde dentro y amándola

05.10.10 | 15:50. Archivado en Actualidad

Ayer, en la homilía pronunciada en la Misa Solemne de la Festividad de San Francisco, el Ministro Provincial de la TOR dijo, entre otras cosas, algo muy acertado: el movimiento franciscano tuvo éxito porque quiso reformar la Iglesia de su tiempo desde dentro, siendo fieles a la misma, amándola.

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Gracias a Dios por San Francisco de Asís

04.10.10 | 15:49. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías

francesco

Bendice la ciudad de Asís mientras es llevado a la Porciúncula

El bienaventurado Francisco permanecía todavía en el mismo palacio; pero, viendo que su mal empeoraba de día en día, hizo que le llevasen en camilla a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, pues no podía ir a caballo, ya que se había agravado su enfermedad.

Al pasar junto al hospital, pidió a los que lo llevaban que dejaran la camilla en el suelo; y como, a consecuencia de la gravísima y larga enfermedad de los ojos, apenas podía ver, pidió que le giraran la camilla de suerte que quedara con el rostro vuelto a la ciudad de Asís. Enderezándose un poco, bendijo la ciudad, diciendo: «Señor, creo que esta ciudad fue en tiempos antiguos morada y refugio de hombres malos e injustos, mal vistos en todas estas provincias; pero veo que, por tu misericordia sobreabundante, cuando tú has querido, le has manifestado las riquezas de tu amor, para que ella sea estancia y habitación de quienes te conozcan, den gloria a tu nombre y difundan en todo el pueblo cristiano el perfume de una vida pura, de una doctrina ortodoxa y de una buena reputación. Te pido, por tanto, Señor Jesucristo, Padre de las misericordias, que no tengas en cuenta nuestra ingratitud, sino que recuerdes siempre la abundante misericordia que has mostrado en esta ciudad, para que ella sea siempre morada y estancia de quienes te conozcan y glorifiquen tu nombre bendito y glorioso en los siglos de los siglos. Amén». Acabada esta plegaria, le llevaron a Santa María de la Porciúncula.

(LP 5).

Y allí, en el mismo lugar donde había comenzado, Francisco volvió al Padre. Ya compartimos ayer el Tránsito, la escena de su paso al Cielo. Hoy, no nos queda sino celebrar, con gozo, que el Señor nos concediera el Don de Francisco, su Presencia, su Testimonio, su Amor incondicional a Jesús Crucificado, su entrega fraternal a sus hermanos y a la Creación, que consideraba, simple y llanamente, hermana.

Dar Gracias a Dios por el Don de un hombre que iluminó el mundo dándonos a conocer lo profundo de la vida divina, conocimiento adquirido no en la Teología sino en la experiencia, en el Encuentro con quien se da a quienes lo buscan.

Me uno a la Acción de Gracias de un hermano:

Gracias, Padre, por el Don de Francisco.

Pace Bene.


Francisco de Asís: su Muerte, Liturgia Celeste.

03.10.10 | 20:15. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías

bruschi161

Había descansado ya unos pocos días en aquel lugar, para él tan querido; conociendo que la muerte estaba muy cercana, llamó a dos hermanos e hijos suyos preferidos y les mandó que, espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la vida que era tan inminente. Y él entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: Con mi voz clamé al Señor, con mi voz imploré piedad del Señor (Sal 141). Entre los presentes había un hermano a quien el Santo amaba con un afecto muy distinguido; era él muy solícito de todos los hermanos; viendo este hecho y sabedor del próximo desenlace de la vida del Santo, le dijo: «¡Padre bondadoso, mira que los hijos quedan ya sin padre y se ven privados de la verdadera luz de sus ojos! Acuérdate de los huérfanos que abandonas y, perdonadas todas sus culpas, alegra con tu santa bendición tanto a los presentes cuanto a los ausentes».

«Hijo mío -respondió el Santo-, Dios me llama. A mis hermanos, tanto a los ausentes como a los presentes, les perdono todas las ofensas y culpas y, en cuanto yo puedo, los absuelvo; cuando les comuniques estas cosas, bendícelos a todos en mi nombre».

Mandó luego que le trajesen el códice de los evangelios y pidió que se le leyera el evangelio de San Juan desde aquellas palabras: Seis días antes de la Pascua, sabiendo Jesús que le era llegada la hora de pasar de este mundo al Padre... (Jn 12,1 y 13,1). Era el mismo texto evangélico que el ministro había preparado para leérselo antes de haber recibido mandato alguno; fue también el que salió al abrir por primera vez el libro, siendo así que dicho volumen, del que tenía que leer el evangelio, contenía la Biblia íntegra. Ordenó luego que le pusieran un cilicio y que esparcieran ceniza sobre él, ya que dentro de poco sería tierra y ceniza.

Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del Santo, se desprendió de la carne aquella alma santísima, y, sumergida en un abismo de luz, el cuerpo se durmió en el Señor. Uno de sus hermanos y discípulos -bien conocido por su fama y cuyo nombre opino se ha de callar, pues, viviendo aún entre nosotros, no quiere gloriarse de tan singular gracia- vio cómo el alma del santísimo Padre subía entre muchas aguas derecha al cielo. Era como una estrella, parecida en tamaño a la luna, fúlgida como el sol, llevada en una blanca nubecilla.

(1 Cel 109-110).

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