Como cristiano pero, sobre todo, como persona consagrada, mi perspectiva de la vida no puede ni debe ser la del mundo. En todos los campos y en todas las disciplinas - ciencia, artes, deporte, política, sociedad, religión, derechos humanos... - se multiplican las doctrinas, los criterios, las opiniones, las discusiones, los avances y retrocesos.
Siempre hay alguien, en cada campo, que resalta, por su calidad si hablamos de deporte o literatura, por su carisma y buen hacer si hablamos de política, por su capacidad de sacrificio y de lucha en el campo de la sociedad...
Sin embargo, hay un tronco o idea común a todo pueblo, sea cual sea su forma de diversificación en todos estos campos que, por otra parte, conforman la cultura, la identidad de cada pueblo o nación. En un mundo tan globalizado como el de hoy, las culturas tienden, cada vez más, a transferirse mutuamente valores y modos de ser y estar ante el mundo.
Pues bien, es en este cruce de ideas, culturas, modos de concebir el mundo y la Historia... donde el cristiano debe posicionarse con una cultura muy clara: el Evangelio. Así lo entendió Francisco. Y no por ello hay que negar la propia cultura, porque eso sería ignorar que ella nos ha hecho y nos hace, nos constituye y condiciona nuestra forma de ser desde lo más profundo.
Pero ello no quita que el Evangelio, en toda su extensión, debe llegar a todo pueblo, pero sin cambiar una sola letra. La vida de Jesús fue una, en un entorno típicamente judío. Sus costumbres y su forma de ser eran semitas. Pero no por ello adoptó la Palabra - que era Él - a los criterios y "filtros" del Pueblo Escogido.
El Evangelio puede inculturizarse. Pero no puede ni debe ser discutido en base a unas premisas preestablecidas en cada pueblo o nación. No puede ni debe perder lo que le es inefablemente constitutivo: la Revelación de Dios y del Reino. Ambas realidades no varían, son extensas e infinitas, pero son lo que son. No podemos someterlas al juicio o al criterio de criterios que, por otro lado, son meramente convencionalismos humanos, arreglos históricamente concebidos y en evolución, para tratar de entender y responder a la Creación y regular las relaciones entre semejantes.
Francisco quiso vivir la Pobreza bajo el Papado más poderoso de la Historia, el de Inocencio III. Precisamente por eso, el Evangelio se hizo Signo más que nunca en Francisco. Y deber serlo hoy en cada uno de nosotros. El "ir contra corriente" es cierto, pero a la vez nos revela que estamos golpeando al mundo en aquello que más necesita cada vez que preferimos ser fieles a Jesús, al verdadero Jesús que nos revela el Espíritu, ya sea directamente, a través de la Iglesia como Pueblo de Dios, por los Sacramentos o por la Tradición.
Por tanto, y en una sociedad como la de hoy, es importante que hagamos valer el Evangelio, para que el mundo pueda recuperar su dignidad, aquella que el mal le hace perder. En una sociedad como la nuestra, en la que todo el mundo tiene pánico a que le digan lo que tiene que hacer; en la que prima el tener sobre el ser; en la que las relaciones humanas se regulan, como mucho, por una ética de mínimos, en la que el compromiso y el paso adelante por el otro son raros y toda una proeza; en la que se conculcan derechos básicos en nombre de otros pretendidos "derechos"; en la que es mejor seguir a la masa que saber pensar por uno mismo; en la que la religión (toda religión) quiere ser eliminada o, al menos, limitada; en la que Dios, en definitiva, no cabe.
Por ello, debemos predicar sin cansarnos y sin miedo al qué dirán; decir lo que pensamos aun cuando sean palabras de vida contra pensamientos de muerte; no justificar lo injustificable... Pero para ello debemos orar, hacer de la oración el centro de nuestra existencia, de modo que, a través nuestro, Dios pueda derramar su Gracia al mundo.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal
Urbano Sánchez García
Jose Gallardo Alberni