Ayer celebramos el Corpus Christi. En algunas iglesias de Palma, sin embargo, celebran hoy una Procesión propia. Se trata de tradiciones que, de una forma u otra, se mantienen. Es como un "segundo Corpus".
En Palma, sin embargo, al Ayuntamiento sigue sin darle la gana decorar la Plaza y el propio edificio como la ocasión merece. No sé por qué tiene que ser incompatible el socialismo, el ser "progre" o ser "de la ceja" con el cristianismo (que no lo son). Por otro lado, demuestran los que dicen representarnos lo lejos que están del pueblo, puesto que no saben ni tener un detalle con una devoción tan arraigada y concurrida en la ciudad, como en todo el mundo. Pero en fin, allá ellos.
Porque lo que de verdad me ocupa y preocupa en un día como ayer es la fiesta en sí, la que Urbano IV universalizó en 1264. Leí ayer la Encíclica "Ecclesia de Eucharistia" de Juan Pablo II. En ella, el tan querido Papa polaco establecía la directa relación que existe entre la Eucaristía y la Iglesia como Pueblo de Dios, carismáticamente engendrada. Y, más que una relación, establece una directa causalidad entre la primera y la segunda. Sin Eucaristía no habría Iglesia, y viceversa.
Ciertamente, cuando celebramos la Eucaristía, el mismo Espíritu que consagra el Pan y el Vino y los transforma en Cuerpo y Sangre del Señor, también nos consagra a nosotros, nos llena con una efusión única y que, sin embargo, no deja de repetirse cada vez que el Sacerdote pronuncia las mismas palabras del Señor en la Última Cena. La Liturgia que celebramos no es sino una concreción de la Liturgia que el Señor Jesús celebró, instituyendo los Signos, actuando por y desde el Espíritu, y ofreciendo el Eterno Sacrificio, que nos dejó en memorial.
Unas palabras hermosísimas de Juan Pablo II lo dejan muy claro:
(Ecclesia de Eucharistia, 19).La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, a los ángeles, a los santos apóstoles, a los gloriosos mártires y a todos los santos. Es un aspecto de la Eucaristía que merece ser resaltado: mientras nosotros celebramos el sacrificio del Cordero, nos unimos a la liturgia celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita: « La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero » (Ap 7, 10). La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino.
No sé vosotros, pero yo disfruté al leer este párrafo. La encíclica es muy profunda en su conjunto, y está plagada de trozos de verdadera reflexión mística. Pero aquí el Santo Padre, de feliz memoria, "lo borda". Y es que la Eucaristía, en cuanto que actualiza el Sacrificio de la Cruz, lo hace presente de nuevo, es decir, lo trae de nuevo al Altar, de manera sacramental y, por tanto, efectiva y eficiente. Decía el Padre Pío que cuando consagraba, revivía la Pasión: azotes, golpes, coronación de espinas, crucifixión...
Ir a Misa despistados, pensando en otra cosa, sin prestar atención, pendientes de quién entra y quién sale, hablando con el de al lado antes, durante y después de la Misa, mirar el móvil... son actitudes que reflejan lo poco que entendemos la Eucaristía. Si de veras nos enteráramos de lo que "se cuece", no podríamos dejar de mirar el Altar. El corazón, con la ayuda del Espíritu, debe permanecer atento, abierto y vuelto al Misterio Redentor que se nos da contemplar. Saber que Jesús se entrega, que da su vida, hasta su última gota, ni debe ni puede dejarnos indiferentes.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
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Urbano Sánchez García
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