A estas palabras respondió dama Pobreza con un corazón jubiloso, semblante risueño y dulce voz, diciendo:
«Os confieso, hermanos y amigos queridísimos, que desde que habéis comenzado a hablar me siento inundada de alegría y de contento, observando vuestro fervor, al comprobar ya vuestra santa intención. Vuestras palabras se me han vuelto más apetecibles que el oro y las piedras muy preciosas, más dulces que la miel de un panal que destila. Porque no sois vosotros los que habláis, es el Espíritu Santo quien habla por vuestro medio, y su misma unción os va enseñado todas las cosas que habéis hablado acerca del Rey altísimo, el cual, por pura gracia, me tomó como a su favorita, quitando con ello el oprobio que pesaba sobre mí en la tierra y me elevó a la categoría de los grandes del cielo.
»Quisiera, por tanto, si no os resulta pesado escucharme, entretejeros la historia de mi situación; una historia larga, sí, pero no por eso menos útil. ¡Ojalá aprendáis con ello cómo debéis comportaros y agradar a Dios, guardándoos de incurrir en el reproche de que miráis atrás los que intentáis poner mano al arado!
»No soy ruda e inculta -como muchos se imaginan-, sino muy antigua y llena de número de días, versada en la ordenación de las cosas, en la variedad de las criaturas, en los cambios de los tiempos. Cuán inestable sea el corazón humano, lo sé por la experiencia de los años, por ingenio natural, así como por un don singular de la gracia.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
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