
Es de sobra conocido el Rosario, la oración mariana por excelencia, a la que tan aficionado era Juan Pablo II, de feliz memoria.
No os diré nada nuevo si recuerdo el hecho de que la Virgen ha pedido que se rece de forma insistente en Fátima, en Lourdes, en Garabandal, en Medjugorje. No cesa de pedir oración, y en especial que cojamos el Rosario y hagamos del mismo una fuente incesante de nuestra vida espiritual.
A veces se alega que resulta aburrido, porque "todo el rato se dice lo mismo". Es verdad, se repiten Ave Marías, como mínimo, 50 veces prácticamente seguidas. Y de ahí que derive, por fallo nuestro, en un rezo monótono, sin vida, más vinculado hoy día a las señoras mayores que lo rezan en la iglesia que a una profunda vida interior.
Sin embargo, en la vida del Cristiano, el rezar o ir a Misa no es cuestión de que sea divertido o aburrido, sino de que hallemos o no a Dios, he aquí la cuestión central. Y no podemos hacer ninguna verdadera oración, ya sea contemplativa o vocal, si no es por el Espíritu. Lo mismo vale para el rezo del Rosario. Si, cuando lo rezamos, no pensamos en María, acudiendo a Ella con devoción y amor filiales, concentrándonos en lo que decimos... la cosa cambia. Porque, si rezamos en y desde el Espíritu, la Oración del Rosario será algo que nazca del corazón, de modo que cada palabra será un motivo de gozo, de contemplación y, en definitiva, de un primer escalón para cambiar nuestras vidas y ponerlas en el camino que lleva a Dios.
Entonces, María derramará sus Gracias en nuestra alma, suavemente, pero inundándola de la Pureza que Ella supo vivir, y que tanta falta hace a quien quiera ser de Dios y para Dios. Es la misma Pureza que derriba nuestros muros, que nos hacen tan "humanos": impaciencia, orgullo, pereza, desidia, desobediencia, autocomplacencia...
Rezar el Rosario por María y para María.
"¡Totus Tuus!" (Juan Pablo II).
Pace Bene.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
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Urbano Sánchez García
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