
Petición de la alianza
El bienaventurado Francisco y sus compañeros elogian a la Pobreza
Ellos le respondieron: «Sí, venimos a ti, señora nuestra. Te suplicamos nos acojas en paz. Nuestro más ardiente deseo es hacernos siervos del Señor de las virtudes, ya que Él es el Rey de la gloria. Hemos oído decir que tú eras la reina de las virtudes, y de hecho lo comprobamos ahora con nuestros propios ojos. Por eso, postrados a tus plantas, imploramos humildemente que te dignes vivir en nuestra compañía y seas para nosotros el camino que nos conduzca al Rey de la gloria, así como lo fuiste para Él cuando, naciendo de lo alto, se dignó visitar a los que estaban sentados en tinieblas y en sombra de muerte.
»Sabemos, en efecto, que tuyo es el poder, tuyo el reino, que tú te elevas por encima de todas las virtudes, habiendo sido constituida por el Rey de reyes como reina y soberana. Basta que tú nos otorgues la paz y seremos salvos, de suerte que por tu mediación nos reciba el que por ti nos redimió. Si tú decides salvarnos, bien pronto quedaremos libertados. Pues el mismo Rey de reyes y Señor de los señores, el Creador del Cielo y de la tierra, prendado está de tu belleza y hermosura. Nada menos que un rey que se hallaba sentado en su solio, rico y glorioso como era en su reino, abandonó su palacio, dejó su heredad -que había gloria y riquezas en su casa- y, descendiendo de su trono real, tuvo la singular dignación de venir a tu encuentro.
»Grande es, por tanto, tu dignidad, e incomparable tu alteza, pues, dejando todos los coros de ángeles e innumerables virtudes que sobreabundan en el cielo, vino precisamente a buscarte a ti en las regiones más bajas de la tierra; a ti que yacías en la charca fangosa, en lugares tenebrosos y en sombra de muerte. Eras aborrecida, y no poco, de todo ser viviente. Todo el mundo rehuía tu presencia y en lo que podía se apartaba de ti. Y si bien a algunos les resultaba del todo imposible alejarse de tu compañía, no por eso eras para ellos menos odiosa y detestable.
»Mas cuando vino el Señor del señorío, al asumirte a ti en su propia persona, te enalteció sobre las tribus de los pueblos y como a esposa te ciñó con la diadema, elevándote por encima de las nubes. Aunque es cierto que son incontables todavía los que te detestan, ignorando tu virtud y tu gloria, sin embargo, nada te afecta esto, ya que habitas libremente en los montes santos, en el sólido recinto donde mora la gloria de Cristo.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal
Urbano Sánchez García
Jose Gallardo Alberni