Búsqueda de la Pobreza
El bienaventurado Francisco pregunta por la Pobreza.
5. Diligente -como un curioso explorador-, se puso a recorrer con interés las calles y plazas de la ciudad buscando apasionadamente al amor de su alma. Preguntaba a los que estaban en las calles y plazas, interrogaba a cuantos se le cruzaban en el camino, diciéndoles: «¿Por ventura habéis visto a la amada de mi alma?» Pero este lenguaje resultaba para ellos un enigma y como un idioma extranjero. Al no poder entenderse con él, le decían: «Hombre, no sabemos de qué hablas. Exprésate en nuestra propia lengua, y sabremos responderte».
Los hijos de Adán no tenían en aquel tiempo ni voz ni sentido para querer conversar sobre la pobreza, ni siquiera para mencionarla. La aborrecían con ardor al igual que la aborrecen hoy, y a quien venía preguntando por ella no le podían responder nada con palabra de paz. Así es que le contestan como a desconocido y le aseguran que no tienen ni la más remota idea de lo que se les pregunta.
«Iré -dijo entonces el bienaventurado Francisco- a los magnates y sabios y les hablaré, pues ellos conocen el camino del Señor y el juicio de su Dios. Ésos, por el contrario, son tal vez unos pobretones e ignorantes que desconocen el camino del Señor y el juicio de su Dios».
Y así lo hizo. Mas éstos le respondieron aún con mayor aspereza, diciendo: «¿Qué nueva doctrina es la que propones a nuestros oídos? ¡Esa pobreza que tú buscas sea enhorabuena por siempre para ti, para tus hijos y para tu futura descendencia! Lo que cuenta para nosotros es disfrutar de los placeres y abundar en riquezas, porque corto y triste es el tiempo de nuestra vida y no hay remedio en el fin del hombre. Así que no conocemos nada mejor que alegrarnos, comer y beber mientras vivimos».
Quedó profundamente asombrado el bienaventurado Francisco al oír tales desatinos, y, dando gracias a Dios, decía: «¡Bendito seas, Señor Dios, que has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a la gente sencilla! Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Señor, Padre y Dueño de mi vida, no me abandones al consejo de ellos ni permitas que recaiga sobre mí semejante reproche, antes bien haz que -con la ayuda de tu gracia- logre encontrar lo que busco, ya que siervo tuyo soy, hijo de tu esclava».
Y así, saliendo con paso rápido de la ciudad el bienaventurado Francisco, vino a parar en un campo, donde divisó a lo lejos a dos ancianos que estaban sentados y sumidos en profunda tristeza. Uno de ellos se expresaba de esta forma: «¿En quién pondré mis ojos sino en el pobrecillo y abatido que se estremece ante mis palabras?» El otro, a su vez, decía: «Nada trajimos al mundo, como nada podremos llevarnos; así que, teniendo qué comer y con qué vestirnos, podemos estar contentos».
Francisco inicia la búsqueda de la Pobreza. Es una alegoría clara de la vocación del Pobrecillo de Asís, que, desde que conoce a Cristo, no descansa hasta poder identificarse plenamente con Él. Y, en su afán, se enamora de la Pobreza, a la que llama "Dama", puesto que fue el vestido que escogió el Hijo de Dios al Encarnarse.
Y pregunta en las calles y plazas de la ciudad, recordando así al texto del Cantar de los Cantares. Pero el mundo, preocupado en lo suyo, no sabe nada de la Pobreza, ni de la Vida Espiritual, ni de Dios. Sólo sigue a sus propios afanes, angustiado por poseer más y más, y colmar sus aspiraciones y comodidades, sin mirar más allá de sí mismo.
Los sabios, los entendidos, los señores de este mundo, tampoco saben nada de Dama Pobreza, no la han visto nunca porque nunca la han buscado, nunca se han preocupado por Ella, les causa pavor y la desprecian. Así que tampoco saben responder a Francisco, y lo desdeñan.
Está claro que Jesús no se rodeó de gente sabia y erudita, ni de ricos, ni fue a buscar el mundo, sino que escogió a gente humilde y sencilla, y solía apartarse del barullo del mundo, salvo cuando iba a las ciudades a predicar la Palabra o a Obrar Signos, manifestando así el Reino.
Por tanto, el Consagrado debe aprender a separarse poco a poco del mundanal ruido, que dijera Fray Luis de León. No por buscar una vida eremita sin más, sino por hallar en el corazón a Dios, que habita en el silencio, y que se manifiesta a los que escuchan su Palabra, la cual no se distingue en el río revuelto de las preocupaciones mundanas.
Y también, renunciar a la "pericia de las letras":
(LM 7, 1-2).Por eso, al preguntarle los hermanos en una reunión cuál fuera la virtud con la que mejor se granjea la amistad de Cristo, respondió como quien descubre un secreto de su corazón: «Sabed, hermanos, que la pobreza es el camino especial de salvación, como que fomenta la humildad y es raíz de la perfección, y sus frutos -aunque ocultos- son múltiples y variados. Esta virtud es el tesoro escondido del campo evangélico (Mt 13,44), por cuya adquisición merece la pena vender todas las cosas, y las que no pueden venderse han de estimarse por nada en comparación con tal tesoro».
Decía también: «El que quiera llegar a la cumbre de esta virtud debe renunciar no sólo a la prudencia del mundo, sino también -en cierto sentido- a la pericia de las letras, a fin de que, expropiado de tal posesión, pueda adentrarse en las obras del poder del Señor y entregarse desnudo en los brazos del Crucificado, pues nadie abandona perfectamente el siglo mientras en el fondo de su corazón se reserva para sí la bolsa de los propios afectos» (cf. Adm 4.14.19).
Por tanto, sabía Francisco que abrazar la Pobreza es abrazar a Cristo Crucificado, y que no se puede llegar a abrazarle mientras no se desprenda el alma de todo afecto o querer particular.
Los únicos que parece quizá le indiquen a Francisco dónde mora Dama Pobreza son dos ancianos sentados en un campo. Pero mañana hablaremos de ellos.
Pace Bene.
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http://www.youtube.com:80/watch?v=e_7_VrAxu14
gracias por tu escritos parece que muchos de nosotros olvidamos la espirituad franciscana , creo que hay que volver a nuestros origenes de vivir el evangelio
gracias por tu escritos parece que muchos de nosotros olvidamos la espirituad franciscana , creo que hay que volver a nuestros origenes de vivir el evangelio
Viernes, 1 de junio
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