Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

"Sacrum Commercium": Prólogo

29.04.10 | 15:26. Archivado en Vida Consagrada, Pobreza
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Prólogo
1. En el conjunto de las preclaras y nobles virtudes que preparan en el hombre un lugar para morada de Dios e indican el camino más adecuado y expedito para llegar hasta Él, hay una que por especial prerrogativa destaca sobre todas las demás y por gracia singular las aventaja en títulos: ¡la santa Pobreza! Ella, en efecto, es el fundamento y salvaguardia de todas las virtudes, y, aun entre las señaladas virtudes evangélicas, goza justamente de la primacía en cuanto al lugar que ocupa su mención. Las demás virtudes -si están bien afianzadas sobre esta base- no tienen por qué temer las lluvias torrenciales, ni la crecida de los ríos, ni los vientos huracanados que se desencadenen, amenazando ruina.
2. No sin razón se atribuye todo esto a la pobreza, cuando el mismo Hijo de Dios, el Señor de las virtudes y el Rey de la gloria, sintió por ella una predilección especial, la buscó y la encontró cuando realizaba la salvación en medio de la tierra. Fue la pobreza a la que en el comienzo de su predicación puso como lámpara en manos de los que entran por la puerta de la fe y como roca en la cimentación de la casa. Es más, el reino de los cielos que Él concede en promesa a las otras virtudes, a la pobreza se lo confiere inmediatamente sin dilación alguna. Dichosos -dice- los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3).
3. Es del todo justo que el reino de los cielos pertenezca a los que nada poseen en la tierra por propia voluntad, por una intención espiritual y por el deseo de los bienes eternos. Es menester que vivan de las cosas del cielo quienes tienen en menos las de la tierra, y que cuantos renuncian a todo lo que es de este mundo, considerándolo como basura, saboreen con fruición, ya en el presente destierro, las dulces migajas que caen de la mesa de los santos ángeles y merezcan gustar cuán dulce y suave es el Señor. La pobreza es la verdadera investidura del reino de los cielos, la seguridad de su posesión y como una santa pregustación de la futura bienaventuranza.
4. Por eso, el bienaventurado Francisco -cual auténtico imitador y discípulo del Salvador-, en el comienzo mismo de su conversión, se entregó con todo celo, con todo afán y con toda deliberación a buscar, encontrar y retener la santa pobreza, sin vacilar ante ninguna adversidad ni arredrarse frente a contratiempo alguno; sin rehuir trabajo ni escatimar fatiga corporal de ninguna clase, con tal de conseguir el poder llegar hasta aquella a quien el Señor confió las llaves del Reino de los Cielos.


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