El Evangelio de Juan se caracteriza por narrar las cosas tal y como ocurrieron, pero dando cuenta y resaltando los Signos de Jesús, mostrando la interpretación que hace de ellos, para sacar de los mismos una enseñanza.
En efecto, si leemos atentamente el Evangelio de hoy, veremos que constituye una Revelación de la Trinidad de Dios, en cuanto que:
- Jesús ya no es "sólo" Jesús: es el Señor. Ahora ya no es "el Cordero de Dios" (1, 36), ni el "Rabbí" (1, 38), ni "el Mesías" (1, 41), ni "Jesús, el Hijo de José" (1, 45). Ahora es "el Señor" (20, 24). La Fe de los Apóstoles ha crecido, ha madurado, ha evolucionado, hasta reconocer en Jesús Resucitado al Señor. El verbo usado aquí, "orao", tiene la acepción de ver, pero también las de contemplar, experimentar por los sentidos, comprender y hasta saber. Es la misma evolución que presenta la Fe de Israel, que pasa de creer en un "Dios de nuestros padres" a Yahveh, o sea, al Dios único, al que salva, al que ha creado todo, al Omnipotente. La Fe de los Apóstoles, pues, es aquí la que contempla al Señor, a Jesús en su Vida Divina, Transfigurada para Siempre.
- Jesús sopla sobre ellos. Desde que, en la Cruz, entrega el Espíritu (19, 30), significando así su completa entrega, derramando el Espíritu sobre la Tierra, será Él mismo quien, como prometió, nos dé otro Paráclito. Pero, si vamos más allá, vemos como Francisco concibe a Cristo como el Mediador en todo, desde la Creación hasta el Juicio Final:
"por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo creaste todas las cosas espirituales y corporales" (1 R 23, 1).
"Y te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por tu santo amor con el que nos amaste, hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte" (1 R 23, 3).
Así lo explica Nguyen van Khank en Cristo en el Pensamiento de Francisco de Asís: "Hay, pues, identidad de causa entre el actuar por el Hijo y el actuar por Amor hacia nosotros. Desde la Creación hasta el fin del mundo, Cristo está siempre en acción, como la causa mediadora por la que el Padre expresa su verdadero y santo amor a los hombres" (o.c. pág. 69).
Dicho de otro modo, el Espíritu nos viene del Padre a través del Hijo. Así lo expresa Juan, así lo entendió Francisco y así lo entienden las Iglesias Orientales, mientras que nosotros, en el Credo, expresamos que el Espíritu "procede del Padre y del Hijo", a la vez que rezamos siempre "por Jesucristo Nuestro Señor". Es una diferencia sutil, pero que encierra un gran contenido teológico y espiritual, porque rezar a Jesús no tendría sentido si por Él, por su Resurrección, no nos viniera el Espíritu. Y lo expresa igual el Símbolo Niceno - Constantinopolitano: "de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho".
- Este Espíritu que recibimos del Soplo Eterno del Hijo nos introduce de lleno en la Trinidad, porque nos conduce de vuelta al Padre:
(Jn 17, 9-10).Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos.
(Jn 17, 22-26).Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que ma has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.
Jesús nos introduce en la Vida Divina porque nos une a Él, dándonos su Gloria, la que el Padre le dió. Nos hace partícipes en todos los sentidos de la misma Vida que Él tiene junto al Padre. Quiere que estemos con Él, porque se ha revelado y nos ha revelado al Padre y, con Él, su Gloria, la que tenía "antes de la Creación del Mundo". Así, Él estará en nosotros, y nosotros en Él, mientras el Padre está en Él y Él en el Padre.
El Padre engendra a Jesús por el Espíritu, y Jesús Glorifica al Padre. Es el Eterno movimiento de la "perijoresis" que tanto me gusta citar. Pues en ese movimiento y comunicación de Amor nos introduce, de forma que, recibiendo el Espíritu, volvemos a Dios, al Padre. Jesús es mediador no en sentido extrínseco y funcional, sino activo, como Engendrado y Glorificador.
Por tanto, si meditamos este Evangelio de hoy a la Luz del Espíritu, veremos que somos depositarios de una gran Promesa, de un gran Don, que debemos acoger y devolver viviendo espiritualmente, ejercitando la Caridad, orando en todo tiempo, dándonos sin descanso al Dador de Todo Bien.
Pace Bene.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
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Francisco Margallo
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Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal
Urbano Sánchez García
Jose Gallardo Alberni