
El centurión romano reconoció a Jesús como Hijo de Dios cuando murió en la Cruz y las tinieblas envolvieron la tierra. Precisó de signos claros para reconocerle. Le había visto, seguramente hasta el momento, sufrir el juicio, la flagelación, las vejaciones, la crucifixión... pero no había bastado.
Jesús callaba, no abrió la boca, no protestó. Al contrario, se ofrecía al Padre con un Amor tan grande y profundo que pudo superar el dolor físico y moral hasta derramar su última gota de sangre en la Cruz. Es decir, hasta vaciarse del todo. Sin embargo, su vida pública, que probablemente habría presenciado el oficial romano, tampoco le había bastado. Pero sí que todo junto: Vida, Pasión y Muerte sembraron en él, poco a poco, una disposición distinta, algo nuevo, de lo que probablemente no sería consciente. Puede también que jamás le hubiera visto, pero está claro que la forma de sufrir de Jesús empezó a transformarle.
Sin embargo, dice Francisco en la Admonición 1:
...todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. Así también ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenan, como lo atestigua el mismo Altísimo, que dice: Esto es mi cuerpo y mi sangre del nuevo testamento, [que será derramada por muchos] (cf. Mc 14,22.24); y: Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (cf. Jn 6,55).
Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. Y como ellos, con la mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales, creían que él era Dios, así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero.
Es decir, que no carece de sentido, desde luego, pensar que a la Fe en Cristo se llega por muchas vías, pero dos son seguras (toda vez que una es Signo - Sacramento de la otra): la Pasión y la Eucaristía. Francisco añade la presencia misma de Jesús. Es decir, lo que le hace Señor Resucitado e Hijo de Dios es su entrega por nuestros pecados, y la consecuente Resurrección.
En efecto, ayer no hubo Misa en ninguna parte. Se comulgó con el Pan Consagrado el Jueves, y como símbolo de la ausencia de Jesús, se dejaron vacíos los Sagrarios. Y hoy, como expresión central y más clara de la Resurrección, se volverá a Consagrar el Pan y el Vino. Es decir, Jesús Resucitado vuelve a hacerse visible a su pueblo, como se hizo visible a sus apóstoles aquel Sagrado Domingo. O dicho de otro modo, la Resurrección es la misma Eucaristía, por la que Jesús "vuelve" a nuestra presencia, a llenar nuestras iglesias y nuestras vidas.
Jesús no murió. Es el Hijo de Dios, es Dios mismo. La muerte no tiene poder sobre Él. Entregó su Espíritu al Padre e inclinó la cabeza, y al tercer día manifestó su Gloria, su Naturaleza Divina, la que María Magdalena, los apóstoles o los discípulos de Emaús no pudieron reconocer sino por signos: "¡María!", "No temáis, soy yo", "Comió delante de ellos", "Mete tu dedo en mi costado", "al partir el pan le reconocieron". Así nos ocurre a nosotros hoy: Jesús, que ha entregado su espíritu al Padre, aunque precisamente por eso está vivo, porque la perijoresis es Eterna, se nos revela nuevamente, ha vuelto a la Vida de junto al Padre. Es la gran noticia: su Resurrección le constituye y nos constituye Hijos de Dios. El Espíritu se derrama sobre la Creación, alegrándola de nuevo, haciéndola nueva, haciéndonos nuevos, derrotando a la muerte.
Celebrémoslo como es debido, con el corazón y el alma puestos en Aquél que es "el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin".
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal
Urbano Sánchez García
Jose Gallardo Alberni