Prólogo
1. En el conjunto de las preclaras y nobles virtudes que preparan en el hombre un lugar para morada de Dios e indican el camino más adecuado y expedito para llegar hasta Él, hay una que por especial prerrogativa destaca sobre todas las demás y por gracia singular las aventaja en títulos: ¡la santa Pobreza! Ella, en efecto, es el fundamento y salvaguardia de todas las virtudes, y, aun entre las señaladas virtudes evangélicas, goza justamente de la primacía en cuanto al lugar que ocupa su mención. Las demás virtudes -si están bien afianzadas sobre esta base- no tienen por qué temer las lluvias torrenciales, ni la crecida de los ríos, ni los vientos huracanados que se desencadenen, amenazando ruina.
2. No sin razón se atribuye todo esto a la pobreza, cuando el mismo Hijo de Dios, el Señor de las virtudes y el Rey de la gloria, sintió por ella una predilección especial, la buscó y la encontró cuando realizaba la salvación en medio de la tierra. Fue la pobreza a la que en el comienzo de su predicación puso como lámpara en manos de los que entran por la puerta de la fe y como roca en la cimentación de la casa. Es más, el reino de los cielos que Él concede en promesa a las otras virtudes, a la pobreza se lo confiere inmediatamente sin dilación alguna. Dichosos -dice- los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3).
3. Es del todo justo que el reino de los cielos pertenezca a los que nada poseen en la tierra por propia voluntad, por una intención espiritual y por el deseo de los bienes eternos. Es menester que vivan de las cosas del cielo quienes tienen en menos las de la tierra, y que cuantos renuncian a todo lo que es de este mundo, considerándolo como basura, saboreen con fruición, ya en el presente destierro, las dulces migajas que caen de la mesa de los santos ángeles y merezcan gustar cuán dulce y suave es el Señor. La pobreza es la verdadera investidura del reino de los cielos, la seguridad de su posesión y como una santa pregustación de la futura bienaventuranza.
4. Por eso, el bienaventurado Francisco -cual auténtico imitador y discípulo del Salvador-, en el comienzo mismo de su conversión, se entregó con todo celo, con todo afán y con toda deliberación a buscar, encontrar y retener la santa pobreza, sin vacilar ante ninguna adversidad ni arredrarse frente a contratiempo alguno; sin rehuir trabajo ni escatimar fatiga corporal de ninguna clase, con tal de conseguir el poder llegar hasta aquella a quien el Señor confió las llaves del Reino de los Cielos.
Digo que Francisco la amó antes incluso de buscarla, porque amó a Cristo desde que empezó a conocerle. Se ha dicho repetidamente que Francisco invirtió, por Gracia de Dios, el orden místico: pasó de la vía unitiva a la purgativa, al contrario del orden corriente: purgativa, iluminativa, unitiva. Si bien hay que señalar que no se trata de momentos o etapas, sino de un dinamismo carismático en que se imbrican las tres dimensiones.
Signos de unidad, y portadores de la Cruz de Cristo hasta los rincones más cotidianos de nuestra existencia: desde la vida en familia hasta el trabajo, pasando por nuestras amistades y vida social. ¿Cómo? Pues volviendo al punto con el que empezaba a "postear" ayer: guardando el Santo Evangelio, teniendo como centro e inspiración a Jesús.

"La Regla y la vida de los Franciscanos seglares es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo siguiendo el ejemplo de San Francisco de Asís, que hizo de Cristo el inspirador y centro de su vida con Dios y con los hombres". Así reza la Regla de la OFS en su punto 4, cap. II. Y, a mi modo de ver, hoy cobran una importancia central estas indicaciones: "guardar el Evangelio" y "el inspirador y centro" que es Jesús.
Francisco de Asís es famoso y muy querido en todo el mundo por muchos y variados motivos. Sin embargo, todo se reduce a uno solo: encarnó "a la letra, sin glosa" la vida de Jesús, contada y expresada en los Evangelios.
Si buscáramos un "gemelo" de Jesús, lo encontraríamos en el poverello, sin duda. Y es que Jesús derramó hasta la última gota de sangre. Y Francisco dió hasta su último esfuerzo y su entrega en el Amor a Dios y a los demás. Sobre todo, Caridad. Y de la Caridad se desprendió lo demás:
- Caridad hacia Dios, no entendida desde luego como Misericordia, sino como Amor, enamoramiento sin condiciones, total. Un enamoramiento incubado en la noche de Espoleto y llevado al extremo en la Verna, donde dos años antes de su muerte se unió para siempre, "por incendio espiritual", con el Amado de su Alma.
- Caridad hacia los demás, consecuencia de su Amor a Dios, de forma que nada se reservaba tampoco para sus hermanos, o para todo aquel que se le acercaba a pedirle consejo o una simple Bendición.
Y, claro, una figura así,a la vez que sencilla, alegre y cautivada por la Creación, atrae, casi sin querer. El Testimonio arrastra almas hacia Dios. El antitestimonio es tan perjudicial que puede hacer que muchas almas se alejen de Dios y anden perdidas.
Al Papa le crecen los enanos, un día sí y otro también. No es suficiente con recibir de fuera, que le tiene que llover dentro de casa. Ciertamente, el Papa es un ser humano y puede que cometa errores, pero si nos llamamos católicos y nos decimos Hijos de la Iglesia, deberíamos empezar por prestarle nuestro apoyo incondicional, aun cuando las cosas se pongan feas.
Decía el Padre Pío que "en los libros se busca a Dios; en la oración se le encuentra". Y podemos recordar también cómo Francisco ponía en guardia ante los peligros de cultivar la ciencia Teológica separándola de la vida de oración, a la vez que enseñaba que el deseo de adquirir sabiduría puede separar de Dios.
El Evangelio de Juan se caracteriza por narrar las cosas tal y como ocurrieron, pero dando cuenta y resaltando los Signos de Jesús, mostrando la interpretación que hace de ellos, para sacar de los mismos una enseñanza.
He leído en la sección "Tribuna" de elpais.com la opinión que da Sinead O'Connor, irlandesa, católica según ella misma dice, de la carta que Benedicto XVI escribió a los católicos de ese país saliendo al paso de los casos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes y religiosos a niños y niñas.
Los discípulos que iban a Emaús no se lo esperaban, y se lo encontraron. Lo daban por muerto, y estaba vivo. Y no sabían quién era cuando se lo encontraron. Muchas veces pienso que la oración auténtica no es fácil: requiere mucha Pureza y un contemplar a Jesús por Él mismo, y no en base a nuestro parecer. Ahora le podemos encontrar por los caminos, en cualquier parte. Está vivo. Francisco lo tenía siempre presente, tanto que a veces hasta se olvidaba de comer y se absorbía tanto en la contemplación que no sabía ni por dónde se encontraba. Que esta Pascua nuestra oración sea de veras, y más que nunca, ENCUENTRO.
Pace Bene.

El centurión romano reconoció a Jesús como Hijo de Dios cuando murió en la Cruz y las tinieblas envolvieron la tierra. Precisó de signos claros para reconocerle. Le había visto, seguramente hasta el momento, sufrir el juicio, la flagelación, las vejaciones, la crucifixión... pero no había bastado.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal
Urbano Sánchez García
Jose Gallardo Alberni