
Ruego también en el Señor a todos mis hermanos sacerdotes, los que son y serán y desean ser sacerdotes del Altísimo, que siempre que quieran celebrar la misa, puros y puramente hagan con reverencia el verdadero sacrificio del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, con intención santa y limpia, y no por cosa alguna terrena ni por temor o amor de hombre alguno, como para agradar a los hombres; sino que toda la voluntad, en cuanto la gracia la ayude, se dirija a Dios, deseando agradar al solo sumo Señor en persona, porque allí solo él mismo obra como le place; porque, como él mismo dice: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19; 1 Cor 11,24); si alguno lo hace de otra manera, se convierte en Judas el traidor, y se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor (cf. 1 Cor 11,27).
Recordad, hermanos míos sacerdotes, lo que está escrito de la ley de Moisés, cuyo transgresor, aun en cosas materiales, moría sin misericordia alguna por sentencia del Señor. ¡Cuánto mayores y peores suplicios merecerá padecer quien pisotee al Hijo de Dios y profane la sangre de la alianza, en la que fue santificado, y ultraje al Espíritu de la gracia! (Heb 10,28-29). Pues el hombre desprecia, profana y pisotea al Cordero de Dios cuando, como dice el Apóstol (1 Cor 11,29), no distingue ni discierne el santo pan de Cristo de los otros alimentos y obras, y o bien lo come siendo indigno, o bien, aunque sea digno, lo come vana e indignamente, siendo así que el Señor dice por el profeta: Maldito el hombre que hace la obra de Dios fraudulentamente (cf. Jer 48,10). Y a los sacerdotes que no quieren poner esto en su corazón de veras los condena diciendo: Maldeciré vuestras bendiciones (Mal 2,2).
Oídme, hermanos míos: Si la bienaventurada Virgen es de tal suerte honrada, como es digno, porque lo llevó en su santísimo seno; si el Bautista bienaventurado se estremeció y no se atreve a tocar la cabeza santa de Dios; si el sepulcro, en el que yació por algún tiempo, es venerado, ¡cuán santo, justo y digno debe ser quien toca con sus manos, toma en su corazón y en su boca y da a los demás para que lo tomen, al que ya no ha de morir, sino que ha de vivir eternamente y ha sido glorificado, a quien los ángeles desean contemplar!
Ved vuestra dignidad, hermanos sacerdotes, y sed santos, porque Él es santo. Y así como el Señor Dios os ha honrado a vosotros sobre todos por causa de este ministerio, así también vosotros, sobre todos, amadlo, reverenciadlo y honradlo. Gran miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan presente a Él en persona, vosotros os preocupéis de cualquier otra cosa en todo el mundo. ¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo! ¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra Salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan! Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones; humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por Él. Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero.
Amonesto por eso y exhorto en el Señor que, en los lugares en que moran los hermanos, se celebre solamente una misa por día, según la forma de la santa Iglesia. Y si en un lugar hubiera muchos sacerdotes, que el uno se contente, por amor de la caridad, con oír la celebración del otro sacerdote; porque el Señor Jesucristo colma a los presentes y a los ausentes que son dignos de Él. El cual, aunque se vea que está en muchos lugares, permanece, sin embargo, indivisible y no conoce detrimento alguno, sino que, siendo uno en todas partes, obra como le place con el Señor Dios Padre y el Espíritu Santo Paráclito por los siglos de los siglos. Amén.
Yendo a Misa ves que quien está allá presente, una vez Consagrados el Pan y el Vino, es Cristo Crucificado. Te das cuenta de que lo invade todo, de que es el verdadero Centro de la Eucaristía, de la Misa, de lo que allí se celebra. El Sacerdote oficia "in persona Christi", que no es poco. De ahí que cause mucha pena leer en los periódicos que tal o cual sacerdote escandalizan de tal o cual manera.
Sin embargo - y ya sé que en esto me repito como el ajo -, justamente porque son ellos quienes administran y reparten tan Sagrado Don, no quiero sino ver en ellos "al Hijo de Dios", como decía Francisco. Otra cosa es que a quien corresponda les imponga un castigo o haga lo que tenga que hacer, y más aún si se hace daño a terceros. Pero, con todo, no quiero sino besarles las manos.
Y me preguntaréis qué haría si un sacerdote abusara de un hijo mío. No lo sé, os diré. Sé qué debo hacer, y sé qué siento que quiero hacer. Pero, por desgracia, no puedo asegurar que mi respuesta sea coherente. Y no es excusa, al revés, sería presuntuoso suponer que siempre responderé al Señor en toda circunstancia, sobre todo cuando más difícil se me ponga. Es en lo difícil cuando se prueba el calado espiritual de cada cual. Haría algo, desde luego (y no poco), por defender a mi hijo. Pero que el Señor me conceda no perder de vista quién es un sacerdote. No por si mismo, sino por lo que se le ha regalado ser.
Pace Bene.
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En toda institución suele haber ovejas negras y manzanas podridas .El que esté libre de culpas que tire la primera piedra. La iglesia se equivoca al proteger a éstos sacerdotes .Desde el Evangelio hay que perdonarlos, pero en lo terrenal, deberían recibir un castigo acorde al delito.Ante todo ,hay que defender los derechos de los niños.El Tribunal Eclesiástico debería ser implacable en éstos casos ,de abusos sexuales a niños.Es deber de todos, denunciar un delito como éste , con sotana o sin sotana
Viernes, 1 de junio
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