Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

El Desposorio de Francisco y Clara (III)

02.02.10 | 19:24. Archivado en Mística
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Había cerca de la ciudad una gruta, a la que se llegaban muchas veces, platicando mutuamente sobre el tesoro. Entraba en ella el varón de Dios, santo ya por su santa resolución, mientras su compañero le aguardaba fuera. Lleno de un nuevo y singular espíritu, oraba en lo íntimo a su Padre. Tenía sumo interés en que nadie supiera lo que sucedía dentro, y, ocultando sabiamente lo que con ocasión de algo bueno le acaecía de mejor, sólo con su Dios deliberaba sobre sus santas determinaciones. Con la mayor devoción oraba para que Dios, eterno y verdadero, le dirigiese en sus pasos y le enseñase a poner en práctica su voluntad. Sostenía en su alma tremenda lucha, y, mientras no llevaba a la práctica lo que había concebido en su corazón, no hallaba descanso; uno tras otro se sucedían en su mente los más varios pensamientos, y con tal insistencia que lo conturbaban duramente. Se abrasaba de fuego divino en su interior y no podía ocultar al exterior el ardor de su espíritu. Dolíase de haber pecado tan gravemente y de haber ofendido los ojos de la divina Majestad; no le deleitaban ya los pecados pasados ni los presentes; mas no había recibido todavía la plena seguridad de verse libre de los futuros. He aquí por qué cuando salía fuera, donde su compañero, se encontraba tan agotado por el esfuerzo, que uno era el que entraba y parecía otro el que salía.

Cierto día en que había invocado la misericordia del Señor hasta la hartura, el Señor le mostró cómo había de comportarse. Y tal fue el gozo que sintió desde este instante, que, no cabiendo dentro de sí de tanta alegría, aun sin quererlo, tenía que decir algo al oído de los hombres. Mas, si bien, por el ímpetu del amor que le consumía, no podía callar, con todo, hablaba con mucha cautela y enigmáticamente. Como lo hacía con su amigo predilecto, según se ha dicho, acerca del tesoro escondido, así también trataba de hablar en figuras con los demás; aseguraba que no quería marchar a la Pulla y prometía llevar a cabo nobles y grandes gestas en su propia patria.
He aquí que, constituido siervo feliz del Altísimo y confirmado por el Espíritu Santo, al llegar el tiempo establecido, secunda aquel dichoso impulso de su alma por el que, despreciado lo mundano, marcha hacia bienes mejores. Y no podía demorarse, porque un mal de muerte se había extendido en tal forma por todas partes y de tal modo se había apoderado de los miembros de muchos, que un mínimo de retraso de parte del médico hubiera bastado para que, cortado el aliento vital, se hubiera extinguido la vida.
Se levanta, protégese haciendo la señal de la cruz, y, aparejado el caballo, monta sobre él; cargados los paños de escarlata para la venta, camina ligero hacia la ciudad de Foligno . Vende allí, como siempre, todo el género que lleva y, afortunado comerciante, deja el caballo que había montado a cambio de su valor; de vuelta, abandonado ya el equipaje, delibera religiosamente qué hacer con el dinero. Y al punto, maravillosamente convertido del todo a la obra de Dios, no pudiendo tolerar el tener que llevar consigo una hora más aquel dinero y estimando como arena toda su ganancia, corre presuroso para deshacerse de él.
Regresando hacia Asís, dio con una iglesia, próxima al camino, que antiguamente habían levantado en honor de San Damián, y que de puro antigua amenazaba ruina inminente (1 Cel 6, 7, 8).

Vemos pues a Francisco iniciando su camino de conversión, y es éste marcado por el sello del Amor Incondicional a Dios, por quien es capaz de entregar sacrificio, dinero, tiempo, molestias, esfuerzos... a la vez que ora insistentemente, dedicando para ello el tiempo que puede en los lugares más apartados. Vemos pues, también, una nota de intimidad que le acompañará ya el resto de su vida.

En efecto, no es lo mismo rezar y hacer sacrificios para, al final, querer o amar (no es lo mismo) a Jesús que encontrarse con Él, enamorarse y, en consecuencia, hacer lo que haga falta. Y Francisco empezó así su Vida de Conversión. Fue un apasionado de Dios, si bien el Señor le tuvo que enseñar, corregir, marcar los tiempos... pero el alma del Poverello era generosa y entregada.

De ahí que sea capaz de lo siguiente:

Mas una vez que, por gracia y virtud del Altísimo, comenzó a tener santos y provechosos pensamientos, mientras aún permanecía en el siglo, se topó cierto día con un leproso, y, superándose a sí mismo, se llegó a él y le dio un beso. Desde este momento comenzó a tenerse más y más en menos, hasta que, por la misericordia del Redentor, consiguió la total victoria sobre sí mismo (1 Cel 17).

A la luz de Francisco cabe preguntarse hasta qué punto somos generosos con Dios; cuánto nos reservamos; cuánto estaríamos dispuestos a hacer; qué constituye nuestra "bolsa de afectos":

pues nadie abandona perfectamente el siglo mientras en el fondo de su corazón se reserva para si la bolsa de los propios afectos (cf. Adm 4.14.19).

O dicho de otro modo, qué es lo que ponemos en primer lugar, antes que Dios: un programa de TV, una afición cualquiera, una persona... antes que rezar o hacer algo por o para Dios. No es que no haya que hacer todas esas cosas, pero ¿hasta qué punto las preferimos antes que a Dios, y constituyen un obstáculo para una entrega más generosa?

Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Mt 6, 19-21).

3 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Marina 03.02.10 | 21:03

    Me ha gustado.Que fuertes hay que ser .No me extraña que estuviera mala tantotiempo.Yo, no hubiera sobrevivido tanto dolor y mortificación al cuerpo.Hay que tener ganas de bordar en el lecho , estando convaleciente.Sinceramente ha sido una Santa por todo alto

  • Comentario por Miguel Blanes Coll [Blogger] 03.02.10 | 14:54

    Hola Marina.

    Aquí tienes una buena reseña:

    http://www.corazones.org/santos/clara_asis.htm

  • Comentario por Marina 03.02.10 | 12:41

    ¿Pero quién es ésta Clara?

Domingo, 19 de febrero

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