
Parece como si la fecha del estreno en España de la famosa "2012" hubiera sido seleccionada "ad hoc" dentro del ciclo de lecturas.
En aquellos días, después de la tribulación aquella, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y los astros estarán cayendo del cielo, y las fuerzas que hay en los cielos serán sacudidas. Entonces, verán al Hijo del hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles, y congregará a sus elegidos de los cuatro vientos, desde la extremidad de la tierra hasta la extremidad del cielo.
De la higuera aprended la semejanza: cuando ya sus ramas se ponen tiernas, y brotan las hojas, conocéis que el verano está cerca; así también, cuando veáis suceder todo esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. En verdad, os digo, la generación ésta no pasará sin que todas estas cosas se hayan efectuado. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas en cuanto al día y la hora, nadie sabe, ni los mismos ángeles del cielo, ni el Hijo, sino el Padre.
Pues sí, como bien sabeis es este el Evangelio de hoy, que habla del fin del mundo, entendido como un retorno Glorioso de Cristo, quien recapitulará en sí "todas las cosas del cielo y de la tierra". Esta vez no son los mayas, es Él quien lo anuncia. Y luego dice que la fecha sólo la sabe el Padre. Para los que alegan con esto que Jesús no es Dios, calma, porque Jesús mismo dice en Juan que todo lo recibe del Padre. Podríamos entrar aquí en la Trinidad Inmanente y Económica, o en la Perijóresis, o en una Cristología joánica, pero no viene al caso.
Lo que sí no deja de ser tema de conversación, a propósito de esta película (que los mayas mirarían con estupor) es el tema del fin del mundo. Es curioso, pero se ve como una aniquilación de todo lo existente, de un fin repentino de todo lo conocido. Parece apuntar por ahí Jesús, pero luego nos consuela diciendo que será Él quien venga. Los mayas, por su parte, nada dicen de un fin. Lo que ocurre es que su calendario se para en tal fecha y, por tanto, los más aventurados y los más listos ya nos advierten de que "moriremos todos".
Bueno, yo no sé hasta qué punto puede significar algo o no el fin abrupto de ese calendario. Quizá en los planes de Dios este año encierre un acontecimiento (o muchos) que cambiarán lo que conocemos. Pero el Fin del Mundo, tan temido, no es más que un retorno a Dios, del que todos hemos salido. Así lo ha visto la escatología cristiana (y antes la judía, con otros matices) desde siempre. Lo que creo que es esencial en todo esto, sin embargo, es el mismo concepto de Salvación. Resumiré en otro "post" las vicisitudes de la Escatología Católica a lo largo de la Historia.
Sí, cuando la gente interroga a la Fe Cristiana le suele decir: ¿y de qué me salvarás? Quizá la respuesta, desde siempre, y en especial en determinados momentos de la Escatología, haya sido dada en una línea más bien apologética: si te portas mal (si pecas, si ofendes a Dios y a su Iglesia, si eres hereje, etc.) Dios te castigará. Si no, irás al cielo. Los que tenemos y practicamos Fe cristiana, entendemos la Salvación como un estar por siempre con Dios en su Reino, y la condenación como el sernos negada esta visión beatífica de Él. Y esta negación es el fracaso más absoluto del ser humano, en cuanto que cae en la más profunda negación de si mismo en cuanto creatura. Pero esto lo entendemos, más o menos, los cristianos en "petit comité".
Por tanto, creo que hay que presentar el concepto de Salvación de otra manera, o de la manera que dé a entender sencillamente lo que es. Pero tal Salvación no puede ser deseada si no se ama antes a Dios, o si no se han pregustado en esta vida sus mieles espirituales. Y Francisco, a este respecto, nos deja, en su Carta a los Fieles, un parangón ejemplar de lo que es Salvación y de lo que es Condenación:
De aquellos que hacen penitencia
Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos, y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados, y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y hacen frutos dignos de penitencia: ¡Oh cuán bienaventurados y benditos son ellos y ellas, mientras hacen tales cosas y en tales cosas perseveran!, porque descansará sobre ellos el espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada, y son hijos del Padre celestial, cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro Señor Jesucristo. Somos para él hermanos cuando hacemos la voluntad del Padre que está en los cielos; madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo, por el amor divino y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo. ¡Oh cuán glorioso, santo y grande es tener un Padre en los cielos! ¡Oh cuán santo, consolador, bello y admirable, tener un tal esposo! ¡Oh cuán santo y cuán amado, placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo: Nuestro Señor Jesucristo!, quien dio la vida por sus ovejas y oró al Padre diciendo:
Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado en el mundo; tuyos eran y tú me los has dado. Y las palabras que tú me diste, se las he dado a ellos, y ellos las han recibido y han creído de verdad que salí de ti, y han conocido que tú me has enviado. Ruego por ellos y no por el mundo. Bendícelos y santifícalos, y por ellos me santificó a mí mismo. No ruego sólo por ellos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, han de creer en mí, para que sean santificados en la unidad, como nosotros. Y quiero, Padre, que, donde yo esté, estén también ellos conmigo, para que vean mi gloria en tu reino (cf. Jn 17). Amén.
Cap. II: De aquellos que no hacen penitencia
Pero todos aquellos y aquellas que no viven en penitencia, y no reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y se dedican a vicios y pecados, y que andan tras la mala concupiscencia y los malos deseos de su carne, y no guardan lo que prometieron al Señor, y sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales y las preocupaciones del siglo y los cuidados de esta vida: Apresados por el diablo, cuyos hijos son y cuyas obras hacen, están ciegos, porque no ven la verdadera luz, nuestro Señor Jesucristo. No tienen la sabiduría espiritual, porque no tienen al Hijo de Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre; de ellos se dice: Su sabiduría ha sido devorada (Sal 106,27), y: Malditos los que se apartan de tus mandatos (Sal 118,21). Ven y conocen, saben y hacen el mal, y ellos mismos, a sabiendas, pierden sus almas. Ved, ciegos, engañados por vuestros enemigos, por la carne, el mundo y el diablo, que al cuerpo le es dulce hacer el pecado y le es amargo hacerlo servir a Dios; porque todos los vicios y pecados salen y proceden del corazón de los hombres, como dice el Señor en el Evangelio (cf. Mc 7,21). Y nada tenéis en este siglo ni en el futuro. Y pensáis poseer por largo tiempo las vanidades de este siglo, pero estáis engañados, porque vendrá el día y la hora en los que no pensáis, no sabéis e ignoráis; enferma el cuerpo, se aproxima la muerte y así se muere de muerte amarga. Y dondequiera, cuando quiera, como quiera que muere el hombre en pecado mortal sin penitencia ni satisfacción, si puede satisfacer y no satisface, el diablo arrebata su alma de su cuerpo con tanta angustia y tribulación, que nadie puede saberlo sino el que las sufre. Y todos los talentos y poder y ciencia y sabiduría que pensaban tener, se les quitará. Y lo dejan a parientes y amigos; y ellos toman y dividen su hacienda, y luego dicen: Maldita sea su alma, porque pudo darnos más y adquirir más de lo que adquirió. Los gusanos comen el cuerpo, y así aquéllos perdieron el cuerpo y el alma en este breve siglo, e irán al infierno, donde serán atormentados sin fin.
A todos aquellos a quienes lleguen estas letras, les rogamos, en la caridad que es Dios, que reciban benignamente, con amor divino, las susodichas odoríferas palabras de nuestro Señor Jesucristo. Y los que no saben leer, hagan que se las lean muchas veces; y reténganlas consigo junto con obras santas hasta el fin, porque son espíritu y vida. Y los que no hagan esto, tendrán que dar cuenta en el día del juicio, ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo.
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Más claros, limpios y lúcidos no pueden ser el artículo y la carta de San Francisco. Está así todo confirmado.
Muchas gracias por enseñarnos textos de San Francisco, sus profundas y puras enseñanzas, sus inspiraciones divinas, del Espíritu Santo.
Sábado, 18 de febrero
Miguel Blanes Coll
Francisco Baena Calvo
Religión Digital
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Juan Antonio Espinosa
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
FCJE
Josemari Lorenzo Amelibia