El 27 de octubre de 1986 Juan Pablo II reunió en Asís a cincuenta representantes de las doce principales religiones del mundo para rezar por la Paz.
Fue aquel un gesto que se repitió en varias ocasiones y que, anteayer, recordábamos en la Familia Franciscana muy especialmente. Fue como digo un gesto, una iniciativa nacida sin duda de Dios, por la que el Papa quiso unir a todos aquellos que profesan una Fe para buscar juntos, a través de los distintos credos o confesiones un punto de unión, un solo acto de búsqueda de la Paz.
Francisco fue sin duda el Hombre de la Paz, aquel que, como dice Ignacio Larrañaga, reconcilió la tierra con el Cielo, el espíritu con la materia. Y esto no se puede decir de nadie que antes no haya sido capaz de encontrar, desde Cristo, la Comunión con la Creación Entera, incluyendo desde luego a todos los hombres y mujeres.
Fue Francisco un Hombre de Paz porque predicó y, sobre todo, acogió por igual a ricos y pobres, reyes y plebeyos, príncipes y vasallos, cristianos y musulmanes, cercanos y lejanos, conocidos y no tan conocidos. No hizo distinciones, no separó a nadie, salvo aquellos que no tenían intención recta (v. gr. el hermano mosca). Supo ir a buscar y acoger con Caridad a aquellos ladrones de Montecasale. Supo tener paciencia, después de todo, con los hermanos "sabios", que minaban la base carismática de la Orden. Abrazó igual al Papa y al último monaguillo. Amó igual a los buenos sacerdotes que a los, supuestamente, indignos. En definitiva, supo sustrajerse a los criterios del mundo para actuar con los de Dios, desde Cristo Crucificado.
Y eso es lo que quiso pedir Juan Pablo II en Asís: la Paz que viene de Dios, porque no podemos alcanzarla por nosotros mismos. Dista mucho, pues, en esencia que no en rectitud de intención, de las declaraciones de la ONN de los Gobiernos de turno que pretenden, con sinceridad, la Paz. Aunque sabemos que son los menos. La Paz que se pedía en Asís es la que da Dios, porque el hombre asienta su vida y sus principios en Él, Dios personal o fuerza purificadora, según el caso, de forma que los acontecimientos y situaciones de la vida se "filtran" y pasan por Él, un Dios o Fuerza de Amor o Purificación, en todo caso.
El cristiano que busca imitar a Cristo o el Hindú que busca purificarse para incorporarse al Brahman deben, por fuerza, buscar la Paz, como principio contrario de todos aquellos impulsos que nos llevan a separarnos unos de otros, a hacernos daño, a considerarnos superiores... Es decir, a lo que los cristianos sabemos nos aleja del Ágape, de la Mesa, en cuyo centro está Cristo.
Sábado, 18 de febrero
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni
Guillermo Gazanini Espinoza
Religión Digital
Francisco Baena Calvo
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn