Pues bien, teniendo claro Quién debe ser el Centro de toda vida espiritual que se precie, creo que se puede entender mejor este pasaje de "Sacrum Commercium".
El ejercicio de las vida cristiana no se reduce - o no debería reducirse - a un esfuerzo por reprimir las actitudes contrarias a las virtudes, o modelos de conducta que permanecen, sin embargo, externos, distantes, a un nivel muchas veces sólo conceptual y, por tanto, difíciles o imposibles de asimilar. De ahí que muchos cristianos laicos, así como sacerdotes y personas consagradas hayan pasado al Seno del Padre quizá sin haber podido llegar al tuétano de su Vocación: Cristo Crucificado y Resucitado.
¿De quién es la culpa de que se viva a veces la propia vocación en paralelo a lo que se espera de ella? Desde luego, del fundador no. Y de Dios, menos. Sí se debe buscar, salvo casos contados, en el que dice querer vivir una vocación en concreto, y se ha comprometido a ello tras discernir que es su camino. Y hablo de lo que sí son vocaciones, no de intentos fallidos o "lo dejo porque no es lo mío".
Francisco "tenía tan presente en su memoria la Humildad de la Encarnación y la Caridad de la Pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa". (1 Cel 84). Pensar, y vivir. La Encarnación y la Pasión como quicios del Amor del Poverello a Dios, porque es en estos dos Misterios donde Jesús pone por obra lo que enseña. Es decir, nos Redime y a la vez nos dice: "así es como debeis amar". En la Pobreza, en la Indigencia, en la entrega hasta el final es donde Dios nos habla. Y es por allí por donde hay que empezar. Francisco asimiló esto, y por tanto no "intentó" adquirir virtudes, sino que las vivió porque se había enamorado de Cristo.
Viernes, 17 de febrero
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