Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Los Pobres de Verdad.

26.10.09 | 20:53. Archivado en Oración
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Elogio de los auténticos pobres.

Bien es verdad que -pasado cierto tiempo- unos cuantos comenzaron a reaccionar y se pusieron a caminar voluntariamente por la senda recta, que en tiempos anteriores recorrieron algunos obligados por la necesidad. Todos éstos vinieron suplicándome insistentemente con muchos ruegos y lágrimas que ajustara con ellos un tratado de paz perpetua y que compartiese su compañía, de la misma forma que la compartí antes en los días de mi adolescencia, cuando estaba conmigo el Todopoderoso y me rodeaban mis hijos. Fueron éstos -mientras permanecieron en carne mortal- hombres de acendrada virtud, gente de paz, irreprochables ante Dios, perseverantes en el amor fraterno, pobres en el espíritu, faltos de bienes temporales, pero ricos en santidad de vida; colmados de dones y carismas celestiales, fervorosos de espíritu, alegres en la esperanza, sufridos en la tribulación, mansos y humildes de corazón, que conservaban la paz interior, la armonía en las costumbres, la concordia mutua y una gozosa comunión de vida.

»En fin, eran varones del todo consagrados a Dios, gratos a los ángeles, amables a los hombres, rigurosos para consigo mismos, indulgentes para con los demás, religiosos en todo su proceder, modestos en su porte, alegres en el semblante, graves en su interior, humildes en la prosperidad, magnánimos en la adversidad, sobrios en la mesa, pobrísimos en su vestir, muy parcos en el sueño, respetuosos y timoratos. En una palabra: resplandecían por el brillo de todas las virtudes. Mi alma estaba íntimamente unida a ellos y no había entre nosotros más que un solo espíritu y una sola fe.

(Sacrum Commercium, 37).

Así habla la Pobreza de los buenos religiosos, aquellos que abrazaron la Pobreza por Amor a Dios y a su Hijo Crucificado. Y es que contemplar a Jesús en la Cruz debería ser la guía para todos los momentos de nuestra vida.

Es cierto que quizá sea esto algo muy manido, muy "típico" en la espiritualidad cristiana, pero no pierde ni novedad ni actualidad ni, sobre todo, fuerza santificadora. Porque Jesús, clavado en la Cruz, entregado y sufriente, desbordante de Amor, pero también Resucitado, debería ser el centro íntimo, el tuétano de la vida espiritual.

Todos los carismas llevan a Dios, cada uno por un camino distinto, ciertamente. Pero todos comparten, en el fondo, la meta el impulso a una vida semejante sino igual a la del Hijo de Dios, expresada ésta, al máximo, en el Sacrificio del Calvario. Porque es este Sacrificio el que se nos da, cada día, en la Eucaristía. Es por este Sacrificio por el que somos salvos, y podemos acercarnos al Sacramento de la Penitencia. Es por este Sacrificio por el que el corazón de Francisco de Asís se orientó, preferentemente, a los pobres, a los leprosos, a aquellos que, de una forma u otra, se han incorporado a la Pasión, participando de la misma.

Esta meta, que brilla como el sol en el horizonte, guía o debería guiar a todo cristiano que se haya propuesto, en serio, hacer honor a su nombre. Salir de Misa como hemos entrado, o pasar con indiferencia al lado de un Crucifijo es hacer realidad, tristemente, las palabras que Francisco, encendido por el Espíritu, gritaba a viva voz, como si se fuera a acabar el mundo: "¡El Amor no es Amado!".

¿Es una utopía? No lo sé, cada cual tiene que valorarlo en su propia vida, y verá si su Amor a Dios es verdadero y lo impregna todo, o no es más que un Amor ocasional, para determinados momentos, que se aparca cuando hay cosas más importantes.


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