
Entras en cualquier iglesia de la ciudad en la que estén rezando el Rosario, y te preguntas cómo es posible que la gente pueda darse tanta prisa (podamos, me incluyo).
Dile Rosario, dile una estación ante el Santísimo, dile rezo de Laudes o Vísperas, e incluso la Misa misma. Lo que es común a todo ejercicio de piedad suele ser, casi siempre, lo rápido que rezamos, lo acostumbrados que estamos a rezar. Es triste, pero es así. Nos hemos "habituado" al rezo.
La oración vocal ha perdido profundidad. Es recitada rápidamente, sin pausa, pero con prisa. No se piensa en lo que se dice, sino que se piensa en acabar cuanto antes con lo que se dice. Despojamos a las oraciones de todo su contenido, convirtiéndolas en frases repetitivas que hay que decir, pero sin dejar que nos calen, que nos interpelen, que nos ayuden a profundizar de veras en la Fe y el Amor a Dios.
No es lo mismo decir "Padre Nuestro" a mil por hora que pensando qué se dice, con la mente y el corazón. De esta manera, o pasamos por encima de esta realidad como algo prescindible y superfluo, o intentamos captar, con la ayuda del Espíritu, lo hondo de estas palabras, tan manidas y repetidas. Y así con todas las oraciones, desde el antedicho Padre Nuestro hasta la última jaculatoria más personal.
Hablar con el vecino nos cambia o al menos nos impacta más que hablar con Dios, y he aquí lo preocupante. Es cierto que la intención es buena; es cierto que estamos dedicando tiempo a Dios cuando rezamos el Rosario, por ejemplo; es cierto que Dios nos escucha y comprende; es cierto que no hay que ser plastas o caer en la beatería. Pero es que rezar bien nos puede conducir a la beatitud, cosa muy distinta. Plegaria y Caridad, juntas de la mano, pero bien vividas por separado, de forma que acaban formando una sola realidad.
Las últimas apariciones marianas conocidas: Fátima, Lourdes, Garabandal, Medjugorje... tienen un denominador común, entre otros: la Virgen siempre ha enseñado a rezar bien, poco a poco, con cadencia, con cariño. Sí, aquí está el "quid": rezar con Amor, con Amor a Dios. A Él nos dirigimos porque le queremos, y si eso es cierto, le hablaremos y le pediremos con verdadero afecto y devoción, no haciendo ruido con frases inacabadas o ininteligibles.
No es lo mismo rezar bien que rezar mal. Lo primero, nos transforma en la medida en que nuestra alma absorbe lo que reza. Lo segundo, puede que nos deje igual que estábamos, y poco habremos meditado.
Los comentarios para este post están cerrados.
Miguel ,estoy totalmente de acuerdo con Vd en que la plegarias comunes solemos hacerlas muy deprisa.Yo voy bastantes veces a cultos en los que participan monjas de clausura con laicos y es una delicia escucharlas porque todas van al unìsono y recitando con fervor y lentitud. A mì este post me ha hecho reflexionar en mi forma de orar y ,de ahora en adelante, voy a orar bien pausadamente.Gracias, Miguel.Un abrazo en Cristo Jesùs.
Viernes, 17 de febrero
Miguel Blanes Coll
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Juan Antonio Espinosa
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos
Religión Digital
FCJE
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes