Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Triduo a San Francisco (III): Hombre del Paraíso, el Tránsito.

04.10.09 | 17:48. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías
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Ayer, por motivos técnicos, no pude postear sobre el Tránsito de Francisco, que es lo que me hubiera gustado. Pero hoy no perderé la ocasión, en el día en que estamos de fiesta los hijos de Francisco.

Tránsito de San Francisco, Acto I (Lm 7, 3a):

Así, pues, dos años después de la impresión de las sagradas llagas, es decir, al vigésimo año de su conversión, pidió ser trasladado a Santa María de la Porciúncula, para que allí donde por mediación de la Virgen madre de Dios había concebido el espíritu de perfección y de gracia, en el mismo lugar - rindiendo tributo a la muerte - llegase al premio de la eterna retribución.

Conducido, pues, a dicho lugar y para demostrar con un ejemplo de verdad que nada tenía él de común con el mundo, en medio de aquella enfermedad tan grave que dio término a todas sus dolencias, se postró totalmente desnudo sobre la desnuda tierra, dispuesto en este trance supremo - en que el enemigo podía aún desfogar sus iras - a luchar desnudo con el desnudo.

Francisco de Asís quiere acabar sus días allí donde, espiritualmente, los empezó. El que, desde que bajó de la Verna, se presentó al mundo como el hombre del Paraíso, transfigurado y hecho Cristo, quiere, como Él, dejar el mundo y volver al Padre (cf. Jn 17). Se postró desnudo sobre la tierra, como signo de que quería volver a la matriz de la que salió, identificada aquí con el Seno del Padre. Es esta desnudez, a la vez, expresión de la Pobreza Radical que encarnó en su vida y que ahora alcanza su máxima expresión por no tener "nada de común con el mundo". Es la desnudez del Paraíso, la de Adán y Eva, la de aquellos que, al no haber pecado, no conocen la vergüenza. Francisco, desde que recibió las Llagas, vivió permanentemente en presencia del Padre.

Tránsito de San Francisco, Acto II (Lm 7, 3b):

Tendido así en tierra y desnudado como atleta en la arena, cubrió con la mano izquierda la herida del costado derecho para que no fuera vista, elevó en la forma acostumbrada su sereno rostro al cielo y, fijando toda su atención en la gloria, comenzó a bendecir al Altísimo, porque, desembarazado de todas las cosas, podía ya libremente sumergirse en El.

Francisco contempla la Gloria del Padre, desde aquella santa mañana del 14 de Septiembre de dos años antes. Ora al Padre, a imagen y semejanza de Jesús, que oró al Padre antes de volver a Él, pidiendo por la unión de los discípulos. Empezaba a sentir el Abrazo Eterno del Padre.

Tránsito de San Francisco, Acto III (Lm 7, 4a):

Acercándose ya, por fin, el momento de su tránsito, hizo llamar a su presencia a todos los hermanos que estaban en el lugar y, tratando de suavizar con palabras de consuelo el dolor que sentían ante su muerte, los exhortó con paterno afecto a amar a Dios. Además les dejó, como legado y herencia, la posesión de la pobreza y de la paz, les recomendó encarecidamente que aspiraran a los bienes eternos precaviéndose de los peligros de este mundo...

Francisco habla a sus hijos, a los que ha engendrado en el Espíritu, dejándoles como legado y herencia lo único que les podía dejar: la Pobreza. Les exhortó al Amor de Dios, puesto que éste debe ser la guía de todo consagrado, de todo aquel que quiere seguir las huellas y pisadas de Jesús. La consolación espiritual sin duda no borraría el dolor que sentían por su muerte, pero les dejó abierto un camino de santidad, para recorrerlo y para animar a tantos otros a hacerlo también.

Tránsito de San Francisco, Acto IV (Lm 7, 4b):

...y con toda la fuerza persuasiva de que fue capaz, los indujo a seguir perfectamente las huellas de Jesús Crucificado.

"Jesús Crucificado". Sabía bien Francisco que significaba que Jesús hubiera muerto por nosotros en Cruz. Entendía perfectamente el Ágape Trinitario y, sobre todo, entendía perfectamente lo que significa estar Crucificado, sangrando por Amor, con el cuerpo abierto, con el corazón derramando el Espíritu sobre el mundo. Sabía muy bien lo que era amar sin medida, contemplar el Rostro del Padre, ser Hijo, ser EL Hijo. Por eso recomendó a Jesús Crucificado, porque en Él se condensa todo el Amor de Dios a sus Criaturas.

Tránsito de San Francisco, Acto V (Lm 7, 4c):

Sentados los hijos en torno al patriarca de los pobres, cuya vista se había ya debilitado no por la vejez, sino por las lágrimas, el santo varón - medio ciego y próximo ya a la muerte - extendió las manos sobre ellos, teniendo los brazos en forma de cruz por el amor que siempre había profesado a esta señal, y bendijo, en virtud y en el nombre del Crucificado, a todos los hermanos, tanto presentes como ausentes.

En la Porciúncula, en aquel bosquecito santo, se revivió una Última Cena, un Último Ágape. Francisco, Crucificado, reúne en torno suyo a sus hijos, como otrora hiciera el Maestro con sus discípulos más queridos. Una vez más, la Liturgia gira en torno al Crucificado. Es la Última Misa de Francisco en la Tierra: los bendice, los consuela, les deja en compañía del Paráclito.

Tránsito de San Francisco, Acto VI (Lm 7, 5a):

A continuación pidió que se le leyera el pasaje del evangelio según San Juan que comienza así: "Antes de la fiesta de Pascua", para escuchar en esa palabra la voz de su amado que lo llamaba, de quien tan sólo le separaba la débil pared de la carne.

Es lo que otros biógrafos llaman la "paraliturgia" que celebró en su Tránsito. Francisco sabe que está dejando una gran familia aquí en mundo, y quiere, y siente, como Jesús, la necesidad de darles unas últimas palabras, un último consuelo, un útimo ejemplo de cómo deben amarse unos a otros. La elección de este trozo del Evangelio no es casual: Francisco quiere que sus hijos se amen entre si como Jesús les enseñó. Quiere que se laven los pies, que sean menores, que vivan sumisos a la Iglesia (Testamento de Siena). Y Francisco afronta así la Muerte: como un Tránstito, de aquí a su Amado. De este cuerpo de carne al Reino Eterno.

Tránsito de San Francisco, Acto VII (Lm 7, 5b):

Por fin, cumplidos en él todos los misterios, orando y cantando salmos, se durmió en el Señor este afortunado varón, y su alma santísima - liberada ya de las ataduras de la carne - se sumergió en el abismo de la claridad eterna.

"Cumplidos en él todos los misterios". Es quizá una de los puntos más significativos en la vida de Francisco: se cumplieron en él los Misterios de la Vida de Cristo, todos sin excepción. Fue igual a Cristo y, por ende, encarnó los Misterios de Hijo. Descendió de la Verna ya como Hijo, como Esposo, como Hermano. Su morir no fue una agonía dura, larga y dolorosa. Al contrario, fue un desposorio, una unión perfecta con el Padre, con el Hijo, con el Espíritu, con la Trinidad, con el Reino. Pasó a la Vida Eterna, que ya era la suya en este mundo. Y murió orando, ¡cantando! Pocas veces se ha visto una muerte así, quizás nunca. Un alma enamorada de Dios que celebra que se encuetra con Él. No puede haber miedo, dudas, temores, apegos... La Boda se celebra, y los dos se dicen SÍ.

Tránsito de San Francisco, Acto VIII (LM 15, 6):

Las alondras, amantes de la luz y enemigas de las tinieblas crepusculares, a la hora misma del tránsito del santo varón, cuando al crepúsculo iba a seguirle ya la noche, llegaron en una gran bandada por encima del techo de la casa y, revoloteando largo rato con insólita manifestación de alegría, rendían un testimonio tan jubiloso como evidente de la gloria del Santo, que tantas veces las había solido invitar al canto de las alabanzas divinas.

La Creación, a la que siempre amó tanto Francisco, viene ahora a despedirle, a tributarle honores. "Gracias Francisco por tus delicadezas". "Gracias por querernos tanto, por predicarnos la Palabra de Dios", parecía que le estaban diciendo. Con su cantar entonaron un himno final, "capaz de conmover a las piedras", con palabras de Ignacio Larrañaga (en El Hermano de Asís), cuya visión del Último Paso de Francisco transcribo aquí:

El hermano yacía en el suelo, ya no se movio más. Todo estaba consumado. En ese momento se formó espontáneamente, sin ningún plan premeditado, un cortejo triunfal que acompañaría al pobre de Dios hasta el umbral del Paraíso. Abrían la marcha los ángeles, arcángeles, querubines, serafines, principados y potestades. Ocupaban el firmamento de un extremo a otro
y cantaban Hosannas al Altísimo y a su siervo Francisco. Luego venían los Jabalies, lobos, zorros, chacales, perros, pumas, bueyes, corderos, caballos, leopardos, osos, asnos, leones, paquidernos, antílopes... Todos ellos avanzaban en orden compacto. No se amenazaban ni se atacaban unos a otros. Al contrario,parecían viejos amigos. Detrás volaban los murciélagos, mariposas, abejas, cóndores, colibríes, alondras, moscardones, grullas, zorzales, pinzones, perdices, gorriones, ruiseñores, mirlos, gallos, gallinas, patos. Había tal armonía entre ellos como si toda la vida hubieran convivido en el mismo corral en la misma camaradería. Más tarde seguían los caimanes, delfines, hipopótamos, peces espada, ballenas, pejerreyes, dorados, peces voladores, truchas. Era admirable: los peces grandes no se comían a los peces chicos. Parecían hermanos de una misma familia. Finalmente cerraban el cortejo las cobras, anacondas, víboras, boas, largartos, largartijas, dinosaurios, plectosaurios y serpientes de cascabel.

Mientras en el bosque de la Pociúncula no cesaba de sonar el Cántico del hermano Sol, todos estos hermanos cantaban, gritaban, piaban, graznaban, rebuznaban,silbaban, bramaban, aullaban, ladraban, rugían, balaban, mugían. Desde el principio del mundo no se habia escuchado semejante concierto. Todas las criaturas, según su naturaleza, cantaban aleluyas a su amigo y hermano Francisco de Asís. Y Francisco y las criaturas alababan, al unísono, al Altisimo Creador. El pobre de Dios arrastraba consigo a toda la Creación al Paraíso. Había reconciliado la tierra con el cielo, la materia con el espíritu. Era una llama desprendida del leño. Era la piedad de Dios que retornaba a casa.

Lentamente, muy lentamente, el hermano fue internándose en las orbitas siderales. Fue alejándose como un meteoro azul hasta que se perdió en las profundidades de la Eternidad.


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