
El Domingo celebramos la Fiesta de San Francisco, y no quería desaprovechar la ocasión de recordar, a modo de Triduo, tres etapas distintas de su vida, que conforman, al final, la figura espiritualmente gigante pero humilde que veneramos y queremos: su conversión, la fundación de las Tres Órdenes y su vida después de la estigmatización en la Verna.
Ya hemos hablado algunas veces de la conversión del joven Francisco, y de cómo pasó de una vida de derroche y sueños militares a una vida marcada por una identificación progresiva con Cristo, Pobre y Crucificado.
Como toda conversión, la de Francisco fue lenta, progresiva, de modo que no cambió de un día para otro. Para poderla entender bien, hay que tener en cuenta:
- La derrota en la batalla contra Perusa y la prisión de un año. Francisco conoce el fracaso y la decepción. Por así decirlo, toca con los pies en el suelo. La Providencia le enseña, aun de forma velada, que quizá no es este el camino que tiene que recorrer.
- La visión de Espoleto, donde el Señor se dirige a él por vez primera y de forma clara, para hacerle cambiar un proyecto de gloria militar por otro de búsqueda de Dios y su Voluntad. Francisco abandona la expedición y vuelve a casa. Sus pretensiones de éxito, truncadas de nuevo, aunque por motivos bien distintos, empiezan a derivar, ahora sí, en una búsqueda de Dios y una aproximación creciente a Él.
- Dios visita su corazón, cuando, según cuenta la Leyenda de los Tres Compañeros 7:
Al cabo de no muchos días de su regreso a Asís, una tarde fue elegido por sus compañeros jefe de cuadrilla para que a su gusto hiciera los gastos. Mandó entonces preparar una opípara merienda, como tantas veces lo había hecho. Cuando después de merendar salieron de la casa, los amigos se formaron delante de él e iban cantando por las calles; y él, con el bastón en la mano como jefe, iba un poco detrás de ellos sin cantar y meditando reflexivamente. Y sucedió que súbitamente lo visitara el Señor, y su corazón quedó tan lleno de dulzura, que ni podía hablar, ni moverse, ni era capaz de sentir ni de percibir nada, fuera de aquella dulcedumbre. Y quedó de tal suerte enajenado de los sentidos, que, como él dijo más tarde, aunque lo hubieran partido en pedazos, no se hubiera podido mover del lugar. Como los amigos miraran atrás y le vieran bastante alejado de ellos, se volvieron hasta él; atemorizados, lo contemplaban como hombre cambiado en otro. Uno de ellos le preguntó, diciéndole: «¿En qué pensabas, que no venías con nosotros? ¿Es que piensan, acaso, casarte?» A lo cual respondió vivazmente: «Decís verdad, porque estoy pensando en tomar una esposa tan noble, rica y hermosa como nunca habéis visto otra». Pero ellos lo tomaron a chacota. Él, sin embargo, no lo dijo por sí, sino inspirado por Dios; porque la dicha esposa fue la verdadera religión que abrazó, entre todas la más noble, la más rica y la más hermosa en su pobreza.
"Y sucedió que súbitamente lo visitara el Señor". Francisco tiene un éxtasis, queda todo absorto en Dios, mental y hasta físicamente, pudiéramos decir. Su búsqueda recibe aquí respuesta y, sobre todo, confirmación. Respuesta porque "estoy pensando en tomar una esposa tan noble, rica y hermosa como nunca habéis visto otra". Es decir, ya ha recibido una llamada a dedicar su vida a Dios. Ha podido contemplar, de alguna forma, a su futura esposa, la que luego sabremos fue la Pobreza. Y confirmación, porque su vuelta a Asís le supuso, seguramente, vergüenza, deshonor, sensación de fracaso, tentaciones de volver, dudas... Pero ahora Dios mismo le confirma en el nuevo camino, y lo asegura por la vía de la perfección evangélica. Su búsqueda le lleva a enamorarse de Dios y su Pobreza, la que Cristo encarnó perfectamente.
- El beso al leproso: Francisco se vence, por Amor a Cristo:
Como cierto día rogara al Señor con mucho fervor, oyó esta respuesta: «Francisco, es necesario que todo lo que, como hombre carnal, has amado y has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas, si quieres conocer mi voluntad. Y después que empieces a probarlo, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirá para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa». Alegre y confortado con estas palabras del Señor, yendo un día a caballo por las afueras de Asís, se cruzó en el camino con un leproso. Como el profundo horror por los leprosos era habitual en él, haciéndose una gran violencia, bajó del caballo, le dio una moneda y le besó la mano. Y, habiendo recibido del leproso el ósculo de paz, montó de nuevo a caballo y prosiguió su camino. Desde entonces empezó a despreciarse más y más, hasta conseguir, con la Gracia de Dios, la victoria total sobre si mismo.
"Es necesario que todo lo que, como hombre carnal, has amado y has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas, si quieres conocer mi voluntad. Y después que empieces a probarlo, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirá para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa". He aquí una guía clara para discernir una conversión: lo que me causaba placer y diversión, lo que me atraía, lo que constituía mi prioridad antes de conocer a Dios, ¿ha dejado de ser tal, y mi prioridad es Dios? o ¿sigo prefiriendo carnalmente lo mismo que antes de conocerle? Es decir, si sigo inclinado a lo mismo (cada cual sabrá lo que más le ocupa, lo que prefiere, a lo que aspira, lo que desea, lo que posee, aquello a lo que está más apegado...) Dios no ha cambiado mi vida, por lo que no le he acogido. En cambio, si detesto lo que antes me estimulaba y ahora me inclino a Dios, a la Vida Espiritual, al cultivo de las virtudes, a la Caridad, al Evangelio en definitiva... quizá sí ha cambiado algo Dios mi vida, y me habré abierto a Él, a su acción, a su Espíritu, a su Palabra. La jerarquía de valores cambia: Francisco desecha todo aquello que deseaba y a lo que aspiraba de modo egoísta, para autoengrandecerse, y acoge y ama el Evangelio. Y lo que es más importante: cambias como persona en cuanto que lo primero ya no te gusta y no te despierta interés, y lo segundo te atrae, te consuela y te llena.
Así, cabe preguntarse: cuando Dios ha intervenido en mi vida: ¿le he escuchado?, ¿he arriesgado?, ¿le he buscado?, ¿he apostado por Él?, ¿le he constituido en mi auténtica prioridad? ¿Oro más que antes? ¿He dejado de lado, y desprecio aquello que tenía por importante y me separaba de Dios?...
Sábado, 18 de febrero
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