Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

El que obedece vive en el Reino.

20.09.09 | 19:01. Archivado en Vida Consagrada, Obediencia
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Es sabido que en todas las Órdenes, Congregaciones e Institutos tienen como carisma fundamental y común, vivido por sus miembros, hacerse igual a Jesús. Digo Jesús, no Cristo, es decir, el Jesús Histórico, que muestra sus aptitudes y actitudes más humanas, junto al desarrollo de su Misión como Hijo Enviado por el Padre.

Desde muy antiguo, la cristiandad ha reparado en tres aspectos o, mejor dicho, formas de ser, actuar y vivir de cara al Padre, de Jesús: Castidad, Obediencia, Pobreza. Con el tiempo, las incipientes formas de vida consagrada fueron incorporado estos tres "consejos evangélicos", llamados así sólo a partir del s. XIII.

Pues bien, aquel en el que me quiero detener hoy es la Obediencia. "Obedecer" es una palabra proveniente del latín obedire, que se formó a partir del prefijo ob- antepuesto a audire ‘oír’. Inicialmente, significó ‘dar oídos’, ‘dar crédito’, ‘creer’. La espiritualidad cristiana ha incorporado, como digo, esta actitud del Hijo hacia el Padre, dándole una dimensión profunda, referida al corazón, a la profundidad del ser, haciéndolo extensivo a toda la persona, en todas sus facultades y potencias. O sea, que obedecer a semejanza del Hijo es oir la voz del Padre y dejarse guiar, libre pero dócilmente, por Él, oyendo su voz a través del guardián o del superior, actuando y englobando todos los aspectos de la propia vida según la visión de Dios, y no la propia. No es ser un "robot" o un cadáver, sino una brizna de paja que, alegre y gozosamente, se deja llevar por el viento del Espíritu, abandonándose a sus vaivenes (cf. Jn 3), adoptando su dirección, su sentido, sus criterios. Es depositar la propia voluntad, los propios criterios en las manos del Padre. Es quizá la expresión más acabada de la Vida Consagrada, entendida como donación total y sincera de la propia vida a Dios.

Pero claro, esto va más allá de ser un simple enunciado. Quien quiera obedecer, debe dejarse guiar, sabiendo que Dios jamás le llevará por caminos equivocados y sabiendo también que la Caridad, el Amor al Prójimo, coronan esta virtud. Es decir, la Obediencia jamás puede contravenir a la Caridad, puesto que viene de Dios. En este sentido, la Caridad se antepone a la Obediencia. Pero, como decía, va más allá de ser un simple enunciado y, de hecho, vivirla o, mejor dicho, encarnarla, no es fácil. Decía Francisco que: «Entre otras gracias, el Altísimo me ha concedido la de obedecer tan diligentemente a un novicio de un día, si él fuese mi guardián, como al primero o más anciano en la vida y religión de los hermanos. El súbdito debe ver, en efecto, en su prelado no al hombre, sino a Dios, por cuyo amor se hizo súbdito». Es decir, Francisco contempla dos cosas: concretar la vivencia de la Obediencia en la figura de un guardián, entendido como alguien a través de quien buscar la Voluntad de Dios en todo momento y en toda circunstancia; y ver no al guardián, sino a Dios. Vivir esto realmente revolucionaría la Iglesia y la Vida Consagrada, dando testimonio de que queremos ser ciudadanos del Cielo, y no de la Tierra.

La Obediencia es el medio más directo y más privilegiado para conocer cómo sopla el Espíritu en nuestra vida. Desde luego, es una llamada, y la tienen sólo los que Dios quiere que la tengan, y para ello está la Vida Consagrada, para encarnarla, hacerla realidad, veraz, creíble y signo del Paraíso. Quien vive en la Obediencia, vive en Dios, y lo puede oir paseando "a la hora de la brisa" (Gn 3), y la propia vocación se convierte entoces en "la cena que recrea y enamora", con Dios, de cara a Él, en perpetua intimidad con Él.

Hay un texto que se dice es de Francisco: "Otra vez, el bienaventurado Francisco, sentado entre sus compañeros, dijo exhalando un suspiro: «Apenas hay en todo el mundo un religioso que obedezca perfectamente a su prelado» Conmovidos los compañeros, le replicaron: «Padre,
dinos cuál es la obediencia más alta y perfecta». Y él, describiendo al verdadero obediente con la imagen de un cadáver, respondió: «Toma un cadáver y colócalo donde quieras. Verás que, movido, no resiste; puesto en un lugar, no murmura; removido, no protesta. Y, si se le hace estar en una cátedra, no mira arriba, sino abajo; si se le viste de púrpura, dobla la palidez. Este es -añadió- el verdadero obediente: no juzga por qué se le cambia, no se ocupa del lugar en que lo ponen, no insiste en que se le traslade. Promovido a un cargo, conserva la humildad de antes; cuanto es más honrado, se tiene por menos digno». Ciertamente, es un texto que no puede ser suyo, puesto que no casa con lo anterior. Quien vive la Obediencia y entrega la propia Voluntad, no deja por ello de ser persona. Al revés, requiere una actitud de Amor a Dios y de Escucha constantes. Un cadáver no tiene nada de eso. Es una obediencia si acaso más del tipo: "lo hago, pero no me gusta". No, la Obediencia bien vivida es la que desea lo que Dios le pide, Ama lo que Dios Ama, prioriza lo que Dios prioriza... pero libremente, por Amor, no por imposición, ni por anulación obtusa de la propia capacidad de tener iniciativa. La Espritualidad no anula sino que potencia al hombre. Ojalá lo sepamos entender y encarnar los consagrados, los que estamos llamados a reflejar a Cristo en la tierra.

Pace Bene.


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