
Creo firmemente, y no lo creo yo solo, que si algo hay con fuerza para cambiar el mundo, es la oración. No me refiero tanto a las oraciones de piedad, recitadas, que también (sobre todo el Rosario, que tanto pide la Virgen que se rece).
Me refiero a la oración personal, es decir, aquel momento en que te pones delante de Dios, le adoras y te dejas llenar por Él. Es aquel momento en que dejas que te hable, que te de luz, fuerza y consuelo. No se trata tanto de hablarle y pedirle, como de dejarle actuar, en actitud de abandono contemplativo, abierto y humilde.
La oración te desarma, te hace ver y comprender lo frágil y dependiente que puedes llegar a ser. Te da, poco a poco, la medida de ti mismo, de forma que puedes ir viéndote cómo eres, sin paños calientes.
De la oración, si es verdadera, no sales nunca igual de como has entrado. La presencia del Señor, gratuita pero plena, suave pero poderosa, no deja indiferente. Los santos así lo atestiguan: Santa Teresa experimentaba el gozo de estar con el Amado de su Alma; Santa Clara, idem, además de que dicen salía muchas veces desprendiendo aroma a rosas; San Francisco salía cambiado, como hombre del Paraíso; Teresa de Calcuta obtenía la fuerza y la dirección necesarias para llevar a cabo la obra que se le había encomendado; muchos fundadores y fundadoras experimentaron en la oración la infusión del Carisma que habían de concretar luego para bien de la Iglesia en una Orden o Instituto. Es, pues, el camino por el que debe transcurrir la vida de todo cristiano, sea sacerdote, monja, fraile, seglar consagrado... El contacto asiduo con Dios es como el agua que lava del polvillo del mundo, y que deja que seas más Dios y menos tú mismo. El Yo, el ego, esa fuerza impositiva tan arraigada en el corazón del hombre, es el gran enemigo del alma.
De ahí que la oración también inspira y mueve el alma a la Penitencia, corporal o más espiritual, es decir, no tanto privarse de comida o ponerse cilicios cuanto encarnar en la propia vida las actitudes y sentimientos de Jesús, sobre todo en la línea de Jn 13: es lo que los Teólogos llaman el martirio de la vida consagrada: transformarse en Jesús, como dice Francisco en su 1ª Carta a los Fieles 7-10:
...y son hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro Señor Jesucristo. Somos para él hermanos cuando hacemos la voluntad del Padre que está en los cielos (Mt 12,50); madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor divino y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16).
O sea, que una oración auténtica, continuada y tomada como guía y referencia del camino espiritual, transforma poco a poco al individuo, haciéndolo fiel:
(Sal VM 6)....y salve también todas vosotras, santas virtudes, que por la gracia e iluminación del Espíritu Santo sois infundidas en los corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios.
De ahí que la oración debe ser acompañada de actos, de gestos concretos, que expresan y completan el sentido transformante de lo vivido en la oración, de forma que dichos gestos, revestidos de auténtica Caridad, hacen más viva y auténtica la Oración, puesto que a ella acudimos más parecidos a Jesús por el ejercicio de las virtudes. Lo importante, pues, no es la propia Fidelidad, cuanto Jesús mismo.
Sí, la oración puede cambiar el mundo.
Domingo, 19 de febrero
Miguel Blanes Coll
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba